Los daños de la sequía en el campo no se acaban con la llegada de las lluvias. El ritmo biológico de los cultivos exige que la lluvia acompañe al calendario agrícola, acompasándose a cada una de las fases. Y cuando la lluvia no llega hay que sustituirla con el riego, un uso creciente al que se destinan más de tres cuartas partes del consumo de agua en España.

El agua es la base que ampara los procesos de siembra, germinación y crecimiento de la planta, que se ralentizan sin su presencia, afectando de manera importante a las fases de fructificación y maduración. Unos procesos finales donde el exceso de agua puede llegar a ser tan perjudicial como su defecto, llegando a malbaratar las cosechas.

Por todo ello cabe reconocer que, con las alteraciones provocadas por el cambio climático, el uso agrícola del agua de riego es imprescindible para garantizarnos el acceso a otro recurso igualmente fundamental: los alimentos. Ahora bien, una cosa es el uso y otra el abuso.

La sobreexplotación de los recursos hídricos es el principal problema de nuestro actual modelo agrícola. Un modelo de carácter intensivo que sigue apostando por el regadío en zonas afectadas por procesos de desertificación, donde la ausencia de lluvias ha provocado la erosión de los suelos y la modificación del paisaje.

Según datos oficiales, la pérdida de suelo fértil por el avance de la desertificación afecta de manera irreversible a más de un 5 % del territorio español. Un 20 % padece procesos de erosión grave y otro 25 % sufre una erosión media, siendo las comunidades más afectadas: Andalucía, Murcia, Comunidad Valenciana, Castilla-La Mancha y Aragón.

Junto a esta circunstancia concurre otra que invita a la reflexión. La superficie de regadío en España, que ocupa ya el 15 % del área cultivada, ofrece como rendimiento más del 60% de la producción agrícola del país. Tal vez en este contundente dato resida el punto de enfoque necesario para analizar el problema del agua en España. Dependemos del regadío, pero cada vez vamos a disponer de menos agua para regar.

La pérdida de suelo fértil por el avance de la desertificación afecta de manera irreversible a más de un 5 % del territorio español. Un 20 % padece procesos de erosión grave y otro 25 % sufre una erosión media

El mantenimiento de los cultivos de regadío españoles, muchos de ellos de carácter intensivo y ubicados en las zonas afectadas por la desertificación, supone una demanda anual de más de 25.000 Hm3 de agua: lo que supone casi tres cuartas partes del consumo total del agua del país y confirma el dato que señalábamos al principio.

Analizados estos datos la solución al problema del agua en España, que sin duda debe incluir una mejora en el uso y gestión de este recurso en el entorno urbano, exige ante todo la participación activa de los agricultores y más concretamente de las comunidades de regantes: auténticos protagonistas de la gestión del agua en España.

La mejora de los sistemas de regadío, la modernización de los cultivos y el acceso a las nuevas técnicas basadas en la reutilización del agua procedente de las estaciones depuradoras son, entre otras, las medidas aconsejadas por los expertos para avanzar hacia un uso más eficaz del agua en el campo que permita reducir la demanda.

Cualquier esfuerzo realizado en ese sentido superará con creces los resultados que se puedan obtener en otro tipo de usos: industriales, urbanos o domésticos. Por eso es necesario que el gobierno facilite y apoye la implementación urgente de dichas medidas en las explotaciones agrícolas. Sin la participación del sector no habrá solución a los problemas de la sequía que nos afectan a todos.