En No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Literatura Random House, 2016), Patricio Pron nos habla de literatura y política a través de una novela que mueve en círculos en la que el presente se mira en el pasado y éste pervive en el presente. A partir de un Congreso de Escritores Fascitas Europeos que iba a celebrarse en abril de 1945, el recuerdo de algunos de sus supervivientes en 1978 y la resonancia de todo aquello durante unas protestas en 2014 en Milán, Pron reflexiona, con sentido del humor, pero de manera más que pertinente hoy en día, sobre la relación entre literatura y política, sobre la legitimación de la violencia como camino para la lucha y sobre cómo nos relacionamos con los textos y sus autores, entre otros temas en una espléndida novela escrita, además, con un estilo literario que contraviene unos tiempos de pereza.

La novela está marcada por cuatro fechas muy significativas, sobre todo en el contexto italiano. Al final de la novela el narrador habla del futuro del personaje, está narrado como desde el futuro y, por tanto, se ve 2014 como una fecha pasada y, por tanto, relevante a nivel histórico. Como el comienzo de un cambio.

Esto es en virtud de que, si bien es una novela que puede ser leída tan solo por los hechos que narra, creo que también habla, y principalmente, del presente, y de algunas de las preguntas que nos hacemos alrededor de algunos temas, no sólo de los vínculos entre arte y política, también sobre otros, porque la novela apunta en diferentes direcciones. Que esas preguntas sean similares a las que se hicieron los futuristas en su época o los activistas políticos en los setenta, y que sean las de la nueva izquierda europea, pone de manifiesto que nos movemos en círculos. Que la Historia no es progresiva o lineal y una novela que quiere contarlo tampoco podía serlo. Que el pasado no ha terminado por completo y es tarea de quienes pretendemos decir un par de cosas pertinentes sobre el presente remontarnos a ese pasado para abordarlo mejor.

Tengo la impresión de que la novela es circular, pero no cerrada, que la historia gira sobre sí mismo, que va y viene, de ahí que cada generación en la novela se plantee temas parecidos, en marcos algo similares pero de épocas diferentes.

Una de las influencias más importantes a la hora de escribir el libro fue uno cuya relación con la novela puede parecer atrabiliaria. Es un libro sobre la percepción del espacio de los ciegos que leí en la biblioteca de la residencia para artistas de Civitella Ranieri, en Perugia, y que en gran medida es parte de la biblioteca privada de Mark Strand. Un viejo libro en el que un puñado de neurocientífcos, se había preguntado cómo perciben el espacio los ciegos y habían puesto a varios de diferentes edades a dibujar objetos. Y lo hacían de forma secuencial a partir del tacto, no de manera simultánea, sino consecutiva. Los dibujos presentaban cada cara del objeto de manera consecutiva, un conjunto que era la suma de cada cara. Y pensaba mucho de eso cuando escribía el libro, en el que en un principio pensé que solo abordaría el congreso científico y el diccionario que cierra la novela, pero comprendí que siendo la lectura también una actividad consecutiva y no simultánea era necesario recurrir a otros procedimientos para contar una cosa que para mí también conformaba un objeto que existía en un espacio hipotético, pero que existía; y era sencillamente un objeto poliédrico, en el que cada una de sus caras podría ser comprendida de manera individual, pero para una total comprensión debían de ser abordadas todas las caras. Había sido más fácil, incluso para el lector, explicar que lo que sucedía en el pasado volvería a suceder en el futuro, pero me pareció más interesante invitar al lector a un juego más complejo, y por tanto interesante, a través del cual se mostraran todas esas caras.

Un abuelo, el padre y el hijo enfrentados a la legitimidad de la violencia política en tres momentos diferentes. De alguna manera, esta novela entronca con El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia.

Puede parecer que por abordar unos hechos que no suceden en Argentina estaría emocionalmente más despegado, pero tengo la sensación de que todo es un atajo, en realidad, para hablar de cosas que son muy dolorosas para mí y a las que a veces solo puedo llegar por esos atajos. Quizá es un libro que no habría podido escribir en Argentina, sí en Italia, pero las preocupaciones son las mismas. A la hora de contar de qué forma una generación, posiblemente una de las más generosas y comprometidas del último medio en occidente, eligió la violencia política como vía legítima de transformación social y cómo fue derrotada. También percibí esto al hacer el podcast del libro, con 21 canciones. Fue muy divertido para mí descubrir que los miembros de las brigadas rojas habían escuchado las mismas canciones que escuchaban mis padres. Lo interesante era que mientras lo preparaba leí sobre el descubrimiento de una especie de alijo de una célula de las Brigadas en Milán, un archivo policial. Y había varias casetes con la música que escuchaban y entre ellas estaba Fausto Papetti, esa especie de música sobre sexo rápido en los coches de los setenta y ochenta que no era nada revolucionario. Son extraños los cruces que se producen. 

Hay en la novela un elemento cómico, absurdo, sobre todo en los fragmentos de los futuristas, que además de recodar un poco esa locura que fueron las vanguardias, dan un sentido muy particular a la novela, restan gravedad pero a su vez es disonante…

Me alegra mucho que lo digas, porque los hechos de la novela pueden hacer pensar en una novela trágica, pomposamente trágica, que es por otra parte el tono que suele tomar, sobre todo en España, la presentación de este tipo de hechos. Nos encontramos que la mayoría de los textos que abordan estos temas son pomposos y aburridos. En mi caso no había un deseo claro de alejarme de ese tipo de libros, porque desafortunadamente podría acabar haciendo una novela con ese tono, sino más bien una deriva inevitable si se considera que los futuristas, con las vanguardias, surgieron para romper la literatura, y el arte en general, contra un arte y una literatura tan pomposos como los de nuestros tiempos. La elección de la comicidad de los futuristas, que comenzaron su revolución artística no tomándose en serio o tomándose ridículamente en serio, y que fue además el primer movimiento en presumir en tener un payaso en sus filas, era una comicidad inevitable y era una buena forma de dar cuenta de cómo su patrimonio resultaba pertinente aun hoy, que podía interpelarnos. Además, volvemos a los círculos: períodos de gran creatividad, de apertura, son seguidos de otros de gran conservadurismo y pomposidad.

Y luego está la idea de juego, de rompecabezas, casi de whodunit literario en el que, en realidad, al final importa más la partida, los jugadores, que el resultado exacto.

Bueno, en realidad sí haya una resolución de un misterio, pero no es tanto quién cometió el asesinato sino más bien, por qué a la hora de salvar algo salva los textos y de qué forma deberíamos enfrentarnos a la figura del autor y a aquello que produce. Sí creo que hay un resolución, provisional y abierta a debate, como todas, sobre cómo nos relacionamos con los textos y cómo eventualmente deberíamos relacionarlos con esos textos de autores quienes por su postura política nos parece aberrante.

El futurismo intentó crear una estética o un arte de Estado con el fascismo, quizá una de las mayores búsquedas de convertir la política en arte y el arte en política, ¿cómo llegas a pensar en ello como arranque de la novela?

Entiendo que la distancia es muy difícil de tomas, pero también que es parte de nuestra tarea como lectores juiciosos hacerlo. En el caso de los futuristas, su ausencia en muchos relatos históricos del siglo XX, en los cuales apenas es una nota pie, es fragante, porque fueron los primeros, los que más lejos llegaron en sus intentos de fusionar arte y vida. Y los estuvieron más cerca de conseguirlo. De usar las herramientas del estado para conseguir transformaciones, porque fueron considerados por el régimen fascista como el arte oficial. También en ser los primeros en ser traicionados por sus ideales políticos, ya lo advirtieron en 1923 algunos de ellos, porque eran demasiado revolucionarios como para llegar a ser una estética de estado. Esta contradicción en la que se encontraron, se presentó en todas las vanguardias, y también atraviesa nuestro recuerdo de ellas. Eran revolucionarios en sus técnicas artísticas pero profundamente conservadores en sus opiniones políticas, una contradicción y una paradoja que de ser consecuentes y de tener una lectura por completo moral de su arte nos llevaría a repudiar a casi todas las vanguardias; y sin embargo es enormemente perjudicial y cuestionable si lo que queremos es poner de nuevo los textos u objetos artísticos por delante de los autores, que es por lo menos a mí la manera menos dañina de leer. Toda forma de lectura engendra un tipo de daño, de violencia sobre el texto, porque obliga al texto a decir no exactamente lo que dice sino aquello que nosotros queremos que diga. Pero de todas las violencias, el leerlos en clave moral me aparece la más dañina, y también impide el rescatar a algunos autores que produjeron grandes obras por cuestiones políticas.

En la literatura española actual, hablando de manera muy general, al igual que en otras manifestaciones artísticas, suele entender como ‘texto político’ aquel que toca un tema entendido como tal, sin embargo, en demasiados casos se olvida que la forma es también, o principalmente, política. De ahí que muchas de esas obras pretendidamente políticas, en realidad, sean muy conservadoras.

Me alegra que lo digas, porque tengo la misma percepción. Volviendo a lo anterior, le lectura moral nos pone en una especie de contradicción: que aquellos autores cuyas convicciones políticas son más cercanas a las nuestras producen en su mayoría textos conservadores, y, a la inversa, aquellos que repudiamos desde la política o la ética a menudo han escrito texto más relevantes. ¿Qué hacer con esto? ¿Cómo leer esos textos? ¿Cómo no dejar que nos manipulen incluso aquellos que desearíamos que nos manipulasen? O mejor aún cómo producir una literatura verdaderamente relevante y que contribuya a nuestras causas, sean las que sean, sin caer en formas que perjudican a estas causas por su carácter remanente o parasitario. Desafortunadamente, algunos autores cuyas opiniones o convicciones son más afines a mí, en España, hacen una literatura parasitaria de la que se hizo en el XIX. Tanto en la adhesión y en la innovación a cierto ideario estético en España veo un profundo conservadurismo. También en virtud de que cuando se produce esa innovación no es más que algo epigonal de los procedimientos de la literatura norteamericana posmoderna de los setenta y ochenta. Entonces, la pregunta no es tanto cómo condenar a esos autores, no es mi intención hacerlo, pero sí como producir una literatura que sea cuestionadora y rompedora y no epigonal o parasitaria. La pregunta se puede responder de varias maneras, en mi caso ha sido con este libro. Concierne a los lectores establecer si me respuesta es correcta o útil. Pero es relevante en tanto a que nos muestra si realmente pensamos la literatura como política. Para mí solo hay una literatura política relevante, y es si es cuestionadora de un puñado de valores que son hegemónicos en el ámbito literario y que en realidad son proyecciones de valores e instituciones que exceden el terreno literario que concierne a lo pilares de la sociedad: la familia, la propiedad, el individualismo, etc. Creo que ahí hay una tarea pendiente en parte porque gran parte de los escritores hispanoparlantes que podrían hacerlo, no lo hacen. Una literatura que se pretende política, que lo que hace es asentar los valores literarios/sociales, no es política salvo que pensemos, evidentemente, que su politización es conservadora.

La literatura, el arte en general, cada vez parece más alejada de la política, me refiero a que tenga realmente un papel en ella más allá de proclamas.

Me da la impresión de que toda la literatura de relevancia viene a decir que nuestro modo de vida es tan solo un conjunto de decisiones que hemos tomado, o que han tomado quienes nos ha precedido. Por lo que si estamos descontentos por el estado de las cosas, por sus injusticias, tenemos que concebir nuevas formas de vida para liberarnos de esas imposiciones. Desafortunadamente, gran parte de la narrativa, no solo actual, ha sucedido en todas las épocas, contribuye a un asentamiento de una forma de vida y no a su cuestionamiento. Es más cómodo para los autores, y para muchos de sus lectores, y sobre todo para las instituciones que median entre ambas esferas. En ese ámbito se juega todo lo que me interesa de la literatura: la voluntad de transformación, de establecer un diálogo no solo sobre lo que es sino también sobre lo que puede ser, el cuestionamiento de algunas instituciones, algunas de ellas aparentemente incuestionables, como la propiedad de los textos. En la novela aparece esta idea, ¿a quién pertenecen los textos? Me parece muy pertinente e interesante plantear esta cuestión, si los textos pertenecen a quien los produce o a quien los lee. Aunque los escritores no tenemos las respuestas. Pero creo que es nuestro deber el plantearlo.