La reflexión se dirige a cómo un Estado moderno, europeo, civilizado, culto y extremadamente nacionalista pudo desarrollar impunemente una gigantesca operación de exterminio étnico y cultural en la que participaron los mejores especialistas que tenía en cada campo del saber la Alemania de Hitler y los países cómplices. El primer dato a tener en cuenta es que el genocidio se desarrolló durante un tiempo casi en paralelo con la II Guerra Mundial, pero, atención, sin formar parte de los actos de guerra. La Soha tiene vida propia o, para ser más precisos, tiene muerte propia, que arranca mucho antes y no acaba de terminar con la rendición del III Reich. Sus efectos aún perduran y por lo tanto es presente y no pasado.

Otro elemento es el conocimiento de la legislación restrictiva que aquel Estado alemán fue aprobando paulatinamente a partir de los años 30 del siglo pasado con el fin de legalizar la discriminación extrema de seres humanos.  Aquellas leyes sirvieron para acallar las conciencias de millones de personas que vieron desaparecer a sus vecinos, médicos, sabios, músicos, artistas, comerciantes, pensadores o amas de casa, sin ver perturbada su tranquilidad. Mientras aquellas leyes crecieron en inhumanidad, estúpidos líderes europeos y de otros continentes miraron hacia otro lado o incluso aplaudieron.

La observación de los hechos nos conduce a la jornada del pogromo que se conoce con el suavizado apelativo de Kristallnach o Noche de los Cristales Rotos. En la tarde-noche del 9 de noviembre de 1938 la “ira popular” ordenada por Hitler, inspirada por Goebbels y coordinada por Heyndrich ya estaba en pleno apogeo. Por toda Alemania, hordas de las SS y de las SA, unos vestidos de paisano y otros de uniforme, se dedicaron a destrozar los comercios, las viviendas y las posesiones de la minoría judía que poblaba Alemania y Austria. La policía del Estado y la local tenían la orden de no intervenir. El saqueo, negado por el Reich días después, fue generalizado.

La humillación y el maltrato, especialmente de jóvenes judíos, intelectuales y clases acomodadas, formaban parte de la orden secreta emitida desde el cuartel general de la Gestapo en Munich. El desespero, la impotencia de las víctimas, ante la situación de odio y violencia marcó aquel presente y…  el futuro del mundo.  Fue como si paramilitares y civiles, protegidos por la policía en la que confiamos, entraran en nuestras casas ahora mismo y entre insultos y gritos nos detuvieran bajo una lluvia de golpes sembrando destrucción y muerte. 400 personas murieron asesinadas o inducidas al suicidio en aquellas horas. Más de 1.400 sinagogas y otros centros ardieron ante la impasibilidad de los bomberos. Miles de edificios fueron destrozados. Profanaron y destruyeron la inmensa mayoría de los cementerios judíos.

Las órdenes secretas emitidas por la cúpula nazi incluían además la detención de los judíos que serían trasladados a los KoncentrationLager (los célebres KL) donde hasta entonces la población reclusa estaba compuesta sobre todo por socialistas, comunistas y disidentes del nazismo.  A partir de aquel momento la mayoría de los presos ya fueron judíos.

"No me gustaría ser judío en Alemania", bromeó Göering el 12 de noviembre de 1938 durante la reunión de la cúpula nazi. Pero aquel ataque del Estado fue más allá: a los destrozos, agresiones e incendios de sinagogas se sumaron miles de detenciones arbitrarias de ciudadanos judíos que llevaron al confinamiento masivo en los KL.  Los nazis querían aterrorizar a la población judía para provocar su huida del Reich, pero dejando sus bienes y su dinero.

El camino hacia el Holocausto comenzó aún antes. Desde 1933 ya se hablaba de leyes antisemitas y eventualmente se producía la expulsión de judíos.  A partir de 1935 los matones nazis atacaron a las parejas mixtas que había en Alemania; la Gestapo estableció un sistemático registro de judíos y la legislación antisemita se endureció cada vez más.  El odio antijudío estaba tan asentado que durante un juicio en 1937 un fiscal de Berlín afirmó en Sala que para él un judío tenía “menos valor que una cabeza de ganado”.

Los pretextos

Los nazis esgrimieron dos pretextos para crear los días de odio que trataron de hacer pasar como “la ira del pueblo alemán contra los judíos”.

  • Pretexto en la reserva. La muerte en 1936 del líder nazi Wilhelm Gustloff por los disparos del judío de origen croata David Frankfurter.  Este hecho no tuvo represalias inmediatas para evitar un boicot internacional a los Juegos Olímpicos de Berlín ese mismo año (1936). Pero su muerte quedó apuntada en la agenda de excusas para matar judíos.



  • El desencadenante definitivo se produjo el 7 de noviembre en París cuando el joven judío Herschel Grynszpan entró en la Embajada alemana y disparó, hiriéndole gravemente, contra Ernst vom Rath, secretario de la legación diplomática y miembro del partido nacional socialista obrero alemán. El diplomático murió dos días después.



  • Herschel, de 17 años de edad, había atacado al primer alemán con el que se topó en la Embajada. Adujo la rabia e impotencia que sentía ante la represión que sufrían sus padres, deportados por los nazis en Polonia con otros 15.000 judíos abandonados en tierra de nadie.



  • Hitler y los jerarcas que celebraban en aquel momento en Múnich el fallido golpe de 1923, pusieron en marcha el ataque sistemático a la ciudadanía judía. El ideólogo fue Joseph Goebbels con la aprobación de Hitler.  En su diario apuntó que había llegado la hora de que los judíos vivieran la cólera del pueblo.



  • En la sede de Munich de la Gestapo se prepararon aquella noche del 9 de noviembre de 1938 para arrestar en una primera redada de 20.000 a 30.000 judíos. Reinhart Heydrich, el preferido de Hitler, especificó que se arrestase a tantos judíos como fuera posible, sobre todo ricos, sanos y jóvenes.



  • Una parte importante del plan consistía en que el pogromo se llevara a cabo ante toda la población alemana para que sirviera además de herramienta de humillación y de demostración de poder. El campo de Dachau fue uno de los destinos de aquellos infortunados.



  • Las SS y los nazis en general habían alcanzado un alto grado de corrupción. El pogromo se caracterizó por un pillaje generalizado y por robos también sistematizados auspiciados por el Estado. Más tarde, en un alarde de cinismo aquel Estado criminal ordenó, el 12 de noviembre de 1938, que los judíos alemanes abonaran un billón de marcos en concepto de desagravio por los sucesos acaecidos el 9 y el 10 de noviembre.

  • Los presos tuvieron que pagar por su libertad a sus carceleros y además prometer al Estado que abandonarían el Reich cuanto antes, a cambio de ser puestos en libertad.


Eduardo Martín de Pozuelo es secretario de FIBGAR, autor de El Franquismo cómplice del Holocausto, de Editorial Libros de Vanguardia, y de decenas de reportajes e investigaciones sobre el genocidio nazi