Tras el fracaso de Amador, Fernando León de Aranoa ha tardado cinco años en poner en marcha un nuevo proyecto, Un día perfecto, y lo ha hecho con reparto internacional y variando de registro con una película que se mueve entre el drama y la comedia y tomando los modelos de la road-movie.


A partir de la novela Dejarse llover, de Paula Farias, León de Aranoa se sitúa en 1995, en los últimos momentos de la Guerra de los Balcanes, junto a un grupo de cooperantes que conforman un grupo poco uniforme. Mambrú (Benicio del Toro) cuenta los días para volver a casa junto a su pareja cuando llega una antigua amante, Katya (Olga Kurylenko), a evaluar el trabajo de los cooperantes a la vez que para trastocar el día a Mambrú. La joven Sophie (Mélanie Thierry) quiere ayudar a la gente, Damir (Fedja Stukan), el traductor del grupo, que la guerra termine y Nikola (Eldar Residovic), un niño, un balón de fútbol. Y B. (Tim Robbins, el rey de la función), quien no sabe en realidad qué es lo que quiere, de hecho, no tiene ni nombre. Pero ahí está.


El intento de extraer un cadáver de un pozo de agua antes de que contamine el agua por completo, es la excusa de arranque de la narración de la película, la cual transcurre, como su título indica, a lo largo de un día en la vida de este grupo de cooperantes, así como para mostrar la barbarie de una guerra que llega a su fin pero cuyas terribles consecuencias comienzan a verse. León de Aranoa denuncia el conflicto –la guerra en general- desde una perspectiva pacifista bien clara, por fortuna, sin caer en su tendencia anterior a la discursividad más ramplona –aunque haya momentos que la roza; por fortuna, consigue esquivarla-.


En gran medida lo consigue gracias a que Un día perfecto combina la comedia y el drama, con menos destreza de la necesaria para haber creado una película más redonda pero lo suficiente para conseguir una película tan amable por momentos –incluso inocente- como dura. Curiosamente, ese intento de no caer en el maniqueísmo y en el discurso fácil ocasiona que momentos dramáticos que deberían haber tenido más fuerza, más impacto, queden desdibujados. Existe cierto desequilibrio entre los instantes cómicos, con un Robbins magnífico, y los dramáticos, más centrados en Del Toro, también excelente en su papel.


A través de cada personaje León de Aranoa muestra una manera diferente de acercarse a la labor de cooperación: Mambrú parece desencantado, derrotado, y quiere marcharse; Sophie, todavía piensa en que se puede hacer algo aunque la realidad parece mu otra; Damir, simplemente, tiene miedo; Katya, quizá el papel más desfigurado, representa la parte más alejada de la realidad, la mirada del despacho; B., desde el cinismo y el pasotismo, curiosamente, acaba siendo quien más claro vea todo. León de Aranoa, gracias a los actores, por otro lado, consigue crear una mirada polifacética sobre el conflicto –quizá sobre cualquier conflicto- a partir de cada personaje, logrando, a su vez, que el espectador pueda empatizar con todos ellos, con sus dudas, miedos y anhelos.



De lo liviano a lo crudo, el director ha creado una película cercana al cine de aventuras más clásico, con un sentido narrativo sin apenas paradas, muy dinámico. Las secuencias de transición se asientan en tomas aéreas acompañadas de música rock que crean una buena dialéctica entre el sentido que aporta esa música y la historia que está narrando. Pero dan un sentido anárquico, enloquecido, que se adecua a la perfección con el trabajo de los cooperantes, que tiene algo de absurdo en algunas cuestiones y algunas circunstancias. León de Aranoa ha jugado a la ambivalencia en todos los sentidos, moviéndose entre géneros y tonos, y en este sentido la película es muy interesante pero, a su vez, encuentra sus puntos más débiles al mostrar una arquitectura muy desequilibrada que, una vez más, ayuda a transmitir el aspecto enloquecido del trabajo de los cooperantes sobre un terreno en el que todavía todo es inestable, imprevisto, como la propia dinámica de la película. Pues nunca sabemos por dónde puede ir. Y este carácter anárquico es de agradecer, pero tiene algunas paradas en el camino que ralentizan demasiado y apenas aportan nada a la historia.



En Un día perfecto León de Aranoa ha conseguido alejarse de la discursividad que solía empañar sus películas, cuidando más la puesta en escena, y tomándose el material tan en serio como con la suficiente levedad para distanciarse del contexto y así para poder mostrarlo, en los márgenes de la historia narrada, con toda su crudeza. De este modo, la película esconde momentos en que la absurdidad de la guerra viene dada por los personajes y algunas situaciones, junto a otros en los que la barbarie asoma desde el fondo del plano.


Siempre en un segundo plano, pero presente. Y ahí se encuentra uno de los logros de la película, que todo esté ahí aunque parezca no estar.