Hoy me ha recordado mi hija Helena que Manuel Molina le daba diez céntimos a ella y a una amiga suya por tirarle la basura. Era una de sus miles de formas de congraciarse con su barrio. Él, que tanto ha dado al mundo del arte flamenco y a la cultura andaluza, también daba lo que podía a su alrededor. Mucho amor, sin duda. No hay vecino del barrio del Monumento, su último barrio de acogida en el municipio de San Juan de Aznalfarache, que no tenga una foto con un gran abrazo de los de Manuel. De esos abrazos enteros, grandes como sus manos, tan grande como su corazón. En el mundo del flamenco se está llorando su pérdida, no sin recordar aquellos versos tan bonitos que hablaban precisamente del día de su muerte, de que se vivieran de otra manera, con alegría, sabiendo que la vida es muerte y es vida. Por eso con Manuel Molina, hasta en su muerte, nace la sonrisa sincera de los buenos recuerdos compartidos. Tuvimos la suerte de compartir con Manuel Molina el 110 aniversario de Rafael Alberti. Un homenaje celebrado en El Puerto de Santa María, junto a grandes amigos suyos como Manuel Gerena. Aquel día fue maravilloso y sin duda Manuel, caballero entre caballeros, fue el gran poeta de la velada. A él le encantaba recordar cómo conoció a Alberti: “Estábamos en un teatro en Roma, y Alberti estaba en los camerinos. Desde su habitación venía un olor a humo, un humo delicioso, y yo me acerqué… le pregunté por ese olor, y me dijo, lo siento, es tabaco mentolado”. También nos dejaría un original poema dedicado a Alberti, manuscrito, de una caligrafía maravillosa y artística, que conservamos bien guardado, como una joya de nuestra editorial. ¡Qué pena que Andalucía no conozca aún toda la poesía escrita de Manuel Molina! Cientos de pequeños poemas, como haikus andaluces, como letrillas para ser cantadas en momentos malos y buenos… caligrafías de la vida y la muerte, de la alegría y la pena.
Manuel Molina con la cantautor a Lucía Sócam. Manuel Molina con la cantautor a Lucía Sócam.

Sin duda, Manuel Molina es la persona que puede resumir en su ser, en su esencia, lo que Juan Pinilla ha llamado, “el ser flamenco”. Ni bohemio, ni hippy, ni gitano medio hindú…no hay etiqueta que simplifique el pensamiento y la forma de ver la vida de este trianero nacido en el Norte de África. Manuel es el flamenco. Su arte se puede sólo entender si lo has disfrutado, si has visto cómo toca la guitarra, como mira hacia el cielo y canta… Ha sido siempre un gran amante de la música, sin prejuicios, él siempre ha manifestado que "ni fusión ni hostias, cuando una música es auténtica, es buena". En la grabación del disco de Juan José Téllez con Lucía Sócam tuvimos el gran honor de tener a Manuel Molina entre el público. A cada paso del concierto, teníamos la voz de Manuel que desde el público jaleaba y decía ole. Aquel día disfrutó, pero como él confesó, “también disfruto de un gitanillo de las Vegas que canta en una esquina”. Estoy seguro que muy pronto saldrá algún estudioso que analice esta estética musical, esta filosofía sobre el arte en general, que tanto le inspiraba. Si miráis en las videotecas encontrareis entrevistas y documentales donde aflora constantemente su visión del hecho artístico. Una jarra de agua clara y fresca sobre la empozoñada y seca trama de la cultura comercial. Yo conocí un poco a Manuel Molina. Lo adoraba en vida como tantos otros amigos y amigas. La pena de que se haya ido tan joven sólo alimenta mis ganas de seguir conociéndolo y de seguir conociendo más su arte. Él, que era todo amor, lo definía en uno de esos pequeños poemas: “Os quiero sin conoceros”. Y con este amor universal seguiremos construyendo un mundo mejor. Gracias, Manuel Molina, por enseñarnos el Amor.