Alrededor de una docena de campos de concentración rodearon la ciudad de Sevilla como una infamante corona de espinas durante la Guerra Civil y buena parte del franquismo. Cien mil presos políticos trabajaron como mano de obra esclava en las conocidas “colonias penitencias” del régimen. En toda Andalucía, se ubicaron 55 campos durante la dictadura. El documental Campos sin Memoria recuerda los restos de aquellos centros de dolor, donde los presos fueron convertidos en esclavos tras la llegada del general Queipo de Llano a la capital andaluza en el verano del 36. Su mano de hierro convirtió al ayuntamiento de Sevilla en la primera administración en hacer uso de esta mano de obra gratuita. La cinta ha sido dirigida por el director de Andaluces Diario en colaboración con Producciones la Vidriera. Antonio Avendaño recuerda en el documental, que “aquellos campos de la infamia y el dolor no nacieron de la nada: sus autores tenían nombres y apellidos. Como los tenían sus víctimas. La memoria los rescata hoy para devolverlos al presente y asegurarles un lugar en el futuro”. La cinta se centra en la descripción de los principales campos de la provincia y la ciudad de Sevilla: el Colector, los Merinales, la Corchuela y el campo de exterminio de Las Arenas como un justo homenaje para “dar a las víctimas lo que es de las víctimas y a los verdugos lo que es de los verdugos. Al dolor lo que es del dolor y a la infamia lo que es de la infamia. Es la hora, en fin, de dar a la memoria lo que es de la memoria”. UN SISTEMA PARA EXPLOTAR A LOS PRESOS Jose Luis Gutiérrez participa como historiador en este trabajo en el que destaca cómo “Franco ideó un complejo sistema para explotar a los presos políticos que encerró en sus cárceles. Más de 110.000 vivieron esclavizados en campos de trabajo. Varios miles, además, fueron subarrendados a empresas privadas hasta 1970”. Los campos de los Merinales y la Corchuela fueron los dos principales centros de trabajo para los trabajadores del Canal de los Presos del Bajo Guadalquivir, una de las obras más importantes de esta etapa. Gutiérrez recuerda que “la obra hidráulica del Canal del Bajo Guadalquivir, conocido popularmente como Canal de los Presos, se llevó a cabo, entre 1940 y 1962. Gracias al trabajo de los prisioneros de guerra y de represaliados políticos, numerosos terratenientes sevillanos transformaron sus latifundios de secano en tierras de regadío y se construyeron varios poblados de colonización”. El Grupo Recuperando la Memoria Social de Andalucía de CGT ha colaborado activamente en la elaboración de este trabajo. Su coordinador Cecilio Gordillo relata en Campos sin Memoria la historia del campo del Colector, que albergó a más de 500 presos. Gordillo apunta “cómo las empresas se acercaban a las cárcel para la búsqueda de peones y albañiles como si se trata del Inem de la época”. SUBIRATS, ÚLTIMO SUPERVIVIENTE Josep Subirats, último superviviente de los campos andaluces, relata su experiencia en el Batallón de Trabajadores de Oromana, en Alcalá de Guadaíra. Fue trasladado con tan solo 21 años. Con 97 años narra “las enfermedades e infecciones que cogían presos a causa de la falta de higiene y cómo recorrían más de un kilómetro desde el campo para beber agua”. Jose Luis Limia, hijo del preso del campo de la Corchuela Ricardo Limia, rememora también la dura historia de su padre, quien residió durante toda su vida en el municipio de Dos Hermanas. Tardaría dos décadas en obtener la libertad total a principios de los años 60. José Luis recordaría como su padre recibía fuertes palizas si no se presentaban al cuartel cada semana y como un guardia de la secreta perseguía a su familia en cada uno de sus movimientos. “No nos dejaban vivir en paz”, afirma. Campos sin Memoria ofrece imágenes inéditas de los restos de estos campos de concentración, de los quedan visibles apenas ruinas de hormigón de los barracones de los presos. El único campo de exterminio que existió en Andalucía, conocido como las Arenas, cierra esta cinta de 18 minutos. La historiadora Maria Victoria Fernández Luceño recuerda cómo morían al mes entre 13 y 14 presos. “Un día sí y uno no moría un preso”, recuerda.