Autonomías
El expresidente de la Generalitat de Cataluña Carles Puigdemont llega al club de la prensa en Bruselas para comparecer ante los medios de comunicación, en Bruselas, Bélgica, hoy. EFE

Notas urgentes desde Catalunya

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Lun, 13 Nov 2017

-          Como muchos catalanistas no independentistas, yo tenía mis reparos ante el 155; me provocó repelús hasta que Forcadell y el resto de la Mesa del Parlament lo acataron ante el Supremo y se conjuraron para no volver a saltarse el marco legal. Me pregunto si debo unirme a ellos en su consideración...

 -          Lo interesante del separatismo catalán es que, como los gatos, caiga como caiga siempre lo hace de pie. Declaran la DUI, aplauden por valientes; rechazan la DUI, aplauden por estrategas. Se personan ante el juez, son unos héroes; se escapan a Bruselas, tenemos Gobierno en el exilio. Rechazan las elecciones autonómicas, orgullo de soberanismo; participan en ellas, lo más inteligente. Así da gusto contradecirse.

 -          Viví en directo la huelga “de país” de la pasada semana. Vida normal en el centro de BCN, con transportes públicos funcionando, tiendas abiertas, restaurantes y bares abarrotados… Me entero por TV3 de la ocupación de varias vías de tren de la estación central de Sants por parte de unos cientos de estudiantes; la retransmite en riguroso directo. Los jóvenes desbordan en un plisplás el cordón de los Mossos y se plantan allí impidiendo la circulación de varios AVEs. En lapsos de cada 5 minutos se entrevista en directo a un ocupante, incluso al que prepara el rancho de comida, mientras en segundo plano un grupo grita “llibertat, llibertat” mirando a cámara. No aparece ni un solo policía. Pienso en que si eso ocurre en cualquier estación central de una ciudad europea, los sacan en dos minutos con el aplauso general de los usuarios de trenes. Al final, los ocupantes no pasan la noche. Se van defraudados. No ha habido brutal represión de la policía. El buenismo tiene esas paradojas.

 -          Aquel señor – un tal Mariano Rajoy - que montaba mesas petitorias buscando firmas para denunciar el Estatut de Catalunya ante el Constitucional, ha vuelto al sofá  - habano en la boca y “Marca” en las manos - inmediatamente después de firmar la aplicación del 155. El momentazo de un jefe de la Policía sugiriendo en el Congreso que Rajoy cobraba de la Gürtel dinero de la corrupción ha pasado sin pena ni gloria. En los mismos países europeos que despejarían en un momento las vías del tren, la ciudadanía armaría la gorda y se manifestaría. Aquí se ha armado la gorda y convocado una manifestación ciudadana tras otra; pero ninguna por la corrupción que afecta al presidente del país.

 -          Puigdemont y sus asesores de la ANC basan toda su estrategia en la superexposición del problema catalán ante los ojos de Europa para que manifieste su apoyo al “país oprimido”. En Bruselas el primer día salió medianamente bien, el segundo un poco menos, el tercero regular, el cuarto mal y el quinto peor: en el Parlamento flamenco solo consigue los 4 votos de la extrema derecha, también independentista. Todos los demás, en contra. La twitteria de la ANC ya habla de la Unión Europea como “instrumento opresor”. Son los peligros buscar en exceso el aplauso exterior y exponerse demasiado ante las cámaras. De tanto mostrarlo, te llegan a ver el plumero.

 -          Albert Rivera, este chico de la Barceloneta que nació en un “quart de casa”, anda por las nubes, o al menos así lo indican las encuestas. Nos hemos pasado años diciendo que en España no había partido de extrema derecha como en el resto de Europa y ha tenido que surgir el problema territorial para constatar que sí, que lo había, al menos en ese ámbito. Los envueltos en la bandera española del aguilucho se les irá la mano con la papeleta de ese joven que, como Aznar, tampoco tiene manías. Pero lo malo no es Rivera en sí, sino que con el PP alcanzan la mayoría absoluta. A tragar saliva.

 -          En el mayo francés del 68 hubo manifas que dejan cortas a las actuales, dos o tres muertos y centenares de heridos a diario en un ambiente revolucionario que, por fuerza, cambiaría las referencias políticas en la Francia la derechona gaullista. Se afirmaba que nada volvería a ser lo que fue. Pues no. Después de tanta revolución, eslóganes históricos, innovación política y sueños liberadores, la derecha siguió gobernando 13 años de tira: hasta 1981 en que Mitterrand, la izquierda clásica, llega al poder. 13 años. Con lío de por medio, siempre gana la derecha ¿Sacamos el cuaderno de tomar nota?

 

Jordi Bayona es periodista y escritor