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Tinder, NUNCA MÁS.

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Sáb, 29 Oct 2016

Qué puto estrés el Tinder. Con perdón, pero es que de verdad, qué estrés. Maldita la hora que decidí descargarme esa App, porque la he usado cuatro días, pero qué cuatro días. Es que ya ni me sé expresar bien de lo anonadada que me ha dejado.

 

La cosa empezó en una tarde de buen rollo con mis amigos. Uno de ellos saltó con un cotilleo que había descubierto mediante la aplicación. Y yo no tuve mejor idea que decir “me hace gracia el Tinder, algún día me haré cuenta”. No podría haberme callado, no; tenía que compartirlo con mis amigos con ganas de liarla. Conclusión: “Tía, descárgate el Tinder ya”.

Descripción para mí y like para ti

Y me lo descargué. Y me hice el perfil. ¿Descripción de mí? Uff. Cada vez que tengo que cambiarme la bio de twitter tengo un drama como para ahora venderme bien en esta aplicación. A ver, por partes: Estoy en Barcelona, sí; estudio en la UPF, sí… Vale ¿y ahora? ¡Ah sí! Bailo. Eso es importante. Da un toque exótico. O interesante. Algo diferente. Ah, y me voy a hacer la dulce: Amante de los gatos y del buen cine. Buena imagen. Buah, mi futuro está en el marketing.

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La dinámica de la aplicación es sencilla. Desliza a la izquierda si no te interesa, a la derecha si te interesa y hacia arriba si te interesa muchísimo. Sí, sencilla para alguien que entiende la diferencia entre izquierda y derecha, pero no es mi caso. Después de liarla un par de veces (o tres y cuatro y cinco), esperando que en ningún caso me haga match (que la otra persona también le dé a la derecha), le pillo el truco.

Match y a ver qué ocurre

Mis amigos siguen detrás de mi cual aves carroñeras esperando a que caiga alguno. Aprendo mi primera lección: el Tinder no está hecho para almas piadosas y pacientes. O te entra por los ojos o next. Después de un rato, algún que otro like y algún que otro comentario poco agradable por parte de mis amigos, empiezan los match. De hecho, el primer match llega de parte de un chico que me había encantado. Pego un salto a la vez que un gritito de adolescente idiota. Mientras me peleo con mis amigos porque me da vergüenza hablarle, pero ellos insisten que lo haga, ÉL ABRE LA CONVERSACIÓN. Otro salto y grito ridículo.

Spoiler Alert: la historia de amor duró más bien poco. Easy come, easy go. Hubo feeling vía chat. Pero ya me diréis, el chat, gran indicador de compatibilidad. Nos pasamos los números de teléfono y entonces descubrió que medía 1’63m. Sí, parece algo estúpido, pero es que él medía 2 metros (Y SÍ, jugaba a vóley y básquet). Así que nada, me llevé yo el nextazo. Pero ahora que lo pienso, peor hubiera sido pillar una contractura en el cuello.

La sutileza no es para Tinder

La pena por la imposibilidad del amor por centímetros de diferencia me duró más bien poco. Estaba recibiendo bastantes match y una buena cantidad de súper likes. Ay, los súper likes. Dicen tanto en tan poca cosa. Sinceramente, a mí me incomodan. No entiendo cómo hay un interés tan grande en mí con cuatro fotos y una descripción escueta. Bueno, mentira. Sé que un súper like significaba que he entrado fácil por los ojos. Al final soy solo una chica bonita, no alguien interesante, y eso me incomoda rayao.

Es decir, dudo que el Tinder esté pensado para conocer gente interesante. Quieres conocer a gente atractiva, guapa, pero no a la próxima persona que te folle la mente. Yo misma lo hago así. Si me gusta visualmente, pues sí. Y si no, ni siquiera me molesto en entrar en sus perfiles a descubrir si es alguien interesante, por si me estoy perdiendo una gran futura conversación. Pero tampoco quiero conversar. Quiero ver a gente guapa y pasármelo bien. Y eso al final me ha salido rana.

No hay ni uno normal

La gente es extraña. Esa es mi conclusión principal. Y no es por nada, pero los chicos mucho más. Porque, VAMOS A VER, si no te estoy contestando (por el motivo que sea) qué te hace pensar que el emoji de un caracol me anime a mirar el móvil y mandarte un mensaje. Y, sobretodo, QUÉ TE HACE PENSAR QUE TE VOY A CONTESTAR SI ME DICES QUE "LLORAS ETERNAMENTE" PORQUE NO TE DOY FEEDBACK. Lo que haré será CORRER, CORRER LEJOS.

Y chicos, de verdad os lo digo, dejad de tratar a las chicas como a tontas. O como personas que os tienen que hacer caso. O como presas. Porque no, no tengo por qué deciros dónde estoy "porque me queréis ver en persona", decidme de tomar un café; no, no tengo que contestaros al momento, puede ser que no esté mirando el móvil en un buen rato; Y NO, NO TENGO POR QUÉ HACERME LA TONTA, aunque os empeñéis en tratarme como si me chupara el dedo. Me ponéis negra.

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Y, por cierto, sí, mi gata es adorable, pero no creáis que es una buena arma para ligar. Dejad de mandarme GIFs de gatos o fotos o comentarios pedantes sobre las posibles razas de la gata. Y, aceptadlo ya, el swing no es sexy. No lo intentéis. No, no os voy a hacer un baile sexy. Ugh, de verdad, ugh.

Pero hay esperanza (más o menos)

Falta un final, conocer a alguien. No puedo cerrar el artículo porque no he llegado a conocer a nadie en persona. El Tinder lo he desinstalado, pero me he quedado con algún número de alguien interesante. Tal vez ahora cuando acabe al artículo me anime a mandar algún mensaje; tomar algún café acompañada es siempre agradable. Y hay que decir que quien tuvo suerte fue mi compañera de piso, a quien le anime a que se hiciera una cuenta, y parece ser que ha encontrado a alguien muy interesante (por lo visto existen, no está todo perdido).

Pero no, nunca más una app para ligar. Mejor los bares, mejor los encuentros casuales, mejor lo clásico.

 

Foto principal: Michael Coghlan en Flickr (Creative Commons)