Siempre me extrañó (siempre quiere decir desde antes de ser feminista) eso de que se llamara “miembro viril” al pene. Apunta una desmesura algo alucinada. Por una parte, porque claramente –y por mucho que se delire sobre su tamaño- ese “miembro” no tiene comparación posible con los demás miembros del ser humano: brazos y piernas. Dudo que pertenezca a la misma categoría. Por otra parte, porque al calificarlo como “miembro viril” parece como si los hombres carecieran de brazos y de piernas o como si sus brazos y piernas fueran afeminadas o andróginas, indignas de su “virilidad”.

El Diccionario de la RAE, en su definición de “miembro viril”, remite a pene, definido, a su vez, como “órgano masculino del hombre y de algunos animales que sirve para miccionar y copular”.

Para ser tan “remirada” en otras cuestiones, la RAE han hecho una lamentable definición: “masculino del hombre”, menudo pleonasmo. Sí, ya sé que indica, además, “de algunos animales” pero, tal y como está (de mal) redactado resulta extraño.

Miro por curiosidad la definición de pleonasmo. Dos opciones: 1. “Empleo de uno o más vocablos innecesarios para que [la oración] tenga sentido completo, pero con los cuales se añade expresividad a lo dicho”. 2. “Demasía o redundancia viciosa de palabras”.

Este pleonasmo, “masculino del hombre”, responde claramente a ambas: se nota que, en cuanto mientan “pene”, los miembros “viriles” de la RAE, se electrizan y se sobrecargan de expresividad y énfasis. Con lo cual caen en la segunda definición: “Demasía o redundancia viciosa de palabras”.

Son como niños: se les ve venir a la legua. Lo de nombrarnos a las mujeres les repugna. Se muestran renuentes, aunque ya en el Cantar del Mío Cid” se diga: “hombres y mujeres, burgueses y burguesas”. Por el contrario, lo de “masculino de hombre” incluso les sabe a poco. Así es que les sugiero: “Órgano masculino viril de hombre varonil”. Toda grandiosidad se queda corta, reconozcámoslo.

Fuera bromas, creo que la definición está incompleta. Deberían añadir que, el pene, además de para miccionar y copular, sirve para obtener placer (eso, bien) y, en no pocos casos, para agredir a las mujeres (eso, fatal).

Ya lo señaló Josep Vicent Marqués: “Si se le ha podido llamar joder a fastidiar al prójimo es porque los varones han venido viviendo el hacer coito como fastidiar a la mujer”. Fastidiar en su versión ligth y descafeinada. La más brutal nos dice que, tanto a través de los siglos como actualmente, en las guerras, la violación es sistemática, y, en tiempos de paz, muy habitual. Violan desconocidos, pero, sobre todo, violan conocidos y parientes –incluso padres-. Violan a mujeres y violan a niñas (y también a algún niño).

Cuesta admitir esta realidad. Cuesta, cuesta. Cuesta admitirla, incluso en su versión “light” (me permito llamar light el caso de que ella no quiera, pero termine prestándose porque “lo ama”, “lo comprende”, le parece que “así son las cosas”). Cuesta igualmente admitirla en la versión socialmente más aceptada (la prostitución). En definitiva, cuesta creer que un humano encuentre placer en tocar -y no digo ya en penetrar- un cuerpo que no lo desea…

Pero lo que, por encima de todo, nos hiela la sangre es percibir que hay casos donde no se trata de obtener placer usando un cuerpo que no te desea, sino que el placer se obtiene precisamente de ahí, de la humillación, el daño, el dolor que se inflige. No es “a pesar de” sino “por eso mismo”. 

Da pavor pensar que entre nuestros semejantes cursen tales barbaries. ¿Cómo se han educado esas mentes? Que sí, que la violación no es la única atrocidad. Está la guerra, por supuesto. Está el asesinato. Están los golpes. Está la tortura…

Me diréis: bueno ¿y el racismo? [email protected] [email protected] son agredidos y despreciados solo porque lo son. Con el antisemitismo otro tanto. Pero actualmente, ni el antisemitismo ni el racismo se manifiestan en nuestro entorno con tal virulencia ni tal frecuencia. Algún grupo neonazi ataca de vez en cuando a un negro, pero ¿acaso se agreden tantos negros o judíos como mujeres? (comparativamente con su número, por supuesto) ¿Acaso la violencia, el desprecio, el odio hacia los judíos, los moros, los negros se manifiestan tan abierta, tan alegre y tan tranquilamente? ¿Visteis la barbarie y la animadversión que destilaba ese grupo de whatsapp de universitarios de Albacete? ¿Nos os hiela la sangre tal carga de sadismo, de brutalidad, de aborrecimiento hacia las mujeres? Vuelvo a preguntar: en nuestra sociedad ¿son tan agredidos, despreciados, odiados los negros como lo son las mujeres? No, el racismo no goza de tanta permisividad social, ni está tan banalizado ni extendido como la misoginia.

Y, por supuesto, hay una enorme diferencia: es inimaginable que, ante una campaña contra el racismo, se alzaran voces y se publicaran artículos diciendo: “Sois extremistas, confundís todo. Una cosa es pegarle una paliza a un negro y otra que, si uno de ellos se sienta a tu lado en el metro, no puedas tocarle el pelo por curiosidad”. O diciendo: “Ahora, cualquier negro que quiera vivir su momento de gloria, culpará a un blanco famoso de haberle lanzado insultos racistas”. O “Hay negros que acusan de racismo a los blancos solo por venganza”. O “¿Cómo vamos a considerar racismo cualquier cosa: que un blanco se quede mirando con insistencia a un negro, que lo toquetee a ver cómo es su piel o que, al cruzarse con él por la calle, no pueda soltarle lo que le pase por la cabeza?”.

Sí, con la violencia sexual tenemos un problema grave. Muy grave. Algunos seres (quizá no muchos, pero sí bastantes) no piensan en la sexualidad como intercambio de deseo y placer. Para empezar, porque lo que las mujeres deseen no les importa absolutamente nada y porque, en efecto, su concepción no es hedonista, sensual, de abandono y exploración corporal mutua. Es –como ya analicé en otro artículo- de violencia, atropello y odio hacia las mujeres y de connivencia, complicidad, camaradería y piña entre ellos.

Su deformación es tal que ni siquiera perciben sus propios genitales como fuente de placer sino como instrumento de agresión y tortura.

No quiero entrar aquí en considerar cómo se fabrican energúmenos tan bestiales porque me alargaría demasiado. Lo trataré en otro artículo.

Este lo quiero acabar aludiendo otra vez a las definiciones del DRAE. De esto hablé hace ya cuatro cinco años (y face me bloqueó unos días): ¿Sabéis cómo el define el clítoris? “Órgano pequeño, carnoso y eréctil, que sobresale en la parte anterior de la vulva”. “Pequeño” … ¿con relación a qué? (sí, ya sé lo que los académicos piensan…). “Carnoso” … (es óseo el pene aunque no lo supiésemos?). “Eréctil”, en esto, nada de objetar. “Que sobresale en la parte anterior de la vulva”. ¿Qué hace ahí, sobresaliendo? ¿qué función tiene ese órgano pequeño y carnoso? ¿Para qué sirve? ¡Ah! Misterio… Para miccionar no, para copular tampoco… Pues está claro: no sirve para nada. Es como un grano, vaya, pero perenne… Por eso, en algunas culturas, simplemente lo amputan…

¡Cuánto camino nos queda aún por delante!

*Pilar Aguilar es analista de ficción audiovisual y crítica de cine. Licenciada en Ciencias Cinematográficas y Audiovisuales por la Universidad Denis Diderot de París.

Este artículo es una colaboración de Tribuna Feminista