Hace mucho tiempo que fue ayer. Madrid  sucia por culpa de los pobres. Lo dice  Ana Botella, alcaldesa in pectore junto a Aznar, mayorista de Murdoch y minas de oro. Se limpian las ciudades de pobres porque viene el Papa blanco, porque el Presidente, porque el Alcalde. Siempre estorban los pobres. No sabemos dónde ponerlos, qué hacer con ellos. Los echaron de sus trabajos, los echaron de sus casas, los dejaron sin ayudas sociales. Van quedando pocos ricos, y son tan inmensamente ricos que no pisan las calles. El deportivo, el jet privado, las boutiques rodeadas de guardias de seguridad, los bancos blindados, las cámaras vigilantes que registran los besos, las caricias, los senos temblorosos de la miseria que también tiene sonrisas, manos amorosamente preocupadas por unos labios calientes. Pobres enamorados sin casa para ejercer el amor, el escalofrío del encuentro íntimo.

Hace tiempo que fue ayer. Los bancos han prescindido de muchos asalariados de corbata y mocasines. Quedan los ejecutivos, más pobres también. Jubilaciones millonarias pero menos. Sólo para que vivan tres generaciones más. Fueron generosos dando hipotecas y ahora los miserables no las devuelven. Venden las casas desahuciadas al doble de precio de su tasación y ganan, pero se deprecia el oficio de la usura. Patrocinan la visita del Papa por puro altruismo privándose de tres viajes en jet, de cuatro rolex-capricho. Los gobiernos arriman el hombro al pontífice para que otros le den una limosnita.   Los ricos van al cielo porque arreglaron un campanario, lo poblaron de cigüeñas que trajeron niños-para-el-consumo-de-préstamos, segunda casa en la playa con Rajoy exculpándolos de sus riquezas, liberando patrimonios de millones fugitivos, de sicav imposibles de explicar.

Están los países sentados a la puerta de un capitalismo roto. Pidiendo limosna en las puertas de los botines, los gonzález, los trichets. Un rescate por amor de lo que sea, pero un rescate. Para atender enfermos, pobres de vida, pobres ente los pobres. Para  oxígeno, para una cama blanca de hospital, para las farmacias de María Dolores, los interinos de Esperanza sin esperanza, para quienes alargan la mano pidiendo un cachito de futuro. Países que piden porque han perdido la dignidad de exigir, por los apaleados en nombre del orden y la normalidad, porque siguen plantado utopías en la vida, por los que no esperan el cielo porque aman el tiempo, el mundo, la alegría.

De rodillas estamos. Las manos en la nuca, sin derechos, despreciada nuestra indignidad, nuestra rebelión. En una puerta cualquiera, pidiendo, mutilados, perdidos entre el lujo de unos cuantos, la vida hecha pedazos en las esquinas del viento.

Rafael Fernando Navarro es filósofo
http://marpalabra.blogspot.com/