Las políticas exteriores de Donald Trump en los últimos meses han copado numerosos titulares y generado intensas polémicas, dividiendo opiniones en bandos enfrentados. Venezuela, Irán, Cuba o Groenlandia son solo algunos de los frentes abiertos desde el inicio de este año, sumándose a otros tantos que el presidente ha creado desde su llegada a la Casa Blanca.

Su modelo de actuación ha sido criticado por muchos, algunos señalan que revive un estilo de imperialismo expansionista y otros critican que frena el diálogo y coloca a Estados Unidos como el centro del mundo, imponiendo su criterio sin consensuar con otras naciones. La constante confrontación y la tendencia a imponer decisiones unilaterales han generado tensiones tanto dentro como fuera de los organismos internacionales.

Intervenciones justificadas bajo el disfraz de democracia

Los países sobre los que Trump ha focalizado su atención responden, según él, a necesidades que Estados Unidos merece cubrir, legitimando su intervención directa incluso al margen del derecho internacional. Sin embargo, muchas de estas acciones se presentan como defensa de la democracia, cuando en realidad esconden intereses económicos estratégicos.

La intervención en Venezuela se justificó como defensa de la democracia, pero coincidió con oportunidades para influir en recursos y contratos; la propuesta de anexión de Groenlandia se presentó como una forma de mejorar la vida de sus ciudadanos, aunque también buscaba un posicionamiento geopolítico y económico estratégico; y la presión sobre Cuba se ha combinado con intereses empresariales y energéticos.

La presión sobre la OTAN y el 5% del PIB

Un ejemplo clave de esta lógica se encuentra en la estrategia de Trump respecto a la OTAN. Tras volver a sentarse en el despacho oval, cuestionó los marcos establecidos de la organización y llegó incluso a amenazar con la salida de Estados Unidos si los miembros no aumentaban su gasto en Defensa hasta el 5% del PIB.

Su forma de actuar reflejó su estilo característico, sin diálogo y con escasa intención de alcanzar acuerdos, buscando imponer su criterio. Aun así, para suavizar su discurso, Trump argumentaba que el aumento del gasto militar era necesario para garantizar la paz internacional y la preparación frente a los peligros existentes en el mundo actual.

España resiste la presión estadounidense

No obstante, Trump no contaba con que encontraría un obstáculo en España. El país surgió como un sólido muro de contención frente a la notoria subida de inversión militar que reclamaba el presidente estadounidense.

A pesar de la insistencia de Trump y de los ultimátums basados en medidas económicas, como los aranceles, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, mantuvo firme su postura. Aunque destinó una partida económica mayor, el gasto en Defensa español se quedó en un 2,1% del PIB, muy por debajo del 5% solicitado. Sánchez recalcó que esta cifra cubría plenamente las necesidades militares del país, resistiendo así las presiones externas y las críticas directas de Trump.

La llegada de Benjamín León Jr.: continuidad de la estrategia

Tras casi un año sin un representante institucional estadounidense en España, Benjamín León Jr. asumió recientemente el cargo de embajador de Estados Unidos en Madrid. Recibido por el rey Felipe VI y presentado ante el ministro de Exteriores español, José Manuel Albares, León tiene como objetivo fortalecer la cooperación bilateral y representar los intereses de EE. UU. en un contexto político y económico clave.

Empresario cubanoamericano de 82 años, donante importante de campañas republicanas y cercano al círculo político y empresarial de Trump, León encarna la continuidad de la presión estadounidense. Uno de los objetivos de su misión internacional es, explícitamente, impulsar que el gasto militar español aumente hasta el 5%, lo que evidencia que la estrategia de Trump no es coyuntural, sino sostenida.

Detrás de la retórica: intereses económicos

Aunque el presidente argumenta que el aumento del gasto en Defensa garantiza la paz y la seguridad internacional, el patrón se repite. Detrás de sus discursos sobre democracia y protección de aliados, se encuentran intereses económicos claros. La insistencia en elevar las partidas militares no responde solo a criterios de defensa, sino a un interés estratégico en favorecer a la industria armamentística estadounidense.

Estados Unidos ocupa una posición dominante en el sector militar. Cada incremento del gasto militar de los países de la OTAN implica contratos directos con sus empresas, asegurando un flujo económico hacia la industria armamentística nacional. En otras palabras, el 5% de PIB solicitado por Trump no es solo un objetivo de seguridad, sino también un movimiento para potenciar negocios estadounidenses.

La industria militar española frente al aumento del gasto

España, por su parte, cuenta con una industria militar sólida y diversa, que combina empresas públicas y privadas capaces de cubrir buena parte de sus necesidades. Compañías como Navantia, especializada en construcción naval militar; Indra, que desarrolla sistemas electrónicos y de defensa; Expal, centrada en explosivos; y Sener, dedicada a tecnología aeroespacial, permiten que la inversión militar se mantenga principalmente dentro del país. Con un gasto del 2,1% del PIB, España puede financiar operaciones, mantenimiento, personal y adquisición de equipamiento principalmente con empresas nacionales.

Sin embargo, un aumento al 5% abriría la puerta a aumentar contrataciones internacionales y, muy probablemente, a contratos con firmas estadounidenses, alineando perfectamente con los intereses estratégicos de Trump en la política exterior y la economía de defensa.

La insistencia de Trump en elevar el gasto militar de los aliados no responde únicamente a criterios de seguridad o defensa, sino a un objetivo económico estratégico: potenciar la industria armamentística de Estados Unidos bajo la apariencia de fortalecer la OTAN y la paz mundial.

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