A Trump se le describe a menudo como una excepción. Conviene leerlo al revés. No como una anomalía del sistema, sino como el momento en que el sistema deja de disimular. Con él se ve mejor el papel de Estados Unidos, la cobertura que sigue recibiendo Israel y la fragilidad política de una Europa que lleva años hablando de autonomía estratégica, pero retrocede en cuanto el conflicto exige algo más que prudencia verbal. Trump no ha roto un equilibrio limpio. Ha dejado a la vista un mecanismo viejo. Y Europa vuelve a aparecer atrapada dentro.
La primera trampa es hablar de Europa como si fuera una sola voz. No lo es. Lo que hay es una suma de capitales con reflejos distintos, intereses distintos y distintas formas de obedecer. Alemania mide cada paso para no salirse del carril atlántico. Francia sigue vendiendo soberanía estratégica, pero rara vez la lleva hasta el punto de choque. Italia combina cautela, cálculo y un seguidismo bastante funcional. Reino Unido, fuera de la UE, se mueve con más comodidad como socio preferente de Washington. Polonia ha ganado peso como potencia del Este, pero ese ascenso no ha traído más autonomía europea, sino más músculo para una agenda de seguridad muy pegada a Washington. Hungría, por su parte, juega al disidente interno, pero casi siempre para negociar poder propio, no para levantar una alternativa continental. España intenta marcar perfil, pero no arrastra al resto. El resultado es reconocible: mucha incomodidad, poca ruptura.
Ese mapa explica bastante. Europa no falla como bloque porque nunca termina de actuar como bloque. Falla como suma de gobiernos que dicen querer una posición propia y, cuando la crisis aprieta, vuelven al mismo reflejo: medir hasta dónde les deja Washington. La secuencia de estos días lo retrata bien. Trump pidió apoyo para asegurar el estrecho de Ormuz tras la escalada bélica con Irán. Alemania, España e Italia rechazaron participar militarmente. Kaja Kallas admitió que la UE no tiene apetito para ampliar su misión naval a esa zona. Al mismo tiempo, varios socios dejaron abierta la puerta a apoyos limitados o a fórmulas paralelas. Nadie quiso entrar de lleno. Nadie planteó una ruptura real con el marco que marcan Estados Unidos e Israel.
El continente del doble rasero
El problema no es solo lo que Europa hace, sino con quién decide hacerlo. Frente a Rusia actuó con rapidez, severidad y un lenguaje de principios muy reconocible. Hubo sanciones de gran calado, una posición política bastante compacta y una voluntad clara de elevar el coste económico y diplomático. Frente a Israel, en cambio, ha preferido caminar con pies de plomo, incluso cuando la presión pública y política empujaba a ir más allá. Europa volvió a instalarse en ese terreno en el que parece querer decir algo sin decirlo del todo, molestar sin tocar lo esencial, marcar distancia sin alterar de verdad la relación.
La diferencia salta a la vista. También la escasez de voces dispuestas a decirlo. Sánchez fue una de ellas cuando denunció abiertamente la doble vara y pidió un trato más duro hacia Israel. Eso no convierte a Sánchez en un líder continental. Pero sí deja una foto incómoda para el resto. Desde que Angela Merkel salió de escena, Europa arrastra una carencia evidente de liderazgo. Merkel no resolvía las contradicciones europeas. Las ordenaba. Daba a la UE un centro de gravedad. Ahora ese centro no está. Hay aparato, instituciones, cumbres, comunicados. Falta dirección. Y, por extraño que suene, uno de los pocos dirigentes que hoy intenta fijar una posición política propia y sostenerla, con todos sus límites, es el presidente español. Se podrá discutir su alcance. Cuesta más discutir el vacío que tiene delante.
Ahí entran Merz, Macron, Von der Leyen y cía. No hace falta que actúen como halcones puros para que su responsabilidad sea evidente. Basta con que preserven la estructura. Basta con que la crítica nunca llegue al punto en que Washington o Israel sientan un coste político real. Merz ha rechazado implicarse en la guerra con Irán, pero lo ha hecho por la ausencia de mandato y por miedo a una escalada, no desde una impugnación de fondo del papel que juega Estados Unidos. Macron sigue atrapado en ese europeísmo solemne que habla de autonomía y luego se frena antes del choque. Von der Leyen lleva tiempo empujando una Europa más cómoda con el lenguaje del bloque, del rearme y de la disciplina occidental. Kallas, por su parte, ha llegado a admitir que Estados Unidos busca dividir a Europa y que Bruselas se ha adaptado a la imprevisibilidad de Washington. El problema es que adaptarse no es emanciparse.
Pocas imágenes resumen mejor esta degradación que la de Mark Rutte en La Haya. Su “daddy” dirigido a Trump no fue solo un momento bochornoso. Fue la expresión de un reflejo político cada vez más asentado: el de contentar al matón para conservar el marco. Dejó una escena de servilismo obsceno. Una parte del aparato atlántico ha elegido gestionar a Trump halagándolo, adoptando su lenguaje y rebajando cualquier atisbo de dignidad política con tal de mantener la alianza en pie. Una suerte de sumisión con sonrisa.
Por eso tampoco sorprende que empiecen a proliferar otros formatos. No hay hoy una ola mayoritaria en Europa pidiendo salir de la OTAN. Sería exagerarlo. Lo que sí hay es una desconfianza creciente hacia una arquitectura incapaz de garantizar autonomía y cada vez más atravesada por la arbitrariedad de Washington. De ahí los acuerdos bilaterales, minilaterales y las fórmulas paralelas. Reino Unido, Finlandia y Países Bajos estudian nuevos mecanismos conjuntos de financiación y compras militares. Canadá y los países nórdicos están reforzando otras redes de cooperación entre potencias medias. Son movimientos todavía parciales, pero dicen bastante: mientras Bruselas invoca unidad, cada vez más gobiernos buscan seguros complementarios porque no terminan de creerse la estructura común.
Trump no ha traído una verdad nueva. Ha dicho en voz alta una verdad vieja. Que el poder occidental sigue funcionando por jerarquías bastante simples. Que la legalidad vale más contra unos que contra otros. Que Europa, cuando llega el momento serio, sigue sin saber si quiere ser actor o retaguardia. Ese dilema ya no se puede esconder tanto. Otra cosa es que alguien quiera resolverlo. El decorado se ha caído hace tiempo. Lo que queda detrás no es especialmente nuevo. Pero cada vez cuesta más fingir que no estaba ahí. El problema no es solo el matón. Es también el patio que sigue dejándole mandar.