“No me imagino a la canciller Merkel o al canciller Scholz con unas declaraciones de ese tipo”. La frase de José Manuel Albares no solo expresa una queja diplomática: marca una frontera política muy clara. Es, en realidad, una comparación que coloca a Friedrich Merz frente al espejo de sus predecesores. Merkel construyó su liderazgo europeo desde la contención y el equilibrio; Scholz, con otro estilo, mantuvo la prudencia institucional incluso en los momentos de mayor tensión transatlántica. Merz, en cambio, ha optado por una escenografía distinta: menos matices públicos, más alineamiento visible con Washington y una defensa sin ambages de los compromisos atlánticos, incluso cuando eso implica señalar a un socio comunitario.

La escena en el Despacho Oval fue breve pero significativa. Mientras Donald Trump cargaba contra España por no autorizar el uso de las bases de Rota y Morón para la operación en Irán y por no comprometerse con el 5% del PIB en gasto en defensa, el canciller alemán no introdujo ningún matiz corrector. Al contrario, secundó la afirmación del presidente estadounidense al subrayar que España era el único país que no había aceptado ese objetivo y añadió que estaba intentando “convencer” al Gobierno español para que lo hiciera.

En Madrid, la reacción no tardó. Albares expresó la “sorpresa” del Ejecutivo español y reveló que trasladó personalmente esa inquietud a su homólogo alemán, Johann Wadepuhl. “Cuando uno comparte con un país una moneda, una política comercial común, un mercado común, pues espera la misma solidaridad que España”, afirmó el ministro, recordando el respaldo mostrado por el Gobierno español a Dinamarca ante los “deseos” de Estados Unidos sobre Groenlandia, así como el apoyo constante a Ucrania y a los países del flanco este de la OTAN.

La comparación no es menor. Durante años, Berlín ejerció un papel de árbitro prudente dentro de la Unión Europea. Angela Merkel evitó convertir las discrepancias internas en munición para terceros actores globales. Olaf Scholz, pese a las tensiones derivadas de la guerra en Ucrania y el giro en la política de defensa alemana, mantuvo esa cautela pública. Con Merz, el tono cambia.

Del Bundestag a BlackRock: una biografía que pesa

Friedrich Merz no es un recién llegado. Jurista de formación, inició su carrera política en los años noventa y pronto se convirtió en una de las figuras más prometedoras de la CDU. A comienzos de los 2000 rivalizó con Merkel por el liderazgo del grupo parlamentario, pero perdió la batalla interna. La futura canciller consolidó un proyecto centrista que dejó a Merz en un segundo plano.

En 2009 abandonó el Bundestag y dio un giro hacia el sector privado. Ejerció como abogado corporativo y ocupó puestos en distintos consejos de administración. Entre 2016 y 2020 presidió el consejo de supervisión de BlackRock Alemania, la filial del mayor gestor de activos del mundo. Esa etapa no fue anecdótica: cimentó su perfil como defensor del liberalismo económico y reforzó su red de contactos en el ámbito financiero internacional.

Sus detractores dentro y fuera de Alemania han utilizado ese pasado para cuestionar su cercanía al gran capital. Sus partidarios, en cambio, lo presentan como un activo: un dirigente que conoce los mercados globales y que entiende la lógica de la inversión y la competitividad en un mundo cada vez más tensionado por la rivalidad entre bloques.

Cuando regresó a la política activa tras la retirada de Merkel, lo hizo con una promesa implícita: devolver a la CDU a sus raíces más reconocibles. Menos concesiones al centroizquierda, mayor énfasis en la disciplina fiscal, la seguridad y la defensa, y una retórica más directa frente a desafíos internos y externos.

El nuevo eje Berlín-Washington

El encuentro con Trump no fue un episodio aislado, sino la expresión de una visión estratégica. Merz ha defendido reiteradamente que Europa debe asumir mayores responsabilidades en materia de defensa y que Alemania no puede quedar rezagada en el cumplimiento de los compromisos adquiridos en el seno de la OTAN. Desde esa óptica, el debate sobre el 5% del PIB no es una cuestión meramente contable, sino un mensaje político hacia Washington.

Sin embargo, el modo en que se transmiten esos mensajes importa tanto como su contenido. La imagen de un canciller alemán respaldando en público las críticas de un presidente estadounidense hacia un socio comunitario ha generado incomodidad en algunas capitales. No se trata solo de España. El gesto se interpreta como una señal de que Berlín podría priorizar la relación bilateral con Estados Unidos por encima de la escenificación de la unidad europea.

Fuentes diplomáticas apuntan a que, tras la escena pública, el entorno de Merz trató de suavizar el impacto en conversaciones privadas. Esa doble dimensión —alineamiento visible y matización discreta— forma parte de su estilo político. Merz es consciente de que Alemania depende del equilibrio entre su anclaje europeo y su vínculo atlántico, pero también sabe que una parte del electorado alemán reclama firmeza frente a lo que considera reticencias en materia de defensa.

La cuestión de fondo es qué modelo de liderazgo quiere proyectar el nuevo canciller. Merkel gobernó en la era de la estabilidad económica y del multilateralismo relativamente predecible. Scholz asumió el cargo en medio de la invasión rusa de Ucrania y el consiguiente giro histórico en la política de defensa alemana. Merz enfrenta un escenario distinto: tensiones comerciales, amenazas arancelarias y un Estados Unidos menos dispuesto a sostener en solitario la arquitectura de seguridad occidental.

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