La guerra en Irán, de la misma manera que el genocidio en Gaza, se ha convertido en un escenario en el que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha mostrado complicidad y complacencia con Estados Unidos e IsraelSin críticas claras a los perpetradores, sin reflexión, sin autoridad. La cautela de la mandataria cuando en el conflicto están implicados Washington o Tel Aviv es especialmente notoria desde hace tiempo. Por un lado, se extralimita en sus competencias, y por otro, da discursos que resultan incómodos y complacientes con la administración estadounidense y sus operaciones imperialistas.

Desde Madrid, von der Leyen afirmó que "el viejo orden mundial no volverá". Unas palabras que fueron, de hecho, desautorizadas al día siguiente por el presidente del Consejo Europeo, António Costa, que afirmó en el mismo foro que la UE debe "defender el orden internacional basado en normas". Las palabras de von der Leyen se leen con cierto pesimismo y servilismo al imperio estadounidense, pero resuenan con diferente impacto en función de dónde se pregunte. En España, por ejemplo, pesa todavía el recuerdo de 2003, cuando el entonces presidente José María Aznar apoyó a Estados Unidos en la guerra de Irak pese al rechazo mayoritario de la población, y que más tarde tuvo severas consecuencias. En Alemania, no obstante, la reacción es distinta: von der Leyen sigue siendo vista como una conservadora alemana con un fuerte carácter atlantista y que no tiene reparos en escenificar la alianza con Israel y el sionismo. No obstante, la variación en las reacciones no significa que sus palabras pasen desapercibidas: algunas fuentes diplomáticas sostienen que sus palabras proceden desde una perspectiva realista entendible, ya que, en parte, es cierto que el orden mundial parece estar cambiando, pero advierten de que ese realismo no debería convertirse en un cinismo apesadumbrado que diluya los principios, especialmente cuando el seguidismo ciego a Washington traerá más problemas que beneficios.

Interpretaciones varias

Por su parte, el entorno de Von der Leyen sostiene que la presidenta de la Comisión Europea fue malinterpretada. Días después la propia presidenta matizó sus palabras en el Parlamento Europeo ante las duras críticas de eurodiputados de distintas sensibilidades. Allí, reafirmó que el compromiso de la UE con el derecho internacional es "inquebrantable". Para rebajar la polémica, su gabinete envió, además, una aclaración al Colegio de Comisarios asegurando que no hablaba de abandonar el sistema basado en normas, sino que simplemente notaba que podía estar en su ocaso si las cosas continuaban de la misma forma. Oficialmente, el asunto no se ha tratado en las reuniones entre representantes de los Estados en Bruselas, aunque sí ha sido comentado de forma informal en los pasillos.

Las críticas, no obstante, continúan llegando desde distintas capitales. Algunos diplomáticos consideran que Von der Leyen insinuó un cambio en la posición de la UE sin consultar a los Estados miembros. "Prueba de ello es que luego tuvo que aclarar su postura", señalan. Sobre esta cuestión se han pronunciado también organizaciones de derechos humanos. La secretaria general de Amnistía Internacional, Agnès Callamard, afirmó que la presidenta "se ha extralimitado" y que no es la primera vez que socava el derecho internacional a golpe de declaraciones ambiguas, especialmente en relación con Israel. Se trata de un malestar que no es nuevo: varias capitales europeas llevan tiempo frustradas por la inexistente reacción de Von der Leyen ante la ofensiva israelí en Gaza. Incluso dentro de las instituciones europeas surgieron protestas de funcionarios, actuales y antiguos, por la postura de la jefa del Ejecutivo comunitario. La acción y la respuesta europea ante lo ocurrido en Gaza se limita a escribir un "deeply concerned" en las redes sociales, asegurar que Israel tiene derecho a defenderse y nada más.

El exrepresentante de la UE ante los territorios palestinos, Sven Kühn von Burgsdorff, sostiene que las declaraciones de la presidenta de la Comisión "socavan el derecho internacional" al no abordar la ilegalidad del ataque contra Irán. Él mismo impulsó varias cartas abiertas firmadas por antiguos altos cargos europeos que reclamaban medidas contra Israel por violaciones del derecho internacional en Gaza y criticaban la lentitud de la Comisión en proponer sanciones. A su vez, cabe recordar el viaje de von der Leyen a Israel tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, realizado sin consultar previamente a los Estados miembros. Desde entonces, explican fuentes diplomáticas, existe cierto resentimiento por una postura considerada demasiado cercana a Israel y, más recientemente, por su actitud frente a Donald Trump, también de complacencia.

Reticencias entre altos cargos

El malestar también aumentó cuando la alemana decidió enviar a la comisaria para el Mediterráneo, Dubravka Šuica, a la inauguración en Washington de la controvertida Junta de Paz impulsada por Trump, un organismo inventado para ejecutar un plan arbitrario en Gaza, nuevamente sin consultar a los Veintisiete. Varios países, entre ellos Francia, se distanciaron de esa iniciativa por temor a que debilite el sistema de Naciones Unidas y la solución de dos Estados en la que se encuentra instaurada la Unión.

Por su parte, el ministro francés de Exteriores, Jean‑Noël Barrot, recordó entonces que la Comisión debe respetar estrictamente el principio de subsidiariedad y actuar dentro de sus competencias. Un mensaje similar lanzó el ex alto representante para la Política Exterior, Josep Borrell. Desde el entorno de Von der Leyen, no obstante, desestiman todas las acusaciones y sostienen que, como presidenta de la Comisión, le corresponde liderar las políticas exteriores de la institución y representar a la UE como potencia económica y regulatoria.

En Bruselas, sin embargo, es conocida su rivalidad con la actual responsable de política exterior, Kaja Kallas, así como su estilo de liderazgo centralizado. Aun así, algunos diplomáticos recuerdan que desde el inicio de su segundo mandato se sabía que la Comisión tendría un perfil más político. Y, aunque no siempre coincida con la posición de su propio Gobierno, reconocen su capacidad para influir en la escena internacional como uno de los rostros más visibles de la UE. Para von Burgsdorff, el límite debería estar claro: la Comisión puede aspirar a actuar como actor geopolítico, pero la presidenta solo puede hablar en nombre de la UE en política exterior cuando existe una decisión previa del Consejo y no dar esta clase de mensajes.

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