Desde prácticamente el momento de su creación, la Unión Europea se ha concebido a sí misma como una potencia normativa. Su proyección internacional no descansa principalmente en la fuerza militar ni en la coerción. Más bien se basa en la promoción del derecho internacional, el multilateralismo y un orden global sustentado en normas. Durante mucho tiempo, este discurso ha funcionado tanto como una fuente de legitimidad como una forma de ejercer influencia.

La confrontación entre Estados Unidos e Irán, impulsada por la administración de Donald Trump, ha vuelto a poner sobre la mesa el debate acerca de los límites del derecho internacional.

En este contexto, el discurso de Ursula Von der Leyen ante los embajadores de la Unión Europea el pasado lunes buscó proyectar una imagen de firmeza estratégica en medio de un escenario internacional cada vez más inestable. La idea principal era clara: el sistema internacional está entrando en una etapa marcada por una mayor rivalidad geopolítica y por tensiones crecientes sobre el orden basado en normas. Según esta interpretación, acontecimientos como la invasión rusa de Ucrania, la escalada en Oriente Medio y la intensificación de la competencia entre grandes potencias reflejan el progresivo desgaste del orden internacional.

La intervención de Von der Leyen ante los embajadores de la Unión Europea el pasado lunes buscaba proyectar una imagen de determinación estratégica en un contexto internacional marcado por la inestabilidad.

La idea principal era clara: el sistema internacional está entrando en una etapa de creciente rivalidad geopolítica y el orden basado en normas atraviesa un momento de presión. En esta lectura, hechos como la invasión rusa de Ucrania, la escalada en Oriente Medio y la intensificación de la competencia entre grandes potencias serían señales del deterioro del orden internacional.

Sin embargo, aunque este diagnóstico es acertado, resulta incompleto. El desafío no se limita a que ese orden esté siendo erosionado por actores externos; en la actualidad, incluso algunos de sus propios aliados están contribuyendo a debilitarlo

El presidente del Consejo Europeo, António Costa, ha contradicho este martes a la jefa del Ejecutivo comunitario, Ursula Von der Leyen, en su visión sobre el fin del orden mundial basado en reglas. “Este mundo multipolar requiere soluciones multilaterales. No esferas de influencia donde la política de poder reemplaza al derecho internacional”, ha manifestado en un discurso en la reunión anual de embajadores europeos en Bruselas.

En esta nueva realidad, ha proseguido Costa, los europeos deben “defender el orden internacional basado en normas”. “Debemos defender los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas, tal como se describen en nuestros Tratados”, ha continuado el presidente del Consejo Europeo.

El portugués también ha discrepado sobre la visión de Von der Leyen sobre la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán el pasado 28 de febrero sin resolución de Naciones Unidas. “No se deben aceptar las violaciones del derecho internacional, ni en Ucrania, Groenlandia, América Latina, África, Gaza ni en Oriente Próximo. No se deben tolerar las violaciones de los derechos humanos, ni en Irán, Sudán ni Afganistán”, ha expresado.

Unos minutos antes, la vicepresidenta de la Comisión Europea Teresa Ribera ha discrepado también de las palabras de Von der Leyen. “Es importante recordar que el respeto al derecho internacional es una premisa básica, no solamente desde el punto de vista moral o de construcción de la paz desde el punto de vista de la seguridad del espacio europeo también”, ha dicho la exministra española en una entrevista con Onda Cero. 

Creo que es muy peligroso entrar en un debate en el que parece cuestionarse el derecho internacional o la necesidad de trabajar al margen del derecho internacional. No creo que esa fuera su intención [de Von der Leyen], pero no me parece acertada la forma en la que se expresó”, ha añadido la también comisaria europea para una Transición Limpia, Justa y Competitiva y encargada de Competencia.

El problema es que esa ambivalencia puede acabar siendo insostenible. La lógica de la política de poder no deja mucho espacio para equilibrios ambiguos. Si Washington actúa cada vez más según intereses nacionales inmediatos, la presión sobre Europa para alinearse será creciente. Y cuanto más dependa Europa del paraguas estadounidense, menor será su capacidad para defender de forma creíble el orden internacional basado en reglas.

En un mundo donde el derecho internacional se debilita y la política de poder vuelve a dominar la escena global, ese poder parlamentario puede parecer discreto. Pero en Bruselas, donde las mayorías son frágiles y los equilibrios delicados, puede resultar decisivo.

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