De repente, medio mundo se ha despertado siendo una gran potencia. La invasión de Venezuela ha sacado a relucir a miles de expertos en geopolítica que hablan de esferas de influencia, orden internacional y mano dura como si tuvieran un portaaviones en el garaje. El problema es que no lo tienen. Y tampoco forman parte de quienes toman las decisiones.

Esa fantasía (la de creerse parte del imperio por el simple hecho de repetir su discurso) es una forma muy concreta de autoengaño político. No consiste en ignorar la realidad, sino en colocarse mentalmente en un lugar que no se ocupa. Aplaudir una invasión permite a quien no tiene poder sentirse, aunque sea por un instante, del lado de quien lo ejerce. Es una identificación simbólica: se adopta el punto de vista del que manda para no asumir el del que podría ser mandado. Así, la violencia se justifica con facilidad, porque siempre se imagina lejana, dirigida contra otros, ejecutada en nombre de un orden del que se cree formar parte. Pensar como imperio desde la periferia no es realismo geopolítico; es negarse a aceptar la propia posición en la jerarquía del poder.

También ayuda a ese autoengaño una forma muy concreta de consumir la guerra: como si fuera un espectáculo o un juego. Para muchos, la política internacional se parece cada vez más a una pantalla de Call of Duty: mapas claros, bandos definidos, objetivos rápidos y la sensación de que todo se resuelve apretando el botón correcto. El problema es que fuera del juego no hay reinicio de partida, ni marcador final, ni espectadores completamente a salvo.

Porque las esferas de influencia no son una teoría elegante de relaciones internacionales. Son, en la práctica, una forma brutal de decir que hay países que mandan y países que obedecen. Que algunos tienen derecho a invadir, sancionar, castigar o derrocar gobiernos, y otros solo a soportarlo. Cuando Estados Unidos invade Venezuela no está “restableciendo el orden”: está recordando quién tiene la fuerza y quién deberá pagar las consecuencias.

El discurso que acompaña estas operaciones suele ser siempre el mismo: estabilidad, democracia, seguridad. Palabras grandes para ocultar una realidad mucho más simple y mucho más vieja: el poder impone y el débil acata. El problema es que ese lenguaje ha calado hondo, incluso entre quienes nunca estarán del lado de quienes imponen. Se ha normalizado tanto que ya no sorprende ver a ciudadanos de países periféricos defendiendo invasiones como si fueran inevitables o incluso necesarias.

Aquí conviene detenerse. El antiimperialismo no es una postura romántica ni un capricho ideológico. Es, ante todo, una posición realista. Porque en un mundo gobernado por imperios, la mayoría nunca gana. Las reglas basadas en la fuerza siempre terminan volviéndose contra quienes no la tienen. Hoy es Venezuela. Ayer fueron Irak, Libia o Afganistán. Antes, Siria, Serbia, Panamá, Vietnam o Armenia. Mañana será otro país, con otra excusa, pero con el mismo resultado: destrucción, caos y dependencia. La geografía cambia; el patrón no.

Defender la soberanía de Venezuela no implica idealizar a su gobierno ni negar sus problemas. Significa algo mucho más básico: afirmar que ningún país tiene derecho a invadir a otro para imponer su voluntad. Significa entender que la autodeterminación no es negociable y que el derecho internacional —con todas sus limitaciones— existe precisamente para frenar a los fuertes, no para disciplinar a los débiles.

El imperialismo siempre necesita cómplices, aunque sean simbólicos. Necesita aplausos, comprensión y silencio. Necesita que otros interioricen su lógica y la repitan como si fuera sentido común. Por eso resulta tan funcional esa mentalidad del “portaviones imaginario”: permite a mucha gente sentirse cerca del poder, aunque en realidad esté completamente fuera de él.

Pero la realidad es tozuda y suele imponerse cuando ya es tarde para las fantasías. No somos una gran potencia, por mucho que repitamos el lenguaje de quienes sí lo son. No decidimos invasiones, ni sanciones, ni bloqueos, ni cambios de régimen. No estamos en esas mesas ni cuando se reparten responsabilidades ni cuando se reparten beneficios. Nuestro papel, cuando el mundo se organiza según la ley del más fuerte, no es el de socio ni el de aliado: es el de espectador vulnerable.

Celebrar ese tipo de orden no es pragmatismo ni realismo. Es confundir la admiración por la fuerza con la seguridad. Es asumir que la violencia siempre afectará a otros, que las sanciones caerán lejos y que la inestabilidad nunca cruzará fronteras. Es olvidar que las reglas, incluso imperfectas, existen precisamente para proteger a quienes no pueden imponer su voluntad por la fuerza. Cuando esas reglas se rompen, los primeros en quedar expuestos son siempre los mismos.

La miopía política aparece cuando se piensa el mundo desde el deseo y no desde la posición real. Cuando se cree que repetir el discurso del centro acerca a él, en lugar de evidenciar la distancia. En un sistema dominado por imperios no hay neutralidad cómoda ni refugio simbólico: o se defiende un mínimo de derecho común, o se acepta vivir en un mundo donde la fuerza decide y la periferia paga.

La invasión de Venezuela debería servir para desmontar esa ilusión peligrosa. Para recordar que el antiimperialismo no es estar “contra Occidente” ni “a favor de tal o cual gobierno”, sino a favor de algo mucho más simple: un mundo en el que los países no sean aplastados por no encajar en los intereses de una potencia. Un mundo donde no haga falta tener un portaviones para tener derechos.

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