Las calles de Estados Unidos han vuelto a llenarse en ciudades como Los Ángeles, Nueva York y Minneapolis tras la muerte de dos ciudadanos en menos de 20 días a manos de los agentes migratorios. El pulso que se siente en estas protestas es la reacción a un clima más profundo de temor migratorio que ha calado en barrios, es el miedo a que una redada inesperada se lleve a un padre, a una madre o a un vecino. En las últimas semanas estas movilizaciones han cobrado fuerza con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en el centro de las críticas. Sin duda, si hay una que ha triunfado por encima de las demás es la que tuvo lugar el pasado viernes en Minneapolis, donde entre 50.000 y 100.000 personas tomaron las calles de la ciudad, mientras que centenares de negocios cerraron sus puertas como señal de protesta.  Pero ¿qué está haciendo realmente el ICE y por qué ahora?

El 7 de enero, Renee Good, de 37 años y madre de tres hijos, murió tiroteada durante una redada migratoria cuando intentaba abandonar la zona en su vehículo en un episodio que las autoridades han justificado como defensa propia, aunque tras la difusión de vídeos -así como los resultados de la autopsia- dichas justificaciones son más que cuestionables. Diecisiete días después, el 24 de enero, la violencia volvió a sacudir Minneapolis.

Alex Pretti, enfermero de la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital del Departamento de Asuntos de Veteranos, participaba en una protesta cuando se interpuso entre agentes federales y una mujer. Según testigos y grabaciones, Pretti no portaba ningún arma y utilizaba su teléfono móvil para documentar la intervención. Un grupo de seis agentes de la Patrulla Fronteriza lo redujo violentamente y, minutos después, fue abatido a tiros en plena calle.

Ambos casos han derivado en una presión más fuerte hacia cómo están capacitados los agentes del ICE en los operativos antiinmigrantes y se han convertido en símbolos de una ofensiva migratoria federal que ya no afecta solo a personas sin papeles. Al parecer, el objetivo del presidente estadounidense en el país es dejar claro que ni siquiera la ciudadanía estadounidense queda al margen de la violencia institucional que se respira en el país.  

Más detenciones, más muertes y más miedo

Las muertes de Good y Pretti no se tratan, precisamente, de casos aislados. Desde que Donald Trump asumió la presidencia en enero de 2025, los migrantes retenidos han aumentado en un 260%. En Estados Unidos hay actualmente más de 70.000 personas encerradas en centros de detención migratoria, muchas de ellas detenidas en redadas que pillan a los afectados por sorpresa. Solo en 2025 se registraron 32 muertes bajo custodia, una cifra que ya suma seis más en los primeros días de 2026. Entre ellas está la de Geraldo Lunas Campos, ciudadano cubano de 55 años que figuraba en la lista de “lo peor de lo peor”, fallecido por asfixia causada por compresión del cuello y el torso -de acuerdo con el informe forense oficial- en un centro de detención de Texas.

A estos datos se suma la detención del menor Liam Conejo Ramos y de al menos otros cuatro niños en el estado de Minnesota, un hecho que ha intensificado las críticas sobre los límites -o la ausencia de ellos- en las operaciones migratorias, pues nadie está a salvo, ni siquiera los niños.

Como resultado, en el país son miles de familias las que evitan salir de casa, e incluso personas que dejan de acudir a sus puestos de trabajo o citas médicas por temor a encontrarse con alguno de estos agentes federales.

Qué es el ICE y cómo opera

Desde su regreso al poder, Donald Trump ha reiterado su objetivo de llevar a cabo la mayor deportación de personas en situación irregular de la historia de Estados Unidos. Para ello, su administración ha impulsado una intensa campaña de reclutamiento destinada a aumentar de forma drástica el número de agentes del ICE.

El ICE es la principal agencia encargada de hacer cumplir las leyes de inmigración en Estados Unidos. Fue creada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, junto con el actual Departamento de Seguridad Nacional, a partir de la fusión de funciones del antiguo Servicio de Aduanas y del Servicio de Inmigración y Naturalización.

A diferencia de la Patrulla Fronteriza, el trabajo del ICE es interno: sus agentes no vigilan las fronteras, sino que operan dentro del país. Hasta hace poco, ambas divisiones tenían funciones diferenciadas; no obstante, hoy -en la práctica- ejecutan el mismo plan de deportaciones masivas impulsado por la Casa Blanca.

Ese refuerzo de los agentes, sin embargo, ha venido acompañado de tiempos de formación más cortos y perfiles más amplios, una combinación que ha despertado inquietud incluso entre expertos en seguridad. Las muertes recientes han intensificado el debate sobre la capacitación real de los agentes y el contexto en Minneapolis es revelador. Se trata de una de las ciudades con mayor sometimiento a redadas, así como a protestas constantes y enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas del orden.

Una agencia cada vez más cuestionada

La reacción social a los últimos acontecimientos ha ido más allá de la protesta puntual. Las manifestaciones incorporan una demanda clara: deshacerse del ICE, pero no es tan fácil.

El aumento de recursos es innegable. Con la reforma fiscal bautizada por Trump como la “gran y hermosa ley”, el ICE recibió 75.000 millones de dólares adicionales, que se sumaron a los 11.000 millones con los que ya contaba. Más fondos, más agentes y más operaciones, pero también más muertes, más detenciones y más preguntas sin responder.

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