La agudización del cambio climático como consecuencia de las formas de producción inherentes al sistema capitalista, orientado a la maximización de beneficios y la reducción de costes, dibuja un escenario futuro poco optimista. El mercantilismo vuelve a imponerse y la energía y los materiales críticos son el objeto de lucha que está sirviendo de justificación a imperialismos clásicos como el estadounidense. Un escenario terrorífico, sobre todo para las clases trabajadoras.

Pero no definitivo, o al menos no para Alberto Garzón, que propone un abordaje distinto para la crisis ecosocial, sumando las limitaciones biofísicas al análisis económico clásico. Este es trabajo que ha realizado el exministro de Consumo y antiguo líder de Izquierda Unida (IU), ahora investigador en el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental de la Universidad Autónoma de Barcelona, en su nuevo libro La guerra por la energía. Poder, imperios y crisis ecológica, sobre el que ha conversado con ElPlural.com.

Pregunta (P): El imperialismo estadounidense en búsqueda de materias primas no es nuevo, pero ¿puede ser que Donald Trump, al desprenderse de la careta, encarne perfectamente la figura que quieres representar en el libro?

Respuesta (R): Trump es la encarnación de una realidad estructural. Muchas veces tendemos a pensar que lo que sucede con EEUU es derivado de la psicología particular de sus líderes y, aunque eso sea parte de la realidad, hay problemas más estructurales. Tiene que ver con que han sido el poder hegemónico desde la II Guerra Mundial, si no antes, e impusieron unas reglas internacionales económicas, como el libre comercio, que favorecían a su economía y sus empresas.

Todo hasta que China abrió sus mercados de una manera distinta, preservando el poder del Estado y permitiendo una industrialización que ha terminado por desafiar su hegemonía. En ese momento, EEUU cambia su estrategia y decide volver al mercantilismo con Trump, pero, ya antes, Obama se había enfocado en intentar frenar a China.

Por lo tanto, hay elementos estructurales que nos ayudan a entender las disputas por la división internacional del trabajo y en la economía mundo, que son por los recursos naturales, la energía y los elementos que necesitan las sociedades contemporáneas para reproducirse en el tiempo. Por esta razón Trump quiere Groenlandia, ha habido un acuerdo de paz en el Congo, con minerales de por medio como el Cobalto, o busca dominar el petróleo de Venezuela.

P: ¿Qué implicaciones y efectos crees que está sufriendo la sociedad en su día a día por la crisis ecosocial?

R: Solemos concentrarnos en el cambio climático porque es la forma más popular y el problema más urgente, pero no es el único. Hay pérdida de biodiversidad, contaminación del agua y suelo. Hay una serie de fenómenos con impacto ecológico que están causados por el modelo de producción y consumo y todos ellos afectan a la vida cotidiana de la ciudadanía.

Todo afecta a los ciudadanos, para empezar con un encarecimiento de precios. Estamos asistiendo a las consecuencias de un problema ecológico producido por la forma en la que el ser humano organiza su economía. Los economistas no han pensado en cuestiones de naturaleza o recursos naturales hasta hace poco, conduciendo a políticas que han obviado el impacto económico.

P: ¿Quién está detrás de que no se cambien este tipo de estrategias productivas?

R: La crisis ecológica afecta a todos los seres humanos, pero no por igual. De hecho, hay quien saca provecho. Sabemos que la crisis climática está causada por la combustión de los combustibles fósiles y muchas empresas obtienen grandes ganancias por estos procesos. Evidentemente hay intereses materiales que buscan ralentizar la transición energética porque se benefician del estado actual. Hay política en todo esto.

La lucha por la energía atraviesa a qué quiere ser la Unión Europea (UE), España, cómo vamos a vivir. La UE es profundamente vulnerable porque depende militarmente de EEUU, económicamente de China y energéticamente de Rusia. No somos una región unificada ni autónoma. Dicho de otra manera, esto no es un teme ecologistas, es un tema de todo el mundo.

P: ¿Es esta deriva inherente al capitalismo?

R: Lo inherente al capitalismo es encontrar las fórmulas por las que se maximizan los beneficios y se minimizan los costes. Es obvio que cuando se produjo la globalización neoliberal y las empresas multinacionales occidentales se trasladaban a China lo hacía porque allí la mano de obra era más barata, lo que te permitía consumir productos más baratos en Occidente, pero a costa del sudor y el trabajo en explotación ajeno en otras partes del mundo.

El capitalismo sigue siendo el mismo en muchos otros sentidos. Actualmente te encuentras petroleras estadounidenses que, queriendo hacerse cargo de las inmensas reservas que hay en Venezuela, han recurrido al Estado venezolano, mediante la intimidación y el secuestro de un presidente, sustituyendo un Gobierno chavista por otro. Estos líderes han entendido que vivimos en un mundo de recursos escasos que no tienen intención de compartir y, si hace falta, la fuerza es un recurso válido para ellos.

P: ¿Sería un suicidio para la UE o España asumir posiciones decrecentistas? ¿Se quedarían atrás?

R: Al contrario. Se está disputando el papel de cada uno en la división internacional del trabajo y ahí la Unión Europea tiene que decidir si quiere ser un actor o quiere ser el plato que se van a comer los grandes. Y ahí, para ser un actor, necesita autonomía energética, autonomía económica y autonomía militar. ¿Y cómo se hace eso? Pues, evidentemente, con la política industrial y transición ecológica. Es lo que te permite disponer de herramientas para no depender de terceros. Si haces una transición ecológica lo más rápida posible, con buenas inversiones, vas a poder garantizar que eres autónomo energéticamente y no vas a tener que comprarle el gas natural a Putin. Si tú tienes industria propia no dependes tampoco de lo que te importe China.

Por lo tanto, todos los caminos conducen a la conclusión de que la Unión Europea, si quiere seguir existiendo como actor político en la división internacional del trabajo, primero tiene que ser autónoma, tiene que conseguir una unidad política y tiene que hablar de tú a tú con otras partes del sur global.

Es imposible superar la crisis ecosocial dentro del capitalismo

P: Y la tercera pata que me has comentado a nivel de autonomía, la autonomía militar, estamos hablando de una salida de la OTAN para no depender de Estados Unidos, ¿cuál es el futuro de la Alianza?

R: La salida de la OTAN es parte, pero muy probablemente asistamos tarde o temprano a que es Estados Unidos el que se va de la OTAN. Es decir, que no parece que eso sea la prioridad en la medida en la que la prioridad es la autonomía con un ejército propio de los países europeos. Y eso son palabras mayores, porque eso no es solo el gasto militar del mantenimiento de los soldados, eso es la inversión en política industrial suficiente para poder construir determinado material que ahora mismo le estás comprando a Estados Unidos o a Israel.

P: En el libro haces alusión a la recuperación de ciertas tradiciones socialistas que combatan esta tesitura. ¿A qué tradiciones socialistas te refieres?

R: Uno de los objetivos que siempre me marqué cuando fui dirigente político es cómo podemos actualizar el pensamiento de la izquierda clásica, que siempre ha teorizado el mundo y ha intervenido en él a través de una cosmovisión donde parecía que el único conflicto era el capital-trabajo. Esto nos lleva a tener que actualizar el pensamiento de la izquierda y tener que incorporar la dimensión ecológica. No como un punto más adicional que le ponemos al final para poder mencionarlo, sino como un elemento integral. Necesitamos que la izquierda no solamente se preocupe porque la gente tenga trabajo y salario, sino que además entienda que esa sociedad donde la gente tenga salarios, tenga vivienda, tenga educación, tenga sanidad sea compatible con los límites del planeta.

P: Pero muchas de las soluciones que está poniendo encima de la mesa la socialdemocracia en materia de transición ecológica recaen sobre la clase trabajadora. ¿Es eso justo?

R: Hay muchas fórmulas en las que se puede entender la transición energética sin justicia social. Lo que para mí es un error y además no funcionará. Es obvio que nosotros necesitamos desarrollar una transición energética que entienda que va a haber costes. Y lo que quiero decir es que si tienes que dejar de depender de los combustibles fósiles, las industrias de combustibles fósiles van a desaparecer. Tú tienes que compensar, no me refiero a los propietarios, pero me refiero a los trabajadores que trabajan en el carbón, en el gas natural, en el petróleo e industrias accesorias, como la petroquímica

Al mismo tiempo que tú desarrollas las energías renovables y vas a generar puestos de trabajo ahí, tienes que saber que necesitas minería. Entonces, eso va a colisionar, por ejemplo, con determinados territorios que pueden oponerse y determinadas circunstancias que tienes que gestionar, pero son costes que vas a tener que ir asumiendo como pago por poder realizar la transición energética.

Hay costes y beneficios. La cuestión es cómo gestionas esos costes. Evidentemente, si no los gestionas, te encuentras con las hipocresías descritas. Y es el discurso oficialista que te dice que tienes que usar pajita de cartón, pero tienes al que te lo está anunciando, a la vez, viajando en un avión privado todos los días. Evidentemente, eso no hay por dónde cogerlo.

P: ¿Consideras necesario cambiar el orden a las estructuras de poder? O, dicho de otra manera, ¿es posible superar esta crisis ecosocial dentro del capitalismo?

R: Yo creo que no. De hecho, creo que al final lo que tenemos que entender es que el capitalismo funciona regido por la maximización de ganancia y que no entiende de ninguna otra lógica. Es una fuerza inconsciente. Es una fuerza en la que el dinero se va donde más se rentabilice, donde más se pueda valorizar. Entonces, eso no entiende de ecología, no entiende de límites, no entiende de física, no entiende de nada de todo eso. Es simplemente una lógica muy sencilla y muy destructiva. Nosotros tenemos que cambiar esa fuerza inconsciente por una fuerza consciente.

Es decir, que quien decida qué consumimos, cómo distribuimos, cómo consumimos, no sea esa fuerza inconsciente, sino una fuerza consciente. Una comunidad democrática que decida invertir la lógica y que el capital ya no vaya donde más gana porque ya no es el capitalismo, sino una directriz gestionada por el Estado, democrática, en la que tú decides cómo hacer, acelerar la transición energética y otras muchas dimensiones. De por sí parece muy abstracto, pero es muy sencillo. La lógica que tenemos en sanidad y en educación, que son espacios desmercantilizados, puede operar también en el sector energético y en el sector de la vivienda, por ejemplo.

Hay una parte popular que cae en la trampa de la guerra del de abajo contra el de más abajo

P: Entonces, las democracias liberales y los partidos socioliberales, como el PSOE, o más socialdemócratas, como Podemos, Sumar o Izquierda Unida, tanto como tablero que regula ahora las relaciones políticas, en el primer caso, como actores de este juego, si lo podemos llamar así, ¿están siendo parte del problema? ¿Pueden ser parte de la solución? ¿Hacia dónde es necesario caminar?

R: Yo creo que, como todo en la vida, está sujeto a muchas contradicciones. Somos parte del sistema, todos los que formamos parte en algún momento de la política, pero también como ciudadanos. Al fin y al cabo, para que nosotros tengamos unos salarios reales relativamente altos, en comparación con otras partes del mundo, es porque los precios de los bienes que consumimos son baratos. Entonces, todos formamos parte del sistema en ese sentido. Pero, al mismo tiempo, somos instrumentos, tenemos agencia para cambiar la sociedad, para decidir que podemos organizarlo de una forma diferente la producción y el consumo. Y es ahí donde yo pongo mis expectativas y mis esperanzas.

Creo que, tanto los partidos políticos, movimientos sociales, como cada uno de nosotros individualmente, puede formar parte de esa solución poniendo sus energías y su fuerza en un proyecto que yo llamo ecosocialismo, pero no me voy a pelear por los nombres. Lo importante es que se entienda que es una economía que viva dentro de los límites del planeta y que satisfaga a toda la sociedad con un mínimo claro que le permita vivir dignamente. Igual que sanidad en educación, en vivienda, en alimentación, etc.

P: Es también importante la manera en la que se llega a superar el capitalismo. ¿Sería una transición hacia el ecosocialismo a través de las propias democracias liberales? ¿A través de una ruptura con los parámetros capitalistas de las democracias liberales?

R: Bueno, el problema que tenemos es que las democracias liberales están desapareciendo. Y están desapareciendo por el desgaste que les produce el virus de la extrema derecha. Lo vemos en Estados Unidos. Está pasando en cada sitio donde la extrema derecha llega al gobierno porque la democracia les sobra para conseguir sus objetivos. Por lo tanto, yo creo que sí que necesitamos defender la democracia, entendida como democracia representativa, le podemos apellidar liberal, porque debe ser un instrumento con el que nosotros podamos construir ese ecosocialismo. Yo no concibo, en mi opinión, soluciones de naturaleza ecoautoritaria, ecofascistas o eco de otro tipo que sean autoritaria.

Creo que tenemos que llevar con nosotros a la mayoría de la población, que es la que se va a ver beneficiada de la reducción de jornada de trabajo, de más tiempo de ocio, de una vida que no esté invertida en producir más y más y más para producir más y más. Sino una vida en la que las novedades, innovaciones tecnológicas, sean incorporadas en un modelo en el que te permite producir lo mismo trabajando menos tiempo. Es invertir completamente la lógica. Y a eso le llamo yo ecosocialismo.

P: ¿Cómo consideras que lo está enfrentando la izquierda española, ese ascenso ultraderechista, con tesis bastante sencillas, pero que calan en la sociedad?

R: Creo que vivimos en un tiempo de mucha frustración social, de mucha ansiedad, ecoansiedad también, en el que la gente no tiene una brújula, no tiene un horizonte ilusionante, no tiene un horizonte tranquilizador. Y eso se ha aprovechado por la extrema derecha para prometer que el estado actual va a revertirse y van a volver a tener, y tiran de nostalgia, idealizada por supuesto, estabilidad y unas situaciones de privilegio que creen que tuvieron en algún tiempo. Y ese discurso nacionalista de extrema derecha cala entre la gente que, bueno, a pesar de que suba el PIB y que los indicadores macroeconómicos sean buenos, ellos no ven en aspectos centrales de su vida una mejora, como es por ejemplo el caso de la vivienda.

Entonces creo que la responsabilidad de frenar a la extrema derecha es de la izquierda, que tiene que hacer sus deberes, y esos deberes en particular tienen que ver con políticas como la de la vivienda, que le afecten a la vida a día cotidiana. Si tú eres un trabajador de izquierdas que ves bien la subida del salario mínimo interprofesional, ves bien las políticas que se hacen desde el gobierno, pero te sigue ocupando el 60% de tu salario pagar el alquiler, si tienes un gobierno de izquierdas que no hace nada para remediar eso, es muy probable que tú te vayas a la abstención. No vas a votar a la extrema derecha porque eres un tipo de izquierdas, pero vas a irte a la abstención.

Y España no se ha vuelto de derechas. En España lo que ocurre es que la gente de izquierdas está desafecta. Está retirándose porque ve que hay cosas que no se solucionan. Y no creo que el miedo a la extrema derecha sea suficiente para recuperar a esa gente. Lo que hace falta es más audacia.

P: Y esta falta de ilusión evidente, mientras empiezan a crecer también alternativas que se reivindican nuevamente como comunistas o socialistas, que en España hacía tiempo que no se veía, ¿puede que esté respondiendo a la fragmentación que se ve en este espacio socialdemócrata que ocupan Sumar, Izquierda Unida, Podemos? ¿Qué cree que está pasando en este espacio del que usted formaba parte hasta hace nada?

R: Pues creo que es el resultado de la derrota de las expectativas. En el año 2016 estábamos todos unidos porque había una expectativa que era gobernar este país siendo la fuerza prioritaria de la izquierda. Cuando no lo conseguimos, vinieron las miserias, por decirlo así, y empezaron la derrota. La división suele ser consecuencia de la derrota, no al revés. Y esa situación de falta de unidad es un regalo a la derecha y a la extrema derecha. Creo que la unidad es una condición necesaria, no suficiente, pero es necesaria para conseguir que en aquellos lugares donde la ley electoral penaliza la división, fortalecer tu defensa frente a la extrema derecha que está en auge.

Yo espero como ciudadano que haya una unificación de una sola candidatura de izquierdas que le ponga las cosas más difíciles a la extrema derecha. En Extremadura hubo unidad, pero no funcionó porque sigue gobernando la extrema derecha y la derecha. La unidad es necesaria, pero no es suficiente, hacen falta más cosas. Pero cuando no hay unidad la derrota es asegurada, como va a pasar en Aragón o previsiblemente también en Andalucía.

Hay que llegar a la calse trabajadora sin aires de superioridad ni pontificando

P: ¿Son estas expectativas y la posterior decepción lo que ahora hace que la población sea reticente con este espacio a la izquierda del PSOE y acuda al final a formaciones más clásicas?

R: Bueno, hay un poco de todo, nunca hay un único factor. Lo que sí es verdad es que hubo un momento de auge del discurso social entre 2011 y 2017, donde la temática de la agenda política era vivienda, salarios, empleo... Eso favorecía a la izquierda, que tiene siempre una propuesta más atractiva que la derecha para las clases populares. Desde el 2017, la agenda fue marcada principalmente por el tema nacional, el tema de la confrontación entre Cataluña, España, etc. Y eso siempre hace mucho más incómodo el territorio para la izquierda.

Si a eso le sumas que el establishment ha intervenido con una policía patriótica, ha espiado a dirigentes, ha fomentado medios de ultraderecha para difundir bulos, ha utilizado estrategias para destruir a la izquierda y le sumas también los errores propios de la propia izquierda, tienes un cóctel que explica bastante bien por qué al final la gente ha ido renunciando. En la política no vale con tener razón, hay que usar bien los instrumentos que tienes y a veces la historia te pone por delante situaciones que te cambian la agenda política por completo.

P: ¿Y consideras que una vez superado este plano, la clase obrera actualmente se siente el llamado, se siente identificada, se siente apelada por estas formaciones izquierdas que hay ahora mismo?

R: La clase trabajadora nunca ha votado a las formaciones radicales de izquierdas, nunca. Desde que tenemos datos verosímiles, la clase trabajadora es conservadora. La clase trabajadora ha votado al PSOE y otros partidos socialdemócratas porque defendían los intereses de la clase trabajadora, pero no se metían en ideologías. La clase trabajadora suele ser conservadora porque suele tener además niveles educativos más bajos que lo que suele tener la clase profesional (profesores, artistas, médicos, etc.). Las clases medias ilustradas son las que nutren las bases de los partidos radicales de izquierdas desde la Segunda Guerra Mundial. Y eso pasaba con Izquierda Unida, pasa con Podemos, pasa con Comunes, pero pasa con la France Insoumise, pasa con todos.

Entonces, ¿qué ocurre? Pues que la izquierda tiene un problema de diálogo. Hablamos en nombre de la clase trabajadora, pero la clase trabajadora es mucho más conservadora que nosotros. Entonces, ahí hay que ver cómo eres capaz de llegar a la clase trabajadora y que te entienda en el sentido en el que tú, que eres clase trabajadora, pero tienes otra visión, tienes que hablar con los tuyos. Pero no desde aires de superioridad ni pontificando. Cuando no haces esos deberes das más posibilidades a que, cuando vienen mal dadas, hay una parte popular que cae en la trampa de la guerra del de abajo contra el de más abajo.

P: ¿Faltan perfiles obreristas en la izquierda?

R: Hay parte de razón en que los nuevos movimientos de izquierda son muy radicales y, precisamente por eso, están liderados por gente con estudios universitarios. Pero, por ejemplo en IU, hay líderes anteriores sin estudios superiores como Cayo Lara y Gerardo Iglesias y eso no hacía que de repente te votase la clase trabajadora. Es más complejo que eso.

P: ¿Descartas la vuelta a la primera línea política en algún momento?

R: Lo descarto absolutamente. Di muchos años de mi vida, mi energía y mi tiempo, que creo que lo hice bien y contribuí humildemente. Ahora trabajo en otra trinchera. Misma batalla ideológica, pero otra trinchera.

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