La imagen es difícil de explicar, pero muy fácil de entender. Hospitales saturados, urgencias desbordadas y pacientes esperando horas —a veces días— en una camilla porque no hay camas disponibles. Esa es hoy la realidad de la sanidad andaluza. Y, sin embargo, la respuesta del Gobierno andaluz vuelve a ser la misma promesa de hace cuatro años: wifi gratis en los hospitales.

Sí, la misma. No es nueva. En 2022, en plena campaña electoral, Moreno Bonilla anunció exactamente eso: conexión gratuita para pacientes. Han pasado cuatro años y no se ha hecho. Y ahora, a las puertas de un nuevo ciclo electoral, vuelve el mismo anuncio. Sin autocrítica. Sin balance. Sin resultados.

Mientras tanto, Andalucía encabeza las listas de espera más altas de España. Más de 200.000 personas aguardan una intervención quirúrgica. Más de 850.000 esperan una consulta con el especialista. En varias provincias, la demora media para operarse supera los 160 días. Son cifras oficiales. No son percepciones. No son exageraciones. Son pacientes.

Pacientes que esperan. Pacientes que empeoran. Pacientes que ven cómo su vida se detiene. Porque detrás de cada número hay historias concretas. Como la de una mujer de 47 años, vecina de Estepona, que ha tenido que esperar un año para una operación de riñón en el Hospital Costa del Sol. Un año. No es un caso aislado. Es el reflejo de un sistema que no llega.

Hemos conocido también retrasos en biopsias de páncreas con sospecha de tumor. Jóvenes con tumores cerebrales esperando meses para ser intervenidos. Pacientes con patologías graves atrapados en una burocracia que habla de “priorización” mientras la enfermedad avanza. Y en enfermedades como el cáncer, un infarto o un ictus, el tiempo no es un detalle. Es la diferencia entre vivir o no. Entre recuperarse o arrastrar secuelas.

Un sistema sanitario ágil salva vidas. Un sistema tensionado las pone en riesgo. Andalucía, hoy, está más cerca de lo segundo. Los datos lo confirman. La comunidad cuenta con 3,1 sanitarios por cada 1.000 habitantes, frente a los 3,7 de la media nacional. En hospitales, hay 1,73 médicos por cada 1.000 habitantes, cuando la media española es de 2,23. En enfermería, la cifra ronda los cuatro profesionales por cada 1.000 habitantes, también por debajo del promedio estatal.

Los sindicatos lo resumen de forma clara: faltarían más de 18.000 profesionales para equipararse a la media nacional. Ese es el problema real. No es el wifi. No es la tecnología. No es la conectividad. Es la falta de personal. Es la falta de recursos. Es la falta de planificación.

Mientras tanto, el Gobierno de Moreno Bonilla ha destinado más de 4.600 millones de euros a la sanidad privada desde que llegó al poder. Y eso tiene consecuencias. Una de ellas es la derivación de pacientes fuera del sistema público.

En los últimos días hemos conocido la denuncia de derivaciones desde el Hospital de Huércal-Overa a clínicas privadas de Murcia. Pacientes andaluces operados fuera de Andalucía porque su hospital no puede asumir la demanda. Especialidades como Traumatología u Oftalmología están siendo externalizadas. Y mientras tanto, el hospital público de referencia funciona con plantillas insuficientes y listas de espera desbordadas. No es una solución. Es un parche.

Otro ejemplo: Antequera. Más de 35.000 habitantes y días sin pediatras. Sin atención infantil. En Guadix, en Granada, citas canceladas sin previo aviso por falta de sanitarios. Y en los hospitales, escenas que se repiten: pacientes en camillas esperando una cama que no llega. Horas. Noches enteras. A veces más. Esto no es una anécdota. Es el síntoma de un sistema al límite.

A esa situación se suma la falta de ejecución presupuestaria. En 2025, había 724 millones de euros previstos para infraestructuras sanitarias. El 65% no se gastó. Más de 470 millones sin ejecutar. Sin embargo, el presupuesto destinado a conciertos con la sanidad privada sí se ejecutó al completo. Otra vez, la prioridad.

También hemos conocido decisiones difíciles de entender, como el rechazo en 2023 a un plan de radiólogos del Hospital Virgen del Rocío para reducir las demoras en mamografías. Y precisamente ahí aparece otro de los grandes problemas sanitarios recientes: el de los cribados de cáncer de mama.

Miles de mujeres afectadas. Retrasos. Fallos. Incertidumbre. Y, cinco meses después, sin una explicación clara y convincente por parte del Gobierno de Moreno Bonilla. Esto no solo afecta a la salud. Afecta a la confianza. Porque cuando un sistema sanitario falla en algo tan sensible como la detección precoz del cáncer, la duda se instala. Y recuperar esa confianza no es fácil.

Los datos de salud pública tampoco ayudan a tranquilizar. Según el Instituto Nacional de Estadística, Andalucía registra 871,1 muertes por cada 100.000 habitantes, un 11,6% por encima de la media nacional. La esperanza de vida ronda los 82 años, aproximadamente un año menos que la media española.

Además, la comunidad supera la media estatal en cinco de las seis principales causas de muerte: cáncer, infarto, ictus, insuficiencia cardíaca y suicidio. En patologías como el infarto o el ictus, cada minuto cuenta. Si el sistema tarda en detectar o intervenir, el pronóstico empeora. No es una opinión. Es un hecho.

Y en ese contexto, el anuncio estrella vuelve a ser el wifi en los hospitales. Una medida que puede ser útil, sí. Que puede hacer más llevadera la estancia, también. Pero que no responde al problema de fondo.

Porque cuando una persona entra en un hospital, no quiere conexión a internet. Quiere atención médica. Quiere un diagnóstico rápido. Quiere un tratamiento eficaz. Quiere curarse. Esa debería ser la prioridad. Sin embargo, todo apunta a que no lo es.

La repetición de promesas incumplidas, como la del wifi desde 2022, evidencia un modelo basado en el titular. En el anuncio. En la puesta en escena. Pero la sanidad no se gestiona con titulares. Se gestiona con recursos. Con planificación. Con profesionales.

Los andaluces no piden wifi. Piden una sanidad pública que funcione. Que no les haga esperar meses. Que no les obligue a desplazarse a otra comunidad. Que no les deje en una camilla durante horas. Que no les falle cuando más lo necesitan. Porque al final todo se reduce a una idea muy simple. La prioridad no es estar conectados. La prioridad es vivir.

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