El mundo avanza hacia el Apocalipsis no por un solo error, sino por la suma de muchos. El Reloj del Juicio Final ha vuelto a moverse y marca en 2026 apenas 85 segundos para la medianoche, la distancia simbólica más corta jamás registrada entre la humanidad y su autodestrucción. El diagnóstico de los científicos es demoledor: la reactivación de la carrera armamentística nuclear, el descontrol de tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial y el auge de regímenes autocráticos están creando un escenario global cada vez más inestable, en el que la cooperación internacional se debilita justo cuando más necesaria resulta.

El nuevo ajuste del reloj, anunciado por el Boletín de los Científicos Atómicos, no responde a un acontecimiento aislado, sino a una acumulación de riesgos que se retroalimentan. A las amenazas tradicionales, como el armamento nuclear o la crisis climática, se suman ahora factores emergentes que amplifican el peligro: sistemas de inteligencia artificial sin regulación clara, tensiones geopolíticas crecientes y una erosión acelerada de las normas democráticas en numerosos países.

Desde la Junta de Ciencia y Seguridad del Boletín, el mensaje es inequívoco. “Los riesgos catastróficos están en aumento, la cooperación está en declive y se nos acaba el tiempo”, advirtió su presidenta, Alexandra Bell, al presentar el nuevo escenario. Para los expertos, el problema no es solo la existencia de estas amenazas, sino la incapacidad —o falta de voluntad política— para afrontarlas de manera coordinada.

Un mundo más armado y menos cooperativo

Uno de los factores clave que empuja las manecillas del reloj hacia la medianoche es el deterioro del marco internacional de control de armas nucleares. Tras décadas de tratados y acuerdos destinados a limitar los arsenales, el mundo asiste ahora a una nueva fase de rearme, marcada por la modernización de cabezas nucleares, el debilitamiento de los mecanismos de verificación y una creciente retórica belicista entre potencias rivales.

Este contexto se ve agravado por conflictos abiertos y latentes que elevan el riesgo de errores de cálculo. Para los científicos, el peligro ya no reside únicamente en un enfrentamiento deliberado, sino en la posibilidad de una escalada accidental en un sistema internacional cada vez más tensionado y menos predecible.

A ello se suma el impacto de la crisis climática, que actúa como multiplicador de amenazas. Fenómenos extremos, escasez de recursos y desplazamientos masivos de población generan inestabilidad política y social, creando un caldo de cultivo perfecto para conflictos y autoritarismos.

Pero si hay un elemento que marca una diferencia cualitativa respecto a décadas anteriores es el papel de las nuevas tecnologías. La inteligencia artificial, en particular, aparece en el informe como un factor de riesgo creciente. Su uso en ámbitos militares, en sistemas de decisión automatizados o en la gestión de información sensible plantea interrogantes éticos y de seguridad para los que aún no existen respuestas globales.

Daniel Holz, presidente de la Junta de Ciencia y Seguridad, alertó de que estas “peligrosas tendencias” se ven acompañadas de otro fenómeno igualmente alarmante: “el auge de las autocracias nacionalistas en países de todo el mundo”. Según Holz, los grandes desafíos actuales requieren niveles inéditos de confianza y cooperación internacional, algo incompatible con un mundo fragmentado en bloques enfrentados. “Un planeta dividido en un ‘nosotros contra ellos’ deja a toda la humanidad en una situación de mayor vulnerabilidad”, advirtió.

El Armagedón informativo

Más allá de las amenazas materiales, el informe pone el foco en una crisis menos visible pero igualmente decisiva: la degradación del espacio informativo global. Maria Ressa, Premio Nobel de la Paz y una de las voces más críticas con el actual ecosistema digital, describió la situación como un “Armagedón informativo” que socava las bases mismas de la democracia y la cooperación internacional.

“Sin hechos, no hay verdad. Sin verdad, no hay confianza”, afirmó. Y sin confianza, añadió, resulta imposible articular la colaboración radical que exige un momento histórico marcado por riesgos existenciales. Las plataformas digitales, impulsadas por modelos de negocio extractivos, favorecen la difusión de mentiras y discursos polarizantes a una velocidad superior a la de los hechos contrastados, profundizando la división social y política.

Este deterioro de la realidad compartida tiene consecuencias directas. “No podemos resolver problemas cuya existencia no acordamos. No podemos cooperar transfronterizamente cuando ni siquiera compartimos los mismos hechos”, subrayó Ressa. En ese contexto, amenazas como la nuclear, el colapso climático o los riesgos de la IA se vuelven aún más difíciles de abordar.

El Reloj del Juicio Final, creado en 1947, no pretende predecir el fin del mundo, sino servir como una advertencia política y moral. Cada segundo que se acerca a la medianoche es una llamada de atención a los líderes mundiales y a la ciudadanía. El último cambio, en enero de 2025, ya había situado el reloj en 89 segundos, pero el nuevo ajuste confirma que la tendencia es claramente descendente.

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