No hay calma en el mercado desde que se inició la guerra en Irán tras los primeros bombardeos que impulsaron Estados Unidos e Israel sobre este país de Oriente Próximo. Aunque Europa dispone de cierta independencia en lo relativo al petróleo y gas producido en el Golfo Pérsico, no se está viendo exenta de los enormes condicionantes que están suponiendo para los precios el cierre del Estrecho de Ormuz, los ataques a buques de carga y los misiles que se están lanzando tanto sobre refinerías como yacimientos de gas en este fuego cruzado.
El conflicto bélico no está quedando solo limitado a Estados Unidos, Israel e Irán, sino que está escalando internacionalmente desde su inicio, ante las ofensivas que el régimen de los ayatolás desplegó sobre países como Qatar o Kuwait tras recibir los ataques procedentes de territorio estadounidense e israelí. Los países del Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz constituyen un enclave de especial relevancia para la producción de combustibles, por los yacimientos que allí se encuentran, de ahí que la escalada de conflicto esté derivando en que los precios se estén disparando y que el mercado, aunque se haya acordado liberar reservas de petróleo, no se esté logrando estabilizar.
El barril de petróleo en 113 dólares y el gas en 110
Los mercados energéticos han intensificado su reacción en los últimos días con subidas mucho más acusadas de lo inicialmente previsto. El barril de Brent, el de referencia en Europa, ha superado los 113 dólares tras repuntar más de un 5%, mientras que el West Texas Intermediate (WTI), de referencia en Estados Unidos, se ha situado en torno a los 97 dólares, reflejando también una tendencia claramente alcista.
Este encarecimiento se produce después de semanas de escalada continua. Antes de los últimos ataques, el Brent ya había superado los 104 dólares y el WTI rozaba los 97, muy por encima de los niveles previos al inicio del conflicto, cuando ambos indicadores se situaban en torno a los 70-80 dólares. La subida acumulada en apenas semanas evidencia el fuerte impacto que la guerra está teniendo sobre la oferta global.
En el caso del gas, el incremento está siendo aún más brusco. Los de referencia en Europa han llegado a dispararse más de un 20% en cuestión de días, e incluso superiores al 30% en momentos puntuales, como consecuencia directa de los ataques a infraestructuras clave en Qatar e Irán, así como por la interrupción del tráfico energético en el Golfo Pérsico. La dependencia del gas licuado (GNL) y la menor flexibilidad de este mercado frente al petróleo explican la magnitud de estas subidas.
La volatilidad responde tanto a daños reales en instalaciones como al riesgo geopolítico. El cierre efectivo del Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del suministro mundial de crudo, ha provocado una caída drástica del tráfico marítimo y ha tensionado aún más los precios. A ello se suma el temor a nuevas interrupciones en yacimientos estratégicos como South Pars o en grandes plantas de gas natural licuado.
La AIE libera reservas, pero el mercado no se estabiliza
Pese a la decisión de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) y varios países, entre ellos España, de liberar reservas estratégicas, el impacto en el mercado está siendo limitado. Estas medidas han conseguido amortiguar parcialmente los picos más extremos, pero no han frenado la tendencia alcista.
El problema radica en que la liberación de reservas actúa sobre la oferta a corto plazo, mientras que el mercado está descontando un riesgo prolongado de interrupciones. Los ataques a refinerías, buques y yacimientos están generando una percepción de escasez estructural que las reservas no logran compensar.
El precedente de Ucrania: inflación y crisis energética en Europa
El escenario recuerda al vivido tras la invasión de Ucrania, cuando el gas europeo alcanzó máximos históricos y el petróleo superó ampliamente los 100 dólares. Aquella crisis energética se tradujo en una fuerte inflación en toda Europa, impulsada por el encarecimiento de la electricidad, el transporte y la industria.
La situación actual presenta paralelismos claros. El encarecimiento del diésel en España, con subidas superiores al 30% en pocas semanas, anticipa un posible traslado de estos costes al conjunto de la economía.