Hay ciertos puntos en el planeta que se consideran estratégicos, pero si hay uno que ha pasado a ocupar el centro del tablero geopolítico en las últimas semanas es el Estrecho de Ormuz, uno de los puntos más sensibles del comercio mundial desde hace décadas. A punto de cumplirse dos semanas de la escalada militar en Oriente Próximo tras la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, este estrecho se ha convertido en un auténtico termómetro de la economía global.

Situado entre Irán y Omán, este paso marítimo conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y funciona como una auténtica autopista energética. Cada día atraviesa sus aguas cerca de un 20% del petróleo que se consume en el planeta. Dicho de otra manera, buena parte del suministro energético mundial depende de que ese corredor permanezca abierto.

Hasta el inicio del conflicto, en condiciones normales, alrededor de un centenar de buques petroleros cruzaban diariamente este punto estratégico. La Convención de las Naciones Unidas considera que todos los buques del mundo tienen tránsito libre en la zona. Sin embargo, tras la ofensiva conjunta lanzada el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel contra Irán, la creciente militarización de la zona y las amenazas de Teherán han reducido drásticamente el tránsito. En las últimas 48 horas, Irán ha advertido que podría limitar o incluso cerrar el paso como respuesta a los ataques occidentales, además de subir el precio del barril hasta los 200 dólares, lo que supondría un récord histórico -una posibilidad que inquieta a gobiernos y mercados por igual-.

El impacto económico no se ha hecho esperar. La incertidumbre sobre el flujo de crudo ha provocado movimientos bruscos en los precios internacionales y ha obligado a varios países a recurrir a sus reservas estratégicas. Según ha advertido la Agencia Internacional de la Energía (AIE), la actual crisis podría convertirse en una de las mayores interrupciones del suministro energético de la historia reciente.

La preocupación es especialmente intensa en Asia, la región más dependiente del petróleo procedente del Golfo. Países como China o Corea del Sur han comenzado a tomar medidas para amortiguar el impacto, desde limitar exportaciones energéticas hasta imponer controles sobre el precio de los combustibles.

Otros Estados, con economías más vulnerables, han optado por decisiones todavía más drásticas. Bangladesh ha optado por cerrar temporalmente universidades para reducir el consumo energético, mientras que Pakistán ha puesto en marcha un plan de austeridad que incluye semanas laborales más cortas - de tan solo cuatro días- en la administración pública y vacaciones escolares prolongadas para disminuir la demanda de electricidad.

Un cuello de botella clave para la economía mundial

La importancia del estrecho de Ormuz no radica únicamente en su volumen de tráfico, sino también en su ubicación. Varios de los mayores productores de petróleo del mundo -como Arabia Saudí, Irak, Kuwait o Catar- dependen de este paso para exportar sus recursos.

Cuando el tráfico se ralentiza, como ocurre ahora, el efecto se extiende rápidamente a toda la economía mundial. Menos petróleo disponible implica precios más altos, mayor presión inflacionaria y tensiones en sectores clave como el transporte o la industria.

En paralelo, el estrecho se ha convertido en un escenario cada vez más militarizado. Irán ha desplegado maniobras navales y ha advertido que cualquier buque que atraviese la zona podría necesitar autorización de sus fuerzas. Estados Unidos, por su parte, ha respondido con amenazas de escoltar a los petroleros si la situación empeora.

La posibilidad de que el estrecho llegue a cerrarse por completo sigue siendo, por ahora, un escenario extremo. Pero solo la amenaza de que ocurra basta para sacudir los mercados internacionales. Porque si algo ha quedado claro en estas semanas es que en ese estrecho corredor de agua se juega mucho más que un conflicto regional: se juega, en buena medida, el equilibrio energético del planeta.

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