Ormuz es mucho más que una autopista del petróleo. Por este paso marítimo circulan también combustibles refinados, gases licuados y materias primas esenciales para la industria química y agrícola, de modo que una interrupción prolongada del tráfico tendría un alcance muy superior al de una simple crisis energética. El verdadero impacto de un bloqueo no se mediría solo en el precio del barril, sino en una cadena de suministros global que afecta a alimentos, manufacturas y transporte.

Ese es, precisamente, el cambio de escala que empieza a preocupar a organismos internacionales y a los mercados. La Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo, la UNCTAD, ha advertido esta semana de que las disrupciones en Ormuz elevan los riesgos para la energía, los fertilizantes y las economías más vulnerables. No se trata solo de que suba el crudo: el problema es que un cuello de botella en una de las rutas marítimas más sensibles del mundo termina irradiando presión sobre sectores muy distintos, desde la agricultura hasta la industria pesada.

El primer escalón, por supuesto, sigue siendo el de los combustibles. Porque por Ormuz no pasa únicamente petróleo sin refinar, sino también una parte relevante de los productos derivados. Gasolina, diésel, queroseno o fuelóleo pueden encarecerse con rapidez si el tráfico marítimo se reduce o se vuelve demasiado arriesgado. La Agencia Internacional de la Energía y la Administración de Información Energética de Estados Unidos llevan tiempo señalando que el estrecho es uno de los grandes puntos de estrangulamiento del comercio energético mundial y que existen muy pocas alternativas reales para sustituir ese flujo a gran escala. Reuters informaba este jueves de nuevas subidas del Brent, que llegó a rozar los 100 dólares en plena escalada de ataques y temores a un cierre prolongado.

Mucho más que petróleo: los otros frentes abiertos

Pero el siguiente golpe puede ser todavía más silencioso: el del gas licuado y los gases derivados del petróleo. Una parte crucial del comercio mundial de GNL atraviesa Ormuz, con Qatar como uno de los actores centrales, y la misma ruta resulta clave para el transporte de propano y butano. No son productos menores. El GNL afecta a la generación eléctrica y a la calefacción; el propano y el butano impactan en el consumo doméstico, pero también en procesos industriales y en la petroquímica. Si el estrecho deja de funcionar con normalidad, el problema no se limita a una factura más alta de la luz o del gas: puede trasladarse a cadenas industriales enteras.

Ahí aparece otro frente menos visible para el gran público, pero decisivo para la economía real: los fertilizantes. La UNCTAD ha incluido este producto entre los grandes expuestos a las alteraciones en Ormuz, y no es casualidad. El encarecimiento o la interrupción del suministro de fertilizantes afecta directamente a los costes agrícolas y puede terminar trasladándose al precio de los alimentos. En otras palabras, lo que arranca como una crisis geopolítica en el Golfo puede acabar notándose meses después en el campo y en la cesta de la compra. Para muchos países importadores, especialmente los más frágiles, esa cadena de efectos es incluso más preocupante que la propia sacudida petrolera.

El impacto tampoco termina ahí. El Golfo es una pieza central de la petroquímica mundial y, por tanto, del suministro de materias primas con las que se fabrican plásticos, resinas, fibras sintéticas, detergentes y numerosos productos de uso cotidiano. Cuando se encarecen o se retrasan los flujos de nafta, condensados o gases licuados, la tensión se propaga hacia la industria del envase, la automoción, el textil o la construcción. Es uno de esos efectos que no suelen abrir telediarios, pero que acaban deteriorando costes de producción en una parte muy amplia de la economía. UNCTAD habla, precisamente, de “efectos en cadena” sobre los mercados globales y sobre las perspectivas de comercio y desarrollo.

El cuello de botella que tensiona a media economía

En las últimas horas, además, ha emergido con fuerza otro síntoma de ese efecto dominó: el aluminio. Reuters ha informado de que la interrupción del tráfico por Ormuz ya está alterando los suministros procedentes de grandes productores del Golfo, como Emiratos, Baréin o Qatar. La consecuencia inmediata es una subida de primas y una mayor tensión en mercados como Europa o Estados Unidos, donde este metal resulta clave para el transporte, la construcción o la fabricación de envases. Es una muestra clara de que la crisis no se queda en la energía: golpea también a materiales esenciales para la industria.

Al final, el riesgo de un cierre prolongado de Ormuz no se mide solo en el precio del Brent ni en la reacción nerviosa de los mercados, sino en quién acaba pagando la factura. Como suele ocurrir en las grandes crisis geopolíticas, los costes terminan desplazándose hacia abajo: a los hogares que afrontan una energía más cara, a los agricultores que ven subir sus insumos, a las industrias que trasladan sobrecostes y, sobre todo, a los países más dependientes de las importaciones y con menos margen para amortiguar el golpe. Por eso, lo que está en juego en Ormuz va mucho más allá del petróleo: es también un nuevo recordatorio de hasta qué punto la economía mundial sigue siendo vulnerable a los conflictos y de cómo sus consecuencias castigan primero a quienes menos responsabilidad tienen en ellas.

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