Donald Trump no inventó el “miedo nuclear” iraní. Lo heredó. Durante décadas, Benjamin Netanyahu alertó de una bomba inminente en manos de Teherán, construyendo una narrativa de amenaza existencial que permeó no solo la política de Jerusalén, sino también la agenda de Washington. Sin embargo, ha sido el presidente estadounidense —en su segundo mandato— quien ha transformado esa advertencia estratégica en política exterior oficial, dando un salto desde la retórica a la acción militar directa. La guerra actual entre Israel e Irán no surge de la improvisación, sino de un relato que encontró en la Casa Blanca su amplificador definitivo y que culminó en una escalada que pocos imaginaban incluso hace unos meses.

El rol de Estados Unidos y Trump en la escalada

Desde que Trump regresó a la primera línea política en 2025, su administración ha impulsado una política explícita de presión máxima contra Irán. Esto incluyó no solo sanciones económicas y diplomáticas, sino también una presencia militar reforzada en Oriente Medio y una retórica agresiva que no dejó espacio para ambigüedades. El discurso oficial del Gobierno estadounidense ha insistido en que Irán representa un peligro no solo para sus vecinos en la región, sino para la seguridad global, particularmente por su programa de misiles balísticos y la posibilidad de desarrollo nuclear.

En paralelo a esta estrategia, Trump ordenó la llamada Operación “Epic Fury”, una campaña militar conjunta con Israel que buscaba desarticular capacidades estratégicas iraníes, incluyendo sistemas de misiles y centros de comando, además de presionar al régimen para que renunciara a lo que Washington considera una amenaza nuclear persistente. El propio presidente defendió la operación como una “última oportunidad” para neutralizar peligros intolerables antes de que se materialicen.

Pero la política de Trump ha generado tensiones incluso dentro de su base electoral: mientras los sectores pro-intervención y los lobbies favorables a Israel empujaban por una mayor implicación, muchos votantes estadounidenses expresaban inquietud ante otra intervención militar prolongada en una región donde ya hubo múltiples guerras en las últimas décadas.

Tres décadas anunciando el Apocalipsis

La narrativa de amenaza nuclear no nació en 2025, ni siquiera en la última década. Tiene raíces profundas en la política israelí de los años 90 y principios de los 2000. Benjamin Netanyahu fue uno de los líderes más activos en advertir sobre los peligros de un Irán nuclear. Su famosa intervención ante el Congreso de EE.UU. en 2015, donde presentó gráficamente sus argumentos contra un acuerdo nuclear con Teherán, marcó un momento clave en la construcción de esa percepción fuera de Israel.

Netanyahu llegó a comparar el programa iraní con amenazas históricas extremas, sugiriendo que un Irán con armas nucleares no solo desencadenaría una carrera armamentista regional, sino que pondría en riesgo la propia existencia de su país. Este discurso fue reiterado en múltiples foros internacionales y se volvió una pieza central de la política exterior israelí.

Para Teherán, sin embargo, el desarrollo nuclear tiene una dimensión dual: por un lado, la energía nuclear civil es vista como una reivindicación legítima de soberanía tecnológica; por otro, la historia de sanciones, hostilidad e intentos de aislamiento internacional ha alimentado la percepción iraní de que su programa puede ser usado como instrumento de disuasión ante amenazas externas. Este punto de vista ha sido desmentido por diversos informes técnicos que no han podido confirmar sin lugar a dudas que Irán posea un arma nuclear funcional, aunque sí han señalado que ciertas capacidades de enriquecimiento podrían acercarse a niveles de preocupación regional.

El miedo como motor de guerra

Lo que comenzó como advertencias y sanciones acabó escalando hacia un conflicto militar directo. La operación conjunta entre Estados Unidos e Israel contra objetivos iraníes no fue un accidente ni una decisión aislada, sino una consecuencia lógica de décadas de acumulación de tensiones, desconfianza mutua y discursos que pintaban a Irán como un adversario irreducible. El choque se definió inicialmente con bombardeos a objetivos militares y estratégicos en varias ciudades iraníes, lo que produjo la muerte del líder supremo iraní, Ayatolá Ali Khamenei, y desencadenó una retaliación inmediata por parte de Teherán que ha puesto la región patas arriba.

Irán respondió con lanzamientos de misiles balísticos y drones contra Israel, así como ataques dirigidos contra instalaciones relacionadas con fuerzas estadounidenses en la región del Golfo. La escalada no solo ha implicado enfrentamientos directos, sino también la movilización de fuerzas aliadas, el cierre de espacios aéreos y la profundización de tensiones en países cercanos, reflejando una dinámica de conflicto que ya se extiende más allá de las fronteras de los dos estados protagonistas.

La retórica que acompañó estos eventos fue clara: tanto en Jerusalén como en Washington se presentó la operación como una medida preventiva para impedir que Irán consolidara una capacidad nuclear, mientras que las autoridades iraníes defendieron su derecho al desarrollo nuclear pacífico y denunciaron los ataques como una agresión injustificada e ilegal.

La propaganda y la construcción del ‘miedo nuclear’

La idea del “peligro nuclear iraní” se ha convertido en una pieza central de la propaganda política desde hace años. Tanto Netanyahu como Trump, al igual que hiciera George W. Bush antes para justificar la invasión en Irak, han utilizado la amenaza de armas nucleares para justificar políticas duras y movilizar apoyo interno y externo. Esta construcción del miedo ha sido reforzada por amplias campañas mediáticas, discursos dramáticos y la repetición constante de mensajes que vinculan el avance tecnológico iraní con un peligro existencial para la región y más allá.

Al elevar el tono de alarma, los discursos oficiales tienden a simplificar una cuestión técnica compleja —el programa nuclear iraní— en una narrativa polarizada: Irán como amenaza absoluta por un lado, y Estados Unidos e Israel como defensores de la seguridad global por otro. Esta simplificación política no solo influye en la opinión pública —con altos niveles de apoyo en ciertos sectores— sino que también reduce el espacio para alternativas diplomáticas o políticas más matizadas.

Organizaciones y expertos han señalado cómo esta narrativa puede tener efectos contraproducentes: en lugar de contener la proliferación, puede polarizar a los actores y dificultar los acuerdos. Incluso algunos análisis advierten que la construcción de un “miedo” constante puede generar una profecía autocumplida, donde la percepción de un peligro inminente obliga a los estados a optar por respuestas militares antes que por soluciones negociadas.

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