Algún colega se ha precipitado con diligencia a recoger las severas críticas emitidas por el líder supremo del régimen iraní, el ayatollah Alí Jamenei, contra la conducta de los Estados Unidos y la decisión de “no negociar nunca con ellos” como un indicio de que el Tratado sobre el plan nuclear del martes pasado estaba en peligro.

No hay tal cosa en este discurso programado para celebrar el Eid al Fitre (fiesta del fin del ayuno). Un veterano – Thomas Erdbrink, del “The New York Times” – titula hoy algo distinto, pero mucho más exacto: el Guía respalda el acuerdo nuclear y elogia a los negociadores… y promete que Irán seguirá su política de apoyo a los pueblos de Palestina, Siria, Líbano, Irak, Yemen y Bahrein (sobreentendido: los shiíes, mayoritarios y en apuros o directamente minoritarios y excluidos).

La revolución iraní dura tanto (es de 1979) que nos ha permitido conocer hasta el detalle el complicado arte de presentar los puntos de vista, formalmente no coincidentes, de los diversos exponentes políticos de un régimen no tan homogéneo ni cerrado como se cree en Occidente, y, sobre todo, el principio de que solo el Guía tiene la última palabra.

Buen acuerdo y nueva fase
Es un hecho que el arreglo sobre el plan atómico iraní aquí glosado días pasados, es un acuerdo excelente que – con la sola excepción israelí y el ala derecha del legislativo norteamericano – ha sido recibido como equilibrado, útil, sensato y, sobre todo, como portador, incluso sin pretenderlo, de una esperada normalización diplomática con Occidente (y, en el caso de los Estados Unidos) de un restablecimiento de las relaciones diplomáticas.

El caso es que, bien leído, el discurso del Guía nada dice que no suene bien en los oídos de una audiencia habitual que grita como un coro ¡muerte a América” y…. en Washington, donde se da por hecho que el acuerdo nuclear llevará al restablecimiento de relaciones diplomáticas.

Todo es compatible con la genérica declaración de Jamenei según la cual “no negociaremos con América”, no se sabe qué cosas … mientras el presidente de la República, el centrista Hassan Rohani, quien es, además, presidente del Consejo Supremo de Seguridad, habilitado para estatuir sobre el acuerdo, alabó el arreglo y lo tiene por prometedor para eventuales desarrollos.

Concluyó la “calculada ambigüedad”
Alí Jamenei se remitió al argumento oficial según el cual, el Irán no tiene ni quiere tener armas nucleares porque una fetua (un dictamen basado en la legislación islámica) las prohibió en su día, de modo que el país no ha hecho concesión alguna al respecto. No quería armas atómicas y sí, en cambio, confirmar su derecho a un programa nuclear bajo control internacional equivalente, por ejemplo, al de Japón o el de Argentina…

La muy célebre “calculada ambiguedad” ha concluido porque, ciertamente, la Agencia Internacional de Energía Atómica dispone ahora de los medios y los permisos para verlo todo, saberlo todo e informar sobre todo. El Guía lo atribuye a un imperativo moral y, por tanto, le resta importancia. Los occidentales, mucho más prosaicos, creemos que el acuerdo es, sencillamente, práctico y útil para las dos partes.

Así, pues, lo sucedido esta mañana en Teheran es que Alí Jamenei ha confirmado el acuerdo, blindado ya, por tanto, y cuyo único adversario es la derecha republicana y pro-sionista del legislativo norteamericano… que podrá emitir todas las reservas que quiera pero carece del número de escaños para tumbarlo y, sobre todo, sabe que el presidente Obama vetará todo intento de acabar con él.

Quienes hoy veían, o creían ver, reticencias en las palabras de Jamenei pueden tranquilizarse: no solo será ratificado el acuerdo sino que, con toda probabilidad, servirá para reanudar relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos e Irán. Un cambio histórico…

Elena Martí es periodista y analista política