El líder del frente opositor Cambiemos, Mauricio Macri, saluda a seguidores, este 22 de noviembre, en Buenos Aires (Argentina). EFE



Se da como seguro que el nuevo presidente de la República argentina, el liberal Mario Macri, evitará a cualquier precio que su gestión empiece abruptamente en el terreno económico. Y no solo porque ha ganado la jefatura de la nación por menos de tres puntos (51,40 contra 48,60 por ciento) frente al neo-peronista Daniel Scioli, sino porque tal es el consejo de eso que el periodismo llama “medios financieros”.

En efecto, Macri, aunque crítico – a veces feroz – de la política de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (que concluyó sus dos mandatos) sabe que la estrechez de su victoria deja un país dividido en dos, y que, hoy como ayer, es imposible gobernar prescindiendo del viejo peronismo, todo lo residual que se quiera y envuelto en banderas varias y en clanes diversos, pero imbatible en el orden sindical.

Macri ha hecho el prodigio de vencer a esa especie de enfermedad argentina que ha acostumbrado al público a una presencia del Estado, sus medios de protección social y una cercanía paternalista que utiliza el dinero público con gran desenvoltura. Candidato de sensibilidades diversas, todas “modernizadoras”, supo conquistar a la mayoría de  votantes de Sergio Massa (también de origen peronista) tercero y eliminado en la primera vuelta: de sus 5,2 millones de votos, dos de cada tres han ido a su cesta.

Un suelo de cristal
En estas circunstancias, Mauricio Macri, que hizo al final de su campaña un útil esfuerzo por mostrarse moderado, caballeroso con el candidato justicialista y él mismo sensible al peronismo y sus expresiones en su feudo bonaerense, parece obligado a abordar su cuatrienio con algo más que prudencia.

La economía, con inaplazables medidas a la vuelta de la esquina, será el caballo de batalla y, a muy corto plazo, de una devaluación del peso que podría tener lugar en diciembre. Al respecto, el ala dura de esta “nueva derecha” patrocina proceder rápidamente y no solo porque la situación lo demanda (y las instituciones financieras internacionales lo defienden) sino para disponer de más tiempo de legislatura para atenuar sus consecuencias: la pérdida de valor del peso y sus efectos sobre el gasto social en su conjunto.

De hecho, el votante del perdedor Scioli, le respaldó estricta y casi únicamente porque se ha extendido el temor de que la gestión liberal de Macri deteriorará a fondo el Estado-providencia que, de un modo u otro, ha caracterizado los doce años de kirchnerismo (incluyendo el cuatrienio 2003-2007 de Néstor Kirchner, el difunto marido de Cristina) y representado al omnipresente peronismo.

Un estadio intermedio
La expectación está, pues, centrada casi por completo en la gestión económico-social del nuevo ejecutivo y algunos observadores dan por hecho que Macri, cauteloso, procederá a un “aterrizaje suave” que podría empezar con la formación de un gobierno en cierto modo plural y de concentración, con la recuperación de algunas personalidades cercanas al grupo de Sergio Massa, quien, como si intuyera algo, hizo declaraciones discretas que pudieron ser leídas como una cierta predilección por él más que por el derrotado Scioli.

Una versión circuló en las semanas intermedias entre las dos vueltas: Macri podría resolver el asunto de cómo encarar la reforma financiera recurriendo a Roberto Lavagna, un reputado economista hoy con 73 años y en  buena forma, de perfil político indeciso, que tiene en su haber la gestión de la temible crisis financiera del trienio 2002-2005 (“el corralito”) bajo los presidentes Duhalde y Kirchner, del que supo sacar al país.

Macri, pues, va a evitar el choque de trenes con el peronismo porque precisa paz social y… tiempo. Está obligado a ser pragmático y posibilista. En Argentina, ya se sabe, hay que contar con ese fenómeno llamado “peronismo” o “justicialismo”, que sobrevive incluso entre facciones enfrentadas y es una parte del paisaje al que medio país rinde un cierto culto. Negociar con él es, sencillamente, indispensable…

 Elena Martí es periodista y analista política