Ciudadanos ha convertido un pésimo resultado popular en las elecciones en una situación superable. Génova era conocedora, pese a la fiesta improvisada de Casado en el balcón la noche electoral, de que su partido solo tenía tres diputaciones con mayoría absoluta, ciudades que han sido auténticos feudos quedaban al borde del knock-out y la crisis económica suponía un auténtico revés de puertas para adentro.

La situación dista mucho de ser la ideal. Los mazazos electorales han provocado un ERE interno y el levantamiento de las voces más discordantes con la gestión de Casado y su cúpula al frente del partido. Pero, teniendo en cuenta cómo quedó el reparto de poder y las consecuencias que podría haber tenido, hay motivos para respirar aliviados y no caer en el derrotismo absoluto.

Pero que nadie se equivoque. La red orgánica y territorial que tienen los azules es su máximo valor, la piedra sobre la que construir, cada cuatro años, grandes mayorías. Y Ciudadanos, en su aspiración por liderar la derecha, ser el principal partido de la oposición y seguir in crescendo, tenía la oportunidad perfecta de anestesiar a sus socios.

Dejarlos sin Castilla y León, donde llevan gobernando 32 años; sin Madrid, con 24 teñida de azul; y sin Murcia, cinco legislaturas después, era la posibilidad que se le había abierto a los naranjas. Para ello había que escuchar a los críticos, romper los cordones sanitarios y tratar de buscar a un PSOE que se ha esforzado en abrir las puertas al entendimiento. La justificación para Rivera hubiera sido sencilla: regeneración democrática y lucha contra el caciquismo enarbolando la bandera del centro que ya han empuñado en otras ocasiones.

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Pero han preferido servir de salvavidas. Un muro de contención que refuerza a una estructura que quedó tocada y que no ha caído por la mano tendida de sus socios. Esta genuflexión se ha saldado con alcaldías como la de Palencia y la de Burgos, la presidencia en los órganos rectores de la Comunidad de Madrid y de Murcia, diversos municipios madrileños y toda una serie de abrazos compartidos con la extrema derecha.

Mientras, el PSOE le ofrecía la capital a Villacís, el poder compartido en Castilla y León, Murcia, Madrid, Aragón y muchos otros grandes emplazamientos. Aumentar su estructura y su capacidad de organización a lo largo y ancho del globo dando el toque de gracia al PP. ¿Buen negocio? Juzguen ustedes mismos.