Cuando Stephen Colbert abre su monólogo, rara vez se limita a contar chistes. Su discurso suele estar cuidadosamente construido para que la risa funcione como puerta de entrada a una crítica más profunda. Así ocurrió tras el ataque de Estados Unidos a Venezuela y la posterior captura de Nicolás Maduro, un episodio que sacudió la agenda internacional y que Colbert utilizó para disparar, con precisión quirúrgica, contra el presidente Donald Trump. Más que una sucesión de bromas, el presentador elaboró una pieza de sátira política que revela hasta qué punto el late night estadounidense se ha convertido en un espacio de comentario político tan influyente como incómodo para el poder.
Desde el primer minuto, Colbert situó el foco no tanto en Venezuela como en el propio discurso presidencial. El presentador retomó el eslogan fetiche de Trump -“América primero”- para desmontarlo desde dentro. La clave de su intervención no fue la exageración absurda, sino una lógica aparentemente ingenua: si “América primero” significa evitar aventuras exteriores y priorizar los problemas internos, ¿cómo se explica entonces una operación militar de gran envergadura en otro país? A partir de ahí, Colbert lanzó la frase que se viralizó rápidamente: que quizá Trump no hablaba de prioridades políticas, sino de orden alfabético. América primero… Venezuela después.
El chiste, celebrado por el público, funciona porque condensa en una sola línea una crítica demoledora: la incoherencia entre el discurso aislacionista y la práctica intervencionista. Colbert no necesita entrar en tecnicismos legales ni en debates diplomáticos; le basta con evidenciar la contradicción.
A lo largo del monólogo, el presentador de The Late Show fue tejiendo un relato en el que Trump aparece como un dirigente incapaz de sostener una narrativa coherente. Colbert ironizó sobre la imagen del presidente celebrando la operación como un triunfo personal, recordando declaraciones grandilocuentes que contrastan con el caos que suele acompañar a decisiones de política exterior tomadas sin consenso ni explicación clara. El humor, en este caso, no suaviza la crítica: la hace más accesible y, paradójicamente, más punzante.
En ese mismo monólogo, Stephen Colbert introdujo otro elemento clave de la actualidad política estadounidense que hasta ese momento había quedado en segundo plano: la llamada lista Epstein. Lo hizo con una frase breve, directa y cargada de intención, pronunciada tras enumerar la magnitud del ataque a Venezuela y el giro abrupto de la agenda mediática. “¿Saben lo que significa esto?”, preguntó al público antes de rematar: “Esos archivos Epstein deben ser una locura”.
El comediante y presentador del popular programa estadounidense; "The Late Show" de CBS, Stephen Colbert, habló sobre la decisión de Trump de atacar Venezuela y detener a Nicolás Maduro:
— Vagabundo ilustrado (@vagoilustrado) January 6, 2026
“¡Esos Archivos Epstein deben ser una locura! ¡Bombardeen algo! ¡Bombardeen lo que sea!”: pic.twitter.com/r1DkNanPUd
La frase, breve y en apariencia espontánea, no fue una digresión sin sentido. Colbert la usó para ironizar sobre el impacto que debía tener una noticia tan explosiva como los archivos relacionados con Jeffrey Epstein si incluso un ataque militar de gran envergadura parecía, en tono de broma, un intento de “desviar” la atención. La lógica implícita en su comentario es esta: si un presidente está dispuesto a autorizar una operación tan dramática como bombardear un país soberano, entonces lo que se oculta en esos archivos "debe" ser algo extraordinariamente comprometedor.
En su imitación de un político histérico ante la idea de archivos tan explosivos, exclamó con fingida desesperación: “Bombardeen esto, bombardeen cualquier cosa”, como si la reacción automática fuera usar la fuerza ante la más mínima ansiedad por información que podría ser realmente dañina para una figura pública
No es casual que Trump haya reaccionado en otras ocasiones con irritación ante los comentarios de Colbert. El humor político, cuando es efectivo, no solo entretiene: erosiona la autoridad simbólica del poder. Y eso es precisamente lo que hace el presentador en este monólogo. Al reducir la retórica presidencial a una broma lógica, despoja al mensaje de solemnidad y lo devuelve al terreno de lo cuestionable.
En definitiva, el discurso de Stephen Colbert tras el ataque a Venezuela no es solo una reacción humorística a un acontecimiento internacional. Es una pieza de sátira política que utiliza la ironía para revelar contradicciones profundas en la narrativa de Donald Trump. En tiempos de mensajes simplificados y decisiones de alto impacto, Colbert demuestra que el humor sigue siendo una de las herramientas más eficaces para decir lo que otros prefieren callar.