La madrugada en la que Caracas se llenó de ruido y desconcierto no tardó en trasladarse a las pantallas de medio mundo. Mientras los primeros balances hablaban de una operación militar de Estados Unidos en Venezuela y de la captura de Nicolás Maduro, las redes sociales comenzaron a funcionar como una segunda plaza pública, más caótica y emocional que cualquier comparecencia oficial. En ese espacio híbrido -entre la política y la intimidad- apareció con fuerza la voz de la cultura.
No fue una reacción uniforme ni ordenada. Al contrario: fue un mosaico de emociones que reflejó mejor que ningún comunicado la fractura de un país y de su diáspora. Hubo celebración, alivio, miedo, rabia, espiritualidad y también silencio. Porque no todos los artistas hablaron, y no todos los que hablaron dijeron lo mismo.
Para muchos venezolanos que llevan años fuera del país, la noticia se vivió como un impacto físico. En cuestión de minutos, músicos y celebridades empezaron a publicar mensajes que mezclaban incredulidad y desahogo. Algunos lo hicieron con palabras solemnes; otros, con vídeos improvisados desde el salón de su casa, todavía en pijama, incapaces de dormir. En ese primer momento, lo político quedó en segundo plano.
Ahí se sitúan mensajes como los de Ricardo Montaner, que recurrió al lenguaje religioso para pedir protección y paz. No habló de estrategias ni de geopolítica, sino de “la gente buena”, una expresión que se repite con frecuencia entre quienes sienten que, gobierne quien gobierne, los de abajo siempre pagan el precio más alto. En una línea parecida, otros artistas optaron por la oración, por el silencio respetuoso o por símbolos -banderas, velas, corazones- que dicen mucho sin entrar en detalles.
SEÑOR, cuida y bendice al pueblo venezolano, llévate a los malos y permite que la paz reine y que tu amor y misericordia, guíe el futuro de todos los que te aman.
— Ricardo Montaner (@montanertwiter) January 3, 2026
Amen amen 🙏 #Venezuela #venezuelalibre
En el extremo opuesto estuvieron quienes interpretaron el momento como un punto de inflexión largamente esperado. Mau y Ricky, Carlos Baute o Alicia Machado expresaron abiertamente alivio y esperanza, utilizando un lenguaje de cierre de ciclo, casi de final de pesadilla. Para este sector del exilio, la captura de Maduro simboliza algo más que la caída de un dirigente: representa la posibilidad -todavía abstracta- de un futuro distinto. Incluso en esos mensajes, sin embargo, se desliza una advertencia recurrente: “ahora viene lo difícil”.
Todos los cambios profundos duelen. Sabemos que vienen días difíciles, pero después de la tormenta siempre llega la calma.
— Carlos Baute (@carlosbaute) January 3, 2026
A todos los que están adentro —familia, amigos, nuestra gente— estamos rezando por ustedes y acompañándolos a la distancia en todo lo que sea posible.
Dios… pic.twitter.com/4D0OvH5mRJ
Ese “lo difícil” sobrevuela casi todas las reacciones, incluso las más eufóricas. Porque junto al deseo de cambio aparece la conciencia de la violencia. Marjorie de Sousa lo formuló de manera directa al pedir protección para la población civil, y Danny Ocean, al compartir comunicados políticos, actuó como puente entre la emoción colectiva y el discurso de la oposición. En ambos casos, el foco no estaba tanto en el gesto militar como en lo que pueda venir después.

Marjorie de Sousa. Redes Sociales.
Mientras algunos artistas hablan desde el trauma del exilio y el hartazgo, otros lo hacen desde una memoria histórica marcada por golpes de Estado, invasiones y tutelas externas en América Latina. Ambos relatos conviven, chocan y se disputan la atención en un espacio -las redes- que premia la emoción rápida por encima del matiz.
En un registro distinto, José Luis Rodríguez fue más explícito. El veterano intérprete habló de “fin de una etapa” y de “hora decisiva”, empleando un lenguaje rotundo que muchos interpretaron como cierre simbólico de un ciclo histórico. No es la primera vez que Rodríguez se posiciona de manera frontal sobre la situación venezolana, y su intervención volvió a generar un intenso debate en redes, entre aplausos y críticas.
También muy visible fue la reacción de María Conchita Alonso, una figura histórica del exilio cultural venezolano. Su mensaje fue uno de los más controvertidos: expresó apoyo explícito a la intervención estadounidense, una postura que reavivó la polarización y puso de relieve hasta qué punto el trauma político atraviesa generaciones y biografías personales. Su nombre volvió a ocupar titulares, no tanto por sorpresa como por coherencia con un discurso mantenido durante años.
Desde el ámbito de la televisión y el espectáculo, Gaby Spanic optó por una reacción simbólica y emocional, apoyada en referencias espirituales y en la idea de justicia divina. Su mensaje, breve pero cargado de significado, fue leído como una expresión de alivio íntimo más que como una declaración política estructurada.

Gaby Spanic. Redes sociales.
Otra de las voces más reconocibles fue la de Chiquinquirá Delgado, que se desmarcó del tono triunfalista dominante. En sus publicaciones pidió prudencia y recordó que, más allá de los gestos de poder, el centro del debate debería ser la protección de la población civil y el futuro inmediato de un país exhausto. Su postura fue interpretada como una llamada a bajar el volumen en medio del ruido.
Desde una mirada progresista, el balance es incómodo pero necesario. Denunciar el autoritarismo no obliga a aplaudir los bombardeos. Desear un cambio no implica aceptar cualquier medio. Y escuchar a los artistas -con toda su carga emocional- no debería sustituir la exigencia de legalidad, derechos humanos y protección de la población civil.
Quizá por eso muchas de las reacciones más honestas no son las más ruidosas. Son las que reconocen la mezcla de alivio y temor, de esperanza y duelo. Las que no convierten el dolor en eslogan. En tiempos de shock político, esa ambigüedad también es una forma de verdad.