La injerencia en terceros países, buscando desestabilizar o derrocar a sus gobiernos para controlar sus recursos y aprovechar los enclaves estratégicos, es la estrategia vertebradora de la política de Estados Unidos desde antes del estallido de la I Guerra Mundial. Las falsas banderas de la libertad o la democracia han servido a la principal potencia mundial para arrasar Estados soberanos y arrogarse el domino de codiciadas materias primas y de puntos de gran relevancia geopolítica, siendo Sudamérica el territorio más golpeado por estás prácticas. Decenas de naciones convertidas en un “patio trasero” a través de la doctrina Monroe.
Esta figura de política exterior fue diseñada por Joe Monroe en 1823, en un primer momento como mecanismo de defensa de Estados Unidos y su presencia en el continente americano ante el imperialismo de las potencias europeas, pero rápidamente evolucionó, a través de las enmiendas (corolarios) de los presidentes consecutivos hasta convertirse en una justificación para las ofensivas en Latinoamérica. Los golpes de Estado y dictaduras militares impulsadas por Estados Unidos durante el siglo XX, apoyándose en esta doctrina y buscando acabar con todo atisbo ideológico cercano a la izquierda, son incontables. Durante el siglo XXI, el proceder no ha cambiado, pero había gozado de un mayor encubrimiento hasta la llegada de Donald Trump.
Trump, injerencia a cara descubierta
El actual presidente de Estados Unidos rehúsa de las prácticas ocultistas de sus predecesores y desempeña el clásico imperialismo yanqui sin disimulo, sabedor de que el país que lidera está exento del orden y el derecho internacional. Las disposiciones de Naciones Unidas (ONU) y la Corte Internacional de Justicia (CIJ) afectan a casi la totalidad de los países del mundo, pero no a la principal potencia occidental, que hace y deshace a su gusto sin mayor respuesta que alguna tímida y temerosa recriminación. Algo que Trump piensa exprimir al máximo.
El bombardeo de Venezuela, asesinando a militares y civiles, la incursión ilegal en el país y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilita Flores han generado un gran revuelo internacional, pero no puede decirse que el amigo de Jefrrey Epstein no avisó. La administración estadounidense lleva meses hundiendo embarcaciones y secuestrando barcos petroleros con bandera venezolana aludiendo a una presunta trama de narcotráfico (nueva excusa que se suma a la democracia y la libertad), sin juicio previo ni presentación de pruebas, y el corolario añadido por Trump, el pasado 30 de noviembre, a la doctrina Monroe anticipaba lo que finalmente ha sucedido.
“Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestra patria y nuestro acceso a zonas geográficas clave en toda la región. Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio. Este ‘Corolario Trump’ a la Doctrina Monroe es una restauración sensata y potente del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos”, firmaba el mandatario estadounidense hace poco más de un mes.
Colombia, Cuba, México y Europa, amenazadas
La primera parada ha sido Venezuela, pero Cuba, Colombia y México ya han sido amenazadas por Trump. Otras regiones han sufrido la injerencia en sus elecciones, con chantajes emitidos con claridad desde la Casa Blanca, y en sus estructuras judiciales, deslegitimadas por Estados Unidos cuando han juzgado a criminales de su cuerda, como el golpista Jair Bolsonaro o el narcopresidente Juan Orlando. “Estamos a cargo de Venezuela”, ha defendido Trump, justificando que Estados Unidos necesita “acceso total al petróleo y a otras cosas” para “reconstruir” un país que ellos mismos han destrozado. Este es el nivel de preocupación por la democracia.
Una operación similar a la de Venezuela en Colombia “suena bien”, ha considerado Trump. “Cuba está a punto de caer”, ha sumado. “Y por cierto, hay que hacer algo con México”, ha añadido. Sin enmascarar, el presidente estadounidense presenta claramente su plan, consciente de que nadie hará nada para frenarlo. Europa siempre ha callado, cuando no se ha sumado por interés, ante estas prácticas estadounidenses, pero ahora tiembla ante la posibilidad de que esta doctrina se expanda también a Groenlandia, parte de Dinamarca y, en consecuencia, de la Unión Europea.
"Necesitamos Groenlandia por motivos de seguridad nacional. En este momento es un lugar muy estratégico, lleno de barcos rusos y chinos", ha ido más allá Trump, volviendo a inventarse realidades para justificar su despliegue invasor. “Y la Unión Europea necesita que la tengamos, y lo saben”. La doctrina Monroe podría expandirse también a este territorio europeo y, ni por esas, la UE es capaz de dar una respuesta.
En España y otros países europeos, patrioteros de pandereta que no son más que cipayos y lamebotas celebran la ofensiva trumpista porque golpea a lo que consideran ideologías enemigas. Lo herederos de aquellos que, hace casi 100 años, jaleaban a Hitler o Mussolini cuando los consideraban un contrapeso a la URSS. Democracia y libertad imploraron e implorarán luego.