La escalada de tensión internacional tras la ofensiva militar de Estados Unidos en Venezuela ha abierto un nuevo frente diplomático en el Atlántico Norte. Esta vez, el foco no está en América Latina, sino en el Ártico. Las reiteradas declaraciones y gestos del entorno del presidente estadounidense, Donald Trump, han reactivado el temor a una política exterior basada en la intimidación y la amenaza directa, con Groenlandia como nuevo objetivo simbólico y estratégico.

Apenas horas después de la operación militar estadounidense en suelo venezolano, una publicación en redes sociales encendió todas las alarmas en Copenhague y Nuuk. Katie Miller, podcaster conservadora y esposa de Stephen Miller —uno de los asesores más influyentes de la Casa Blanca— difundió una imagen del mapa de Groenlandia cubierto con la bandera de Estados Unidos y una sola palabra: “Pronto”. El mensaje, aparentemente informal, fue interpretado como una amenaza velada de anexión en un contexto geopolítico marcado por el uso de la fuerza.

La reacción no se hizo esperar. El propio Trump había declarado ese mismo fin de semana a la revista The Atlantic que Estados Unidos “necesita Groenlandia, sin duda alguna”, una afirmación que reavivó un debate que parecía enterrado desde su primer mandato, cuando ya sugirió la compra del territorio ártico. Hoy, sin embargo, el tono es percibido como más agresivo y menos diplomático, especialmente tras el precedente venezolano.

Desde Dinamarca, la respuesta fue contundente. La primera ministra Mette Frederiksen calificó de inaceptable la retórica estadounidense y pidió explícitamente a Washington que ponga fin a las amenazas contra un aliado histórico. “No tiene ningún sentido hablar de la necesidad de que Estados Unidos tome el control de Groenlandia”, afirmó, recordando que el territorio forma parte del Reino de Dinamarca y que ninguno de sus pueblos “está en venta”.

Frederiksen subrayó además que Groenlandia ya se encuentra bajo el paraguas de seguridad de la OTAN y que existen acuerdos bilaterales de defensa que otorgan a Estados Unidos un amplio acceso militar en la isla. “Estados Unidos no tiene derecho a anexionarse ninguno de los tres países de la Mancomunidad”, zanjó, en referencia a Dinamarca, Groenlandia y las Islas Feroe.

Pero el rechazo más directo llegó desde el propio territorio ártico. El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, calificó de “irrespetuosas” tanto las declaraciones de Trump como las publicaciones de su entorno. En un comunicado firme, recordó que Groenlandia es una democracia con derechos propios y que su relación con Estados Unidos siempre se ha basado en la cooperación y el respeto mutuo.

“Hemos sido aliados leales durante generaciones y hemos asumido responsabilidades clave en la seguridad del Atlántico Norte”, señaló Nielsen. Precisamente por ello, añadió, resulta inaceptable que se hable del futuro del país en términos de necesidad o anexión, y más aún que se vincule su nombre con intervenciones militares recientes. “Nuestro país no está en venta y nuestro futuro no se decide en las redes sociales”, sentenció.

¿Por qué Groenlandia?

El interés por Groenlandia no se explica únicamente por su ubicación estratégica, sino también —y cada vez más— por la enorme riqueza de su subsuelo. Bajo el hielo de la isla se concentran algunos de los recursos naturales más codiciados del siglo XXI, fundamentales para la transición energética, la industria tecnológica y la autonomía militar de las grandes potencias. El progresivo deshielo del Ártico, acelerado por el cambio climático, está facilitando el acceso a estos yacimientos y transformando un territorio históricamente inaccesible en un espacio clave para la economía global del futuro.

Groenlandia alberga importantes reservas de tierras raras, un conjunto de minerales esenciales para la fabricación de teléfonos móviles, baterías, aerogeneradores, vehículos eléctricos y armamento avanzado. Actualmente, gran parte de la producción y el procesado mundial de estos materiales está controlado por China, lo que ha generado una creciente preocupación en Estados Unidos y en la Unión Europea, que buscan reducir su dependencia estratégica de Pekín. En ese contexto, Groenlandia aparece como una alternativa clave para diversificar el suministro de minerales críticos.

Además de tierras raras, el subsuelo groenlandés contiene uranio, zinc, hierro, oro y posibles reservas de petróleo y gas, especialmente en sus aguas circundantes. Aunque la explotación de hidrocarburos ha sido objeto de fuerte debate interno y de restricciones medioambientales, su mera existencia refuerza el valor geopolítico del territorio en un momento de reconfiguración energética global. Para Washington, asegurar el acceso —directo o indirecto— a estos recursos supone una cuestión de seguridad nacional y competitividad económica a largo plazo.

A ello se suma la apertura progresiva de nuevas rutas marítimas en el Ártico, que podrían acortar significativamente las conexiones comerciales entre Europa, Asia y América del Norte. Groenlandia, situada en un punto neurálgico entre el Atlántico y el Ártico, se convierte así en un enclave logístico y militar de primer orden, especialmente en un escenario de creciente rivalidad entre potencias como Estados Unidos y Rusia, que ya ha intensificado su presencia militar y económica en la región.

Sin embargo, desde Groenlandia se insiste en que el desarrollo de estos recursos debe responder a las decisiones democráticas de su población y a criterios de sostenibilidad ambiental. El debate sobre la minería y la explotación del subsuelo es interno y sensible, atravesado por el impacto ecológico, la protección de las comunidades locales y el modelo de desarrollo que quiere el país. Precisamente por ello, las insinuaciones externas sobre el control del territorio son percibidas no solo como una amenaza política, sino como una injerencia directa en el derecho de los groenlandeses a decidir sobre su futuro económico.

No es la primera vez que Washington fija su mirada en la isla. Durante su primer mandato, Donald Trump ya manifestó abiertamente su interés en hacerse con el control de Groenlandia, llegando incluso a plantear públicamente la posibilidad de “comprarla”, una propuesta que entonces fue recibida con incredulidad y rechazo tanto por Dinamarca como por las autoridades groenlandesas. Aquella idea, que en su momento fue presentada como una excentricidad, adquiere ahora un cariz mucho más inquietante a la luz del endurecimiento de la política exterior estadounidense y del precedente de intervenciones militares recientes.

Desde Dinamarca y Groenlandia se insiste en que cualquier cooperación en materia de defensa, recursos o desarrollo económico debe producirse dentro del marco del derecho internacional y mediante canales diplomáticos formales, no a través de presiones unilaterales ni de mensajes ambiguos lanzados al calor de la confrontación política. Las autoridades recuerdan que ya existen acuerdos de seguridad con Estados Unidos y que la isla forma parte del entramado estratégico occidental, lo que hace innecesaria —y peligrosa— cualquier deriva hacia discursos de anexión.

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