La madrugada abrió una grieta que ya no se cerró. Un resquicio en el espacio-tiempo que devolvió al planeta entero a las postrimerías de la Guerra Fría o a los albores del nuevo milenio, cuando las injerencias en terceros países eran la norma habitual. Aunque ciertamente, esa mala costumbre no es exclusiva del turbulento siglo XX. La era de Internet y la Inteligencia Artificial la heredó con Afganistán e Irak – entre otros - y la perfeccionó con – por citar un caso reciente - Siria y ahora Sudamérica. Apenas se han consumido tres días del nuevo año y Donald Trump ha decidido marcar el rumbo del recién nacido 2026 con una operación contra Venezuela que se saldó con la captura de su presidente, Nicolás Maduro, su esposa, Cilia Flores, y un carrusel de bombardeos aéreos para destruir enclaves estratégicos del país latinoamericano. Un show que evitó el aburrimiento nocturno del presidente de Estados Unidos. Al menos así lo narraba él mismo a su predilecta Fox News.

Pero el juego ha puesto patas arriba el tablero de juego geopolítico. Aun con el rosario de advertencias de la Casa Blanca, la operación del Ejército de Estados Unidos ha pillado a todos los actores con el pie cambiado. En plena oscuridad, mientras España se desperezaba y estiraba, circulaban unas primeras informaciones algo confusas que apuntaban a diversas explosiones en Caracas. La tensión se hizo paso a tientas entre la densa neblina de desconcierto que imperaba en las primeras horas, hasta que el Gobierno venezolano posó su dedo acusador sobre Washington y denunciaba una ofensiva contra el país latinoamericano que, finalmente, ha partido en dos el tablero internacional.

Los ataques se concentraron en objetivos militares y estratégicos en la capital y en otros estados del país. A lo largo de la mañana, las redes sociales se poblaban de imágenes y vídeos de los destellos en el cielo venezolano y el terror mezclado con desconcierto que secuestró a la población. Sensación de punto de no retorno. De contener el aliento ante una nueva amenaza de conflicto global en ciernes. Percepción intensificada por la clásica estrategia de Washington de dar vuelo al rumor y a la filtración para marcar la agenda informativa del día. Pero el gran golpe estaba aún por llegar.

El presidente de Estados Unidos entró en escena. Como a él le gusta; como una sobreactuada superestrella de la WWE – lucha libre -, entre columnas de fuego virtuales y jactándose de ser el epicentro mediático un día más. Apareció en su red social – Truth Social – para soltar la verdadera bomba informativa del día: fuerzas estadounidenses capturaron a Maduro y su esposa para sentarlos ante la justicia norteamericana. Sin pruebas gráficas ni confirmación independiente, el mensaje del inquilino de la Casa Blanca zarandeó gobiernos, instituciones y mercados por doquier. La segunda confirmación la ofrecía la número dos del presidente venezolano, Delcy Rodríguez, al exigir a Washington una prueba de vida del líder bolivariano mientras denunciaba una “gravísima agresión” contra la soberanía popular.

A partir de ahí, se desató la reacción en cadena. En Estados Unidos, senadores republicanos defendieron la legalidad de la operación apelando a la autoridad presencial y encapsulando la operación en la lucha contra el narcotráfico. En la esquina izquierda del ring, los demócratas agitaban sus brazos y alzaban sus voces contra el enésimo exceso del magnate; sin el aval del Congreso ni, por supuesto, de la comunidad internacional. Ofensiva que muchos identifican con el control de los recursos venezolanos, pero también como un golpe directo a China y Rusia para forzar su salida del “patio trasero” de Estados Unidos. Es decir, de Sudamérica. Trump, de hecho, admitía a Fox News la tesis hegemónica por el petróleo, para después confirmar en su comparecencia que, además de hacerse cargo del país, harían lo propio con el sector del crudo y forzaría a las empresas petroleras de Estados Unidos a entrar en el negocio.

Guion de Hollywood

Durante la jornada, Trump fue calentando la comparecencia ante los medios que había convocado desde la residencia de Mar-a-Lago (Florida). Pequeñas dosis de información confirmadas a su cadena de referencia en las que ya dejaba caer que él mismo tomaría partido en el futuro político – a menos a corto plazo – de Venezuela. Todo ello, mientras loaba la operación militar y la narraba como quien se sienta frente al televisor a paladear, por ejemplo, La noche más oscura.

Pero el magnate y su equipo de estrategas se guardaron un as bajo la manga que sirvió como prólogo a su esperada comparecencia. Antes de que se situase frente al atril y los focos y micrófonos de cámaras y periodistas, el Gobierno estadounidense difundió la primera fotografía de Nicolás Maduro tras ser detenido. Un archivo que dio la vuelta al mundo en cuestión de segundos y que muestra al líder bolivariano,  esposado y botella de agua en mano, con la visión y los oídos tapados en algún recóndito y secreto lugar del buque Iwo Jima antes de su desembarco en Nueva York, donde pasará a disposición de la Justicia por narcotráfico y terrorismo.

Primera imagen de Nicolás Maduro en el buque Iwo Jima. Truth Social.

Todo medido al detalle, incluido los más de 30 minutos de espera antes de desfilar ante los focos de todo el planeta en una comparecencia que ha servido – hablando mal y pronto – para marcar paquete frente a todo el que se atreva a “cuestionar la política exterior” de Washington. Trump volvía a confirmar el enfoque del crudo y que será la Casa Blanca – previa designación de tutores legales mediante – la que monitoree Venezuela hasta que se produzca una “transición amable, segura y eficaz”. En otras palabras, Estados Unidos “dirigirá el país”.

En esa necesidad intrínseca del multimillonario inquilino de la Casa Blanca por compensar inseguridades ocultas, trató de lucir musculatura bélica ante el mundo con un discurso que teletransporta el escuchante al periodo de Entreguerras. De hecho, se ha jactado de confeccionar y ordenar una ofensiva de tal calibre que no tiene parangón con ningún otro operativo desde la II Guerra Mundial. Dicho de otro modo, una de las “demostraciones más potentes y eficaces del poder del Ejército de Estados Unidos en la historia de nuestro país”. Un aviso a navegantes, vaya.

De hecho, ese mensaje lo enfatizó pocos minutos antes de concluir su alocución a modo de recordatorio velado a los colegas de Nicolás Maduro en la zona. Es decir, a los presidentes de Brasil y Colombia – entre otros -, Lula da Silva y Gustavo Petro. También a Claudia Sheinbaum, homóloga mexicana de los anteriores, a quien este mismo sábado le lanzaba el guante por el “narcotráfico” en su país: “Algo habrá que hacer con México, ¿no? ¿Quieres que acabemos con los cárteles”.

Continuó con la exhibición narcisista, elevando al Ejército americano como el “más fuerte del mundo de lejos” y con “capacidades y conocimientos que ningún país se puede imaginar”. Tanto es así que, pese a asumir el control del país, advertía a todo rebelde que se oponga al jarabe pseudodemocrático estadounidense de que están perfectamente preparados para lanzar “un segundo ataque”, aunque por el momento no está entre las prioridades de la Casa Blanca. “Si fuera necesario”, apostillaba el magnate, entre cacareos nacionalistas.

Portazo digno de Nobel

Antes de la comparecencia de Trump se empezaba a especular con que tanto Edmundo González como la Nobel de la Paz María Corina Machado estuvieran al frente del nuevo gobierno del país. En un comunicado conjunto, ambos celebraban la caída del régimen de Maduro y le trasladaban su servil agradecimiento a Trump y al pueblo hermano de Estados Unidos. Pero el sentimiento, por lo visto, no es mutuo. Y así lo ha dejado claro el magnate desde su comparecencia.

Entre sus planes no está entregar el cetro de mando venezolano a la opositora exiliada. O visto de otra manera, a su rival en la carrera por el Nobel de la Paz que acabó alzando la venezolana. De hecho, le ha cerrado en las narices la puerta de Miraflores. Antes de confirmar que la mano derecha de Maduro, Delcy Rodríguez, ha mantenido una extensa charla con su secretario de Estado, Marco Rubio, en la que se ha puesto “a disposición” de la Casa Blanca, el presidente ha negado el ascenso a Machado al catalogarla como un perfil que carece del “apoyo y del respeto de la mayoría del país”. Cura de humildad, que diría aquel y puerta abierta a la especulación y a la incertidumbre que, aun con el despliegue testosterónico del norteamericano, se ha instalado en la conciencia colectiva de todo un país.

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