Tras Bárbara, el director alemán Christian Petzold vuelve a colaborar con la gran Nina Hoss como protagonista y a escribir el guion con el recientemente fallecido Harun Farocki en Phoenix (2014), película con la que el cineasta regresa a la historia de su país y a sus heridas, ahora con una obra mucho más redonda y conseguida, mostrando su madurez cinematográfica con una historia que plantea, ¿es posible recuperar la identidad tras pasar por un campo de concentración?


También, ¿qué identidad le queda a un pueblo que ha pasado por eso (el judío) y a otro que lo ha ocasionado (el alemán)?



Petzold comenzó su carrera más interesado por la sociedad contemporánea y por la construcción neocapitalista de Alemania mediante narraciones pasionales, en ocasiones viscerales, pero con Bárbara se alejó de su tiempo y exploró algunos de los elementos más conflictivos del pasado de su país. Nelly (Nina Hoss), tras la liberación de los campos, regresa con la cara desfigurada, siendo reconstruida en la mayor medida posible por un cirujano. Ayudada por Lene (Nina Kunzendorf), Nelly debe reconstruir también su vida, quizá marchar al nuevo estado que los judíos planean construir en Palestina. Pero ella quiere recuperar su vida y a su marido, a pesar de descubrir que él, de origen alemán, fue quien la traicionó enviándola al campo de concentración. Y sin embargo, cuando consigue encontrarlo, se establece una nueva relación: él, que piensa que su esposa está muerta, trabaja con Nelly, quien esconde su identidad, para hacerla pasar por su esposa y poder recuperar el dinero que tenían.


Así, mediante una trama más sencilla en la película que narrada por escrito, Petzold construye una película en la que los personajes buscan su lugar entre las ruinas (personales y físicas) e intenta volver a un estadio anterior que, por mucho que se esfuercen, ha desaparecido. Nelly, tras su traumático paso por los campos, lucha por ser la mujer que fue; él, simplemente por conseguir un dinero que pueda permitirle vivir bien de nuevo. Nelly descubre que son dos extraños, que la cantante y el pianista que fueron, ya no existen. ¿Por qué? Porque nada puede ser lo mismo. Es imposible. La secuencia final, con Hoss cantando, es memorable al respecto.



Phoenix plantea, tanto en el plano íntimo como en el general (una sociedad), la imposibilidad de reconstruir una vida tal y como fue. Y sí la necesidad de aceptar que todo ha cambiado. Pero esto no conlleva, por supuesto, el olvido. Ni mucho menos. Quizá sí el perdón, pero un perdón condicionado. En un camino de reconstrucción, tanto Nelly como el país, debe, o debió, hacer frente al Mal en sus diferentes facetas.


Película de identidades y de máscaras, a pesar de alguna reiteración que impide en determinados momentos que la película avance a la perfección, Phoenix plantea todo lo anterior, además, desde una puesta en escena muy determinada. Porque Petzold apuesta por un trabajo elegante en scope, de cromatismo llamativo que emula de alguna manera las producciones norteamericanas de la época, resaltando con ello la artificialidad de la propuesta a la par que creando una disonancia entre la dureza del relato y del contexto narrativo con la imagen elegida para representarla. El director alemán busca el crear una imagen reconocible y limpia para escarbar en el interior de la historia. Y lo hace, además, con no pocas referencias cinematográficas, de Los ojos sin rostro a La senda tenebrosa pasando, sobre todo, por Vértigo, de Alfred Hitchcock. Pero todo visto, en esta ocasión, desde la perspectiva de ella. Pero aquí, los motivos de la transformación son muy diferentes. Porque Nelly acepta ser ella para conseguir ser otra; su marido, movido por intereses meramente crematísticos, prefiere alejarse del recuerdo de su mujer, acuciado por una culpabilidad que no acepta en ningún momento.



Compleja a pesar de la aparente sencillez de la historia, Phoenix plantea interesantes cuestiones tanto formales como narrativas sobre la identidad personal así como la nacional en una mirada hacia la historia reciente de Alemania que a pesar de su concreción espacio-temporal se podría trasladar a otros contextos en los que una persona o un país intente salir hacia delante después de un trauma.