En Sueño de trenes, Denis Johnson nos introduce en la historia de un hombre que ayuda a construir la civilización mientras es absorbido por ella, una novela corta excelente y llena de lecturas.



[[{"type":"media","view_mode":"media_large","fid":"39797","attributes":{"class":"media-image alignleft wp-image-4581 size-medium","typeof":"foaf:Image","style":"","width":"176","height":"300","alt":"sue\u00f1os"}}]]De escritor de culto a autor reconocido, en gran medida por el paulatino aplauso recibido por parte de sus propios compañeros de profesión, Denis Johnson es uno de los autores norteamericanos más relevantes e interesantes de los surgidos en la década de los ochenta. Tras abandonar una larga adicción al alcohol y a las drogas, Johnson emprendió una carrera literaria que, treinta años después, comprende nueve novelas (una recién publicada en Estados Unidos), una colección de relatos, Hijos de Jesús, quizá una de las mejores de los últimos años en inglés, varios libros de poesía, obras de teatro y libros ensayísticos (Ángeles derrotados es excelente) y memorísticos. Sueño de trenes, publicada originalmente en 2002 en The Paris Review y recuperada en 2011, es su única novela corta, una sensacional obra gracia a la concisión narrativa y a la capacidad evocadora de Johnson.


Quien conozca a Johnson por Árbol de humo, novela de más de seiscientas páginas desarrollada entre 1963 y 1970
en la Guerra del Vietnam, con un salto temporal a los años ochenta, se sorprenderá al sumergirse en Sueño de trenes. Si en aquella Johnson construía una novela desbordante en extensión, acción e ideas, una de las mejores sobre esa guerra, en esta, publicada unos años antes, el escritor opera desde su contrario. En ambas encontramos un aire épico, no tanto por usar un tono grandilocuente como por partir de unos modelos narrativos que remiten a la epopeya novelística tan del gusto de gran parte de sus escritores norteamericanos.[[{"type":"media","view_mode":"media_large","fid":"39798","attributes":{"class":"media-image alignright wp-image-4583 size-medium","typeof":"foaf:Image","style":"","width":"194","height":"300","alt":"sue\u00f1os3"}}]]


Johnson toma en Sueños de trenes el mito del pionero americano; de hecho, la novela comienza con una brutal paliza a un trabajador chino, creando un contexto tanto espacio-temporal como tonal para el arranque de la novela. A partir de ahí, el escritor construye una novela con saltos temporales para narrar, de manera fragmentada, la vida de Robert Grainier, un jornalero del Oeste americano que vive en la Norteamericana finisecular y cuya vida llega hasta más allá de mediados del siglo XX. Debido a un incendio, Grainier lo pierde todo, y sobre las cenizas deberá reconstruir su vida y vivir con el recuerdo de quienes desaparecieron en las llamas. En un mundo en constante cambio y mutación, Grainier se convierte en espectador de excepción de un país en desarrollo, progreso al que él ayuda a dar formar. El mundo que él creía racional y ordenado se presenta como caótico e irracional, y él mismo está ayudando, además, a construirlo. Crueldad y salvajismo se dan la mano con civilización y modernización en un universo, el creado por Johnson, tan real como legendario. Grainier se cruza en su íntima epopeya, aunque exenta de triunfalismo y sí llena de amargura, con todo tipo de personajes que conforman un conjunto humano tan estrambótico como real. Y ahí Johnson muestra una de sus mejores cualidades como escritor: el crear una narración en la que todo es tan físico y tangible como onírico e irreal.


A partir de un estilo que evoca el naturalismo y el paisajismo de la literatura norteamericana de finales del XIX y comienzos del XX, Johnson mira a la segunda generación tras los pioneros en busca de esos hombres que construyeron un país pero que quedaron al margen de él, que vivieron para ver como este crecía pero convirtiéndose en unos extraños. Sueño de trenes es una obra desoladora, pero sin dramatismos, pues Johnson se distancia convenientemente de su personaje y de la historia, al menos lo suficiente como para poder desarrollarla sin involucrarse en exceso, conduciendo al espectador a través de la acción con un estilo elegante a pesar, o quizá por ello mismo, de su crudeza. Convierte el paisaje en un personaje más, consustancial al resto, como si estos fueran parte de aquel o a la inversa, construyendo un todo orgánico de resonancias atávicas que, una vez más, contrasta con una civilización incipiente en cuyo interior ya germinaba la semilla de muchos de los males ulteriores de la sociedad norteamericana.


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Sueños de trenes en su brevedad, además, impone o permite una lectura sin pausa, sin interrupciones, la cual recomendamos. Porque así, en su dinámica narración nos conduce con rapidez a través de la historia, con la misma con la que el país crecía. Pero, a su vez, también permite un regreso a sus páginas para detenerse en los detalles, en aquello que ha quedado en un segundo plano y que, sin embargo, posee no pocas lecturas paralelas. Johnson demuestra en Sueños de trenes su calidad como escritor, porque en esa brevedad reluce su maestría para eliminar lo ornamental e ir a lo importante aunque sin renunciar a un fino trabajo literario, convirtiendo lo aparentemente anecdótico o banal en primordial, trabajando un sentido del realismo literario en el que lo onírico, lo alucinado, acaba convirtiéndose en una faceta más de la realidad. Quizá, incluso, una de las más relevantes. De ahí ese sueño de trenes, el sueño de un progreso que en su épica y en su esplendor guardaba pesadillas.