Hay ciertos cineastas que tienden a mirarse al ombligo, y los hay que encuentran muchos espectadores interesados en ese ombligo. Particularmente no es mi caso con Almodovar, Von Trier, o el cine de Tarantino este siglo. Hay otros cineastas que tienen la cualidad de confrontar al espectador con su condición de figura en un paisaje, o pieza en un conjunto social. Como si nos hicieran conscientes de la mirada periférica. Somos parte de algo. Ese es el caso del canadiense Denys Arcand. En su obra busca, incluso provoca, que nos contemplemos desde esos ángulos que evidencian que nuestras acciones u omisiones tienen su efecto o consecuencia en un conjunto, y que somos síntomas o reflejos, como piezas de un engranaje, de un sistema social. Ya sea como integrado o divergente, como enajenado o nihilista, los personajes se definen siempre con respecto a un conjunto. No hay parcelación, aislamiento del avatar particular. Nuestras actitudes, nuestras acciones u omisiones, son emanaciones e indicadores de una circunstancia o un conjunto social. Y lo hace con su sorna habitual. Su mirada privilegia la ironía y el apunte mordaz, desterrando la afectación o la gravedad. En La caída del imperio americano (2018) parte de una pieza del engranaje que se siente fuera del mismo, una pieza insatisfecha que no ha encontrado su lugar, ni siente que sea posible en nuestro escenario social. En la primera secuencia, Pierre (Alexandre Landry) expresa cómo siente que este mundo no valora la inteligencia sino la necedad. No hay aprecio por el desarrollo intelectual, ni por el conocimiento. No son la vía de acceso para el éxito. Incluso, piensa que escritores o filósofos reconocidos no destacaban por su inteligencia emocional o su rigor ético. Por eso, él que es licenciado de filosofía está trabajando como repartidor de correos. Es un mensajero que transita, invisible, irrelevante, ese espacio intermedio que es vacío y periferia a un mismo tiempo. Todo esto se lo expresa a su pareja, quien rompe con él dada su visión, tenebrista y derrotista, de para qué hacer nada si no es posible nada a no ser que carezcas de escrúpulos o seas un necio.

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De todas maneras, Pierre carece de entusiasmo vital, como si el horizonte de su vida lo sintiera perpetuamente encapotado, pero no mira a su ombligo. De hecho, se dedica a la atención de indigentes en comedores de los servicios sociales. Se siente derrotado por la realidad, o por el escenario dominante en que se ha convertido, cuyo valor primordial, como instrumento y finalidad, es el dinero, pero dentro de sus posibilidades atiende a los que son más desfavorecidos. Dispone de mirada periférica social. Es alguien consciente de que las calles están rebosantes de indigentes, sobre todo pertenecientes a la etnia de los inuit. Una periferia de la mirada que son pocos los que cultivan o atienden, como si no existiera, porque ante todo nos importa la parcela propia. Pero ¿Cómo reaccionaría alguien si se encontrara con el cuantioso botín de un robo? O de modo más específico: ¿Cómo reaccionaría alguien con una actitud que diverge de la que considera predominante?

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Pierre se confronta con quien podría representar su opuesto, alguien que se preocupa ante todo de su beneficio, que no mira alrededor, ni se preocupa de la periferia, como es el caso de la escort más cara de Montreal, Aspasia/Camille (Maripier Morin). Aunque quizá haya actitudes que sí sean flexibles, y sí puedan modificarse. Pierre contrata un sueño, porque también se siente torpe en el terreno sentimental, como quien siente que no podría materializar sus sueños a no ser que simplemente los comprara de modo provisional. Pero la fantasía se convierte en duración, y la representación en la singularidad de alguien con el relieve de las huellas que han marcado las decisiones y prioridades de su vida, direcciones marcadas como las necesarias para consolidar la particular fortaleza que saque provecho de las coordenadas básicas de un escenario social, las transacciones o los intercambios (de egoísmos simulados), aunque Camille los practique como profesión, sin doblez alguna. Por eso, la honestidad de alguien como Pierre conecta con la entraña relegada de quien se ha acoplado o adaptado a una dinámica instituida. Y demuestra que es posible reestructurar una actitud, una relación con la realidad. Aunque, por otro lado, Camille le plantea una incisiva interrogante: si no cree que disponer de tantos millones le convertirá, como a tantos, en prisionero o siervo del consumismo. Como le dice, ya verás en cuanto hagas submarinismo en Belice. La borrachera de poseer, disfrutar de todo lujo, o consumir lo que sea cuando se puede es la trampa de arena movediza idónea para seguir perpetuando un estado social en el que dinero es la pantalla y protagonista fundamental. O su circulación, como si nosotros fuéramos meramente los repartidores.

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La narración se despliega en dos líneas que se conjugan de modo armónico. Por un lado adopta ciertos ropajes o patrones narrativos de las películas de los atracos. Al fin y al cabo, Pierre es lo que realiza, el atraco a un sistema. Para lograrlo debe sortear tanto a la ley como hacer conveniente uso de los escurridizos y enmarañados recovecos de los engranajes financieros. Esos que propician los fraudes, los lavados de dinero, la dinámica corriente de quienes manejan el sistema tras la pantalla enriqueciéndose con la especulación. La segunda línea depara una mordaz reflexión sobre esta sociedad materialista construida sobre lo intangible, esa circulación de dinero o valores que se puede camuflar en intrincados laberintos que pueden vincular a múltiples entidades financieras distribuidas por diversos continentes. Como un truco de magia, lo que está no parece que está, o cómo aprovechar esos amplios márgenes de maniobra que permite ese maleable escenario financiero. Todo es cuestión de saber dominar los trucos, o de saber desenvolverse en las bambalinas de la red. Todo es cuestión de apariencias. El repartidor aprende a jugar en ese escenario con la asistencia de quienes dominan sus herramientas o trucos para, por una vez, lograr ser quien se beneficie (ya que hasta las instituciones legales sacan su tajada cuando frustran esa infracción). Aunque eso no implica que se preocupe ya sólo de su ombligo. Porque su mirada seguirá preocupándose de la periferia. Por eso, la narración concluye con los rostros de diversos indigentes inuit que miran a cámara, que nos interpelan de modo directo para recordarnos lo que nuestras omisiones y acciones aportan a un sistema, a un estado de cosas. Por si en alguna ocasión miramos más allá de nuestro ombligo.