Tengo un conocido, que llaman Pirri, y es rico (bueno, rico a la manera de la ciudad australiana más oriental, Byron Bay “que oscila entre el boom y la quiebra durante los últimos 150 años”, según leo en el espléndido libro “Australia” que publica ese editor loco, como la mayoría, Jerónimo Páez en su sello ALMED) y está muy disgustado con esta primavera  adelantada que nos baña de tibieza y luz durante los últimos días. No sabe qué comer, pues el gazpacho aún no ha desplazado a las cremas y purrusaldas de los restaurantes; no sabe qué americana ponerse, si de lana o rayón, y no está seguro si tirarse a la piscina o continuar con la sudadera de la cinta en el gimnasio. Está tan inquieto y punto asqueado con el tiempo que salvo “el rato de la caña del mediodía al solecito”, nada le calma.

Comer en londres, J.O. barbacoaEn esa desazón quejicosa, el último viernes arroyó a Jenny, su secretaria -pantorrillas de Dior y boquita de carmín Rouge Coco de Chanel- con  un vociferante “¡Saca billetes para Londres, me voy con Serena esta tarde y regreso el domingo al mediodía!”.

Londres es los más para Pirri -43 años, ojeras de truhán y buen nadador entre las comisiones de fondos-. Hasta la ciudad del Támesis viaja el dinero de todo el mundo con la determinación de ser quemado en restaurantes de lujo y tiendas tan exóticas que una gota de perfume se paga a 500 libras. Allí te adivinan el volumen de la cartera y el ansia de diversión observando tu fondo de ojo. “Londres no es Paris –observa Pirri- donde todo es aristocrático y nada tiene que no poseamos nosotros, sólo que es cinco veces más caro. En Londres, no. Allí tropiezas con novedades cada segundo. Ese vino coreano que sabe a mora y avellana, la carne de un determinado mono birmano que recuerda a nuestro cabritillo entre romeros y juncias o un whisky de Nueva Guinea-Papúa que exporta para la city un hippy que huyó de Stirling, Escocia, hace cuarenta años buscando la felicidad en las inmediaciones de Alostau”.

Byron-Bay, Australia Byron-Bay, Australia



Todo esto es lo que pone a Pirri y estimula a Serena  (nada que ver con Serena Vergano, ella es hija de un adinerado chatarrero de Talavera de la Reina, pero eso sí, ha salido con la clase estólida de una aristócrata victoriana y la belleza desenvuelta de las grandes pijas madrileñas). Allí se han encontrado curioseando camisas y corbatas con miembros de la familia emiral de Qatar y aplaudiendo una obra de Shakespeare en un teatro del West End junto a un rey zulú. Londres mola mucho, demasiado. “¡Hasta Mourinho triunfa (o eso pretende) en el Chelsea, el equipo de los torys!”.

En esta ocasión consiguió mesa para cenar el sábado en el restaurante Barbacoa de Jamie Oliver. No sabe como la obtuvo su colega Carrye. Seguro que hubo trueque de favores. A las ocho y media en punto estaban sentados en la mesa. Algo más de luz, algo más de ruido y la sonrisa algo más expresiva que en nuestros michelines patrios. Pero al igual que en estos santuarios del paladar y los demás sentidos, no tiene un olor especial: un ambiente agradable al que pareciera que le hubieran cortado la punta de las sensaciones más atrevidas.

Les reciben con unos aperitivos entre los que destaca un whisky japonés, Yamazaki de 18 años, tocado con jalea y absenta, y unas piececitas de carne de wagyu y bacon; también llenan unos vasos hasta el borde de agua francesa y llegan unas croquetas de carne de cerdo sobre kimchi (verdura coreana). Pirri repite el whisky, el punto que le da la absenta le vuelve loco. Serena festeja las croquetas y se queda colgada de los ojos del camarero (¿mitad francés, mitad vietnamita?) que ayuda al sumiller: parecen esmeraldas bañadas en cerveza.

Nadie les advirtió de que en la casa predilecta del famosísimo cocinero, el cordero y el cochinillo fueran los reyes. Serena jamás los hubiera pedido en España pero en aquel templo de la cocina londinense…La paletilla de cordero ahumada, marinada con salsa picante marroquí (harissa) y rociada de almendras, le fascinó. Y hasta un lugar hubo en su estómago para unas costillitas de Corea.

“Aunque lo que nos tumbó de felicidad fueron las bebidas. A Serena nunca se le olvidará esa ginebra en un vaso untado de natillas y ruibarbo, y bien chorreada de zumo de limón. Y a mí un burbon con manzana tierna y canela en rama, con una pizca de jarabe vegetal, naranja, cerezas… “.

- Bueno, ¿y después de este banquete, follaríais, no?

- Pues mira, no, se nos olvidó.

P.D.- Cuando cuelgo el teléfono entro en internet para curiosear sobre el restaurante de marras. Y leo que en el año pasado The Times desveló el secreto mejor guardado de Oliver: una inspección de sanidad que encontró “carne enmohecida, instrumentos sucios y piezas de ternera japonesa, tuétano, rabo de buey y lomo de caña, que habían pasado sus fechas de caducidad. El producto fresco brillaba por su ausencia”. Pero no quise decirle nada. Seguro que Pirri lo sabe y se lo ha perdonado.