Traten de imaginar lo que les supone el aumento del IVA que, en primer lugar, afecta a la totalidad de su ingreso puesto que todo él se dedica al consumo. En el caso del material escolar de sus hijos el aumento va desde el 8% al 21%. Para quienes disfrutan de rentas altas el aumento del IVA es irrelevante, para los mileuristas es un duro contratiempo y para los que cobran el salario mínimo es una calamidad. Añádase una inflación por encima del 2%, un encarecimiento de las medicinas, etc. y la miseria en que el sistema hunde a esas gentes aparecerá más clara. Su salario es realmente mínimo y su dignidad lleva camino de serlo. El sufrimiento provocado por los recortes y las reformas impositivas se está distribuyendo de forma escandalosamente no igualitaria.

Dentro de unos meses, el mismo gobierno volverá a imponer un nuevo sacrificio a esas mismas gentes volviendo a congelar su salario mínimo o elevándolo simbólicamente pero por debajo de la inflación, es decir, reduciéndolo en términos reales. Se les dirá que “todos” debemos sacrificarnos, pero el problema es que unos se despeinan un poco mientras otros reciben latigazos a diario. Se les argumentará que es inevitable porque no hay dinero, pero se exhibirán impúdicamente ante ellos apoyos multimillonarios a entidades financieras en crisis, exenciones fiscales y dádivas a la Iglesia, o apoyos a la “fiesta nacional” por su contribución a la cultura. El “servicio” nació para sufrir y aunque ellos, mentes sencillas, no puedan entenderlo, los señoritos nacidos para mandarles sí pueden.

Cuando se grava en una pequeña cantidad a un pobre se agrava sensiblemente su situación. Los perceptores de salario mínimo son evidentemente pobres y los mileuristas (cerca de la mitad de la población) rozan o viven en la pobreza. Cuando se niega la ayuda mínima a quien nada tiene se le niega todo, empezando por su capacidad de mantener dignidad y hasta honestidad. Cuando se piden 700 euros a inmigrantes sin papeles por asistencia sanitaria se les anuncia que sus vidas sí tienen un precio y muy bajo por cierto.

Y todo esto en el país en que el Consejo General del Poder Judicial se autorizó a sí mismo la no inspeccionabilidad de sus gastos de viaje y al menos el jefe de la cuadrilla D. Carlos Dívar se tomaba fines de semana de 4 días y además nos cargaba los gastos. En el país en que las cuentas de partidos, sindicatos, organizaciones empresariales e Iglesia son un secreto indescifrable por motivos fáciles de imaginar.

Se habla de crisis de valores, cuando lo que hay es la vuelta al poder de los contravalores de siempre: el respeto (a la propiedad privada), la caridad (para evitar que cunda la solidaridad y lavar la propia conciencia), el orden (la calle es suya como expresó Fraga), la moral (para prohibir cualquier alternativa de vida diferente), el patriotismo (de una sola patria grande y libre como “él” la quería), la unión (es decir la eliminación de la discrepancia), y la centralización (abolir nuestros fueros y autonomía).

El tsunami neoliberal que creó la crisis y se ha erigido en el experto capaz de sacarnos de ella, prioriza los intereses económicos de los fuertes a las necesidades de los débiles, la moralidad de prohibición a la ética del respeto y la solidaridad, el nacionalismo imperial al respeto a las minorías. Los sacrificios que exige son inversamente proporcionales a la capacidad de soportarlos, a salario mínimo sacrificio máximo.

Debemos tomar conciencia de la naturaleza ideológica neoliberal de la política actual disfrazada de tecnocrática e inevitable. La tarea no es fácil en un país asustado y desinformado por los medios de información de la extrema derecha hoy dominantes. Si no lo logramos, la justicia social, la solidaridad, el respeto a la diferencia, el respeto a las minorías, el talante democrático, o la igualdad de oportunidades deberán esperar y pasarán muchos años antes de que vuelvan a ser prioridades sociales.

Sixto Jiménez es economista y empresario