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Opinión

España de luto

Sería un gesto de respeto por todos los fallecidos y sus familiares, la compostura de la clase política pero, desgraciadamente, los carroñeros no suelen usar buenas maneras

Manuel Francisco Reina
Banderas a media asta durante el luto oficial

Banderas a media asta durante el luto oficial

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Éste miércoles España ha entrado en el periodo de luto oficial más largo de la historia del país como homenaje a las más de 27.000 víctimas mortales que el coronavirus ha dejado entre nuestros familiares, amigos y compatriotas. Las banderas, que ya ondean a media asta en todas las sedes de organismos oficiales, lucirán un crespón en hasta el próximo 6 de junio. Así se recoge en el Real Decreto promulgado “Porque es bueno que la sociedad que trabaja junta por el bien común pueda manifestar también junta su dolor, porque es digno consolidar los vínculos sociales con un duelo colectivo y unitario”. La urgencia sanitaria y nacional nos había acogotado a todos pero, era necesario, imprescindible, presentar nuestros respetos como país por todos aquellos que ayudaron a levantarlo, pues el índice de fallecimientos ha sido mayor entre las generaciones que, callada y responsablemente, hicieron posible la transición, y el viaje de nuestra nación a la contemporaneidad. Yo confieso que me he dejado homenajes y reconocimientos por el camino, como el de mi querido y admirado amigo, el periodista José María Calleja, cuya muerte me sorprendió en pleno golpe por la pérdida de mi madre. Un periodista comprometido, sin servidumbres, salvo las de su conciencia, mentor de muchas generaciones de periodistas desde su labor docente en la Universidad. Lo conocí en Madrid, gracias a la amistad común del también profesor José Manuel Morcillo, y trabamos afecto y simpatía enseguida. Fue jurado en todos los años de existencia del Premio de Periodismo Zerolo en Torremolinos, que creé y coordiné hasta su inexplicada desaparición, y compartimos debates, reflexiones y puestas en común sobre la realidad política y social de nuestro país. Hasta un par de días antes de que se le detectara la enfermedad estuvimos intercambiando llamadas y mensajes, preocupado por mis circunstancias familiares, sin que él le diera importancia a los síntomas ni signos que, fatalmente, se lo llevaron con 64 años. Un periodista y un hombre entrañable y necesario en nuestra sociedad, que adolece de compromiso sin ira, ni mezquindades. No pudo con él la amenaza terrorista de ETA, en los años más duros en Euskadi, y un pequeño virus asesino nos ha dejado a todos sin su sonrisa inteligente, sin su labor incansable,  y sin su compañía. Muertes, muertes inesperadas e irremediables por las que debemos, con humildad y referencialmente, ser mejores, más humanos, menos ruines.

Como Calleja, otros muchos nombres conocidos u anónimos. Son 10 días de homenaje a las víctimas del Covid-19, “en recuerdo de todas las víctimas provocadas por la violencia, el terror, las catástrofes o la enfermedad”,  puntualiza la orden firmada por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, publicada el pasado miércoles en el BOE. Y es necesario que así sea porque, a las injustas muertes por la inesperada pandemia, también hay que sumar las silenciosas muertes, sin duelo posible ni despedidas, lo sé en carne propia, de todas aquellas familias que nos hemos visto inmersas en procesos de muertes de familiares por otras dolencias, sin posibilidad de pasar el duelo por los protocolos sanitarios.  En el Real Decreto,  jefe del Ejecutivo asegura que es  “justo homenajear a los compatriotas que han sacrificado sus vidas en el cumplimiento del deber ante una amenaza insólita contra la salud y el bienestar de la nación. Porque es necesario expresar el respeto a las generaciones mayores que, después de trabajar durante años difíciles por nuestro progreso, se han visto especialmente afectadas por la pandemia, y porque es proporcionado expresar el convencimiento de que la valoración de los cuidados en las decisiones públicas es la apuesta más fecunda por el futuro”.

Asegura el Diccionario de la Real Academia que el Luto es un “signo exterior de pena y duelo en ropas, adornos y otros objetos, por la muerte de una persona”. Una cuestión formal que no es baladí en una nación que parece haber perdido el decoro, el respeto y las formas en todo lo importante, que traslucen y trascienden el fondo. Sería un gesto de respeto por todos los fallecidos y sus familiares, la compostura de la clase política pero, desgraciadamente, los carroñeros no suelen usar buenas maneras para nutrir sus necesidades alimenticias. Frente a la vociferante e irresponsable algarabía de los que usan las muertes como munición, como indican medios internacionales como el New York Times, yo me quedo con el recogido y respetuoso silencio, de los que tenemos que acomodar el dolor y las ausencias en nuestro día a día. Muchos de los que y las que incendian nuestra cotidianeidad se visten de negro aunque, como dice la letra flamenca “el luto que es sentío/ se lleva en el corazón/ y no en el color del vestío”.

Etiquetas España Coronavirus
Manuel Francisco Reina

Sobre el autor

Manuel Francisco Reina

El que faltaba

Manuel Francisco Reina es un escritor, periodista y crítico literario español. Desde joven demostró una gran pasión por la literatura y por la cultura en general, lo que le llevó a formarse académicamente en estas áreas.

Nacido en Cádiz en el año 1974, estudió Filosofía y Letras, especialidad en Filología Hispánica en la Universidad de Cádiz, y posteriormente cursó estudios de Grado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Fue cronista de Cultura del diario ABC y ha colaborado con La Vanguardia, Diario de Cádiz, Babelia, Zero o GQ.

En su trayectoria profesional destaca su colaboración con diversos medios de comunicación y publicaciones culturales. Actualmente es colaborador de opinión del diario digital ElPlural.com, donde es firma fija de opinión cultural y política en la sección “El que faltaba” desde el año 2015.

Anteriormente, fue titular de la sección “La Verdad del Cuento” en la que publicó artículos y reportajes sobre cultura, desde mayo de 2008 hasta mayo de 2010. También es miembro de la Academia de Artes Escénicas de España, lo que refleja su compromiso con la cultura y las artes escénicas en particular.

Entre sus últimas publicaciones destaca el poemario Servido en frío, que le valió el Premio Jaime Gil de Biedma de Poesía, otorgado por la Diputación de Segovia. Igualmente fue relevante La princesa Paca, co-escrito junto con Rosa Villacastín y publicado en el año 2014, libro del que posteriormente se hizo una adaptación para la televisión en cuyo guion colaboró el propio Reina.

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