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Nacer en 2007 y jugar en el Barcelona puede ser una bendición o una condena. Es el año de Lamine Yamal, de Pau Cubarsí y de Marc Bernal, una generación que ha tenido la insolencia de saltarse casi todos los pasos que suelen separar el fútbol formativo de la élite. Xavi Espart pertenece a esa misma cosecha, aunque su historia se ha escrito de otra manera. Mientras otros encontraban pronto su lugar bajo los focos, él seguía buscando el suyo sobre el césped. Un día en el centro, otro en la derecha, después en la izquierda. Quizá por eso ha tardado algo más en llamar la atención. O quizá por eso, precisamente, estaba preparado cuando llegó su oportunidad. A los 19 años, Espart se asoma al Clásico sin haber necesitado convertirse en el próximo Lamine Yamal.
Su historia no responde exactamente al relato habitual del niño prodigio que deslumbra desde pequeño y termina llegando al primer equipo por pura inercia. Espart ha tenido que aprender a ser varios futbolistas dentro de uno solo. Durante años fue centrocampista, hasta que una necesidad de su equipo lo llevó al lateral. Lo que parecía una solución de emergencia terminó convirtiéndose en una alternativa permanente. Desde entonces, ha cambiado tantas veces de posición que resulta difícil definirlo sin quedarse corto. En un fútbol obsesionado con encontrar especialistas, el Barcelona ha descubierto a un jugador que parece sentirse cada vez más cómodo haciendo justo lo contrario.
Once años para encontrar un sitio
Xavi Espart nació en Barcelona el 21 de mayo de 2007. Empezó a jugar al fútbol en el Europa cuando apenas tenía cuatro o cinco años y posteriormente se trasladó con su familia a Vilassar de Mar. Allí continuó su formación hasta que el Barça se fijó en él. En el verano de 2015, con ocho años, ingresó en La Masia procedente de la UE Vilassar de Mar. Todavía faltaba más de una década para que su nombre empezara a aparecer en las alineaciones del primer equipo.
El Barcelona había encontrado a un niño con buenas condiciones técnicas y facilidad para comprender el juego. Jordi Roura, que participó en su incorporación a la cantera azulgrana, recordaba años después en una entrevista con AS que una de las características que más llamaron su atención fue precisamente su manera de relacionarse con el balón. No destacaba únicamente por lo que hacía, sino también por entender lo que estaba sucediendo a su alrededor.
Durante sus primeros años, Espart se acostumbró a mirar el fútbol desde el centro del campo. Creció fijándose en Xavi Hernández, Andrés Iniesta y Sergio Busquets, tres nombres que representan buena parte de la identidad futbolística que el Barcelona ha construido durante las últimas décadas. Su referente más importante fue Busquets, un jugador que rara vez necesitaba correr más que los demás porque acostumbraba a saber antes que nadie hacia dónde debía moverse.
El caso de Espart tiene algo de aquella escuela. No porque resulte razonable compararlo con quienes marcaron una época, sino porque su educación futbolística explica muchas de las decisiones que toma ahora sobre el césped. Aprendió a recibir rodeado de compañeros, a reconocer espacios pequeños y a buscar soluciones antes de que llegara la presión rival. Son habilidades que no desaparecen cuando un futbolista se desplaza unos metros hacia la banda.
Su camino, además, coincidió con el de una generación extraordinaria. Lamine Yamal, Pau Cubarsí y Marc Bernal terminaron llegando muy pronto al primer equipo, aunque cada uno lo hizo desde circunstancias distintas. Espart tuvo que recorrer más etapas. Debutó con el Barça Atlètic en agosto de 2024, todavía en edad juvenil, y durante la temporada 2025/26 llegó a convertirse en uno de los capitanes del filial. Mientras otros compañeros ya se habían instalado en la conversación del fútbol europeo, él seguía acumulando partidos y responsabilidades lejos de los grandes escaparates.
La diferencia no estaba necesariamente en el talento, sino en los tiempos. En La Masia, donde cada generación parece obligada a encontrar al siguiente gran futbolista, también hay espacio para quienes necesitan un recorrido menos inmediato.
El centrocampista que terminó viviendo en la banda
El cambio que terminaría definiendo su carrera llegó casi por accidente. Durante su etapa cadete, el Barcelona se quedó sin laterales derechos disponibles y sus entrenadores decidieron probar a Espart en esa posición. Hasta entonces había jugado principalmente como mediocentro. La idea tenía sentido: el equipo utilizaba laterales que participaban por dentro y necesitaba a alguien capaz de interpretar el juego como un centrocampista.
La prueba funcionó. Espart empezó a sumar minutos en la banda derecha y, poco a poco, aquella solución provisional se convirtió en una nueva forma de entender su fútbol. Cuando faltaba un mediocentro, regresaba al centro. Cuando hacía falta un lateral, volvía a desplazarse hacia fuera. Más adelante también aprendería a jugar por la izquierda e incluso como interior.
La adaptación, sin embargo, no fue tan sencilla como podría parecer desde fuera. En una entrevista con la Real Federación Española de Fútbol, el pasado septiembre, reconoció que inicialmente le costaba cambiar de posición. Había terminado acostumbrándose a jugar como lateral y cada regreso al puesto de pivote le obligaba a reajustarse. Con el tiempo, aquello que le generaba dificultades terminó siendo una de sus principales virtudes.
Su filosofía actual puede resumirse en una frase que pronunció durante aquella conversación: "Siempre he dicho que lo importante es jugar".
No parece una declaración revolucionaria, pero contiene buena parte de su trayectoria. Espart nunca ha tenido una posición a la que aferrarse. Su carrera ha avanzado a partir de las necesidades de los equipos en los que ha jugado. En lugar de reclamar un lugar concreto, ha aprendido a encontrarlo allí donde podía resultar útil.
Juliano Belletti también tuvo un papel importante en ese aprendizaje. El brasileño, que conoce bien las exigencias de jugar como lateral en el Barcelona, trabajó con Espart durante su formación y le transmitió conceptos defensivos. El canterano contó a AS que uno de sus consejos consistía en conseguir que el rival prefiriera atacar por la otra banda. Una enseñanza aparentemente sencilla para alguien que había crecido más pendiente de construir jugadas que de impedirlas.
Con el tiempo, Sergi Roberto se convirtió en otro de sus referentes. No es una elección casual. El exjugador azulgrana también había pasado del centro del campo al lateral y había construido buena parte de su carrera gracias a la capacidad para ocupar posiciones distintas.
Espart pertenece a esa clase de futbolistas que desafían las etiquetas. Cuando juega pegado a la banda, conserva los mecanismos de un mediocentro. Cuando aparece por dentro, aprovecha los espacios que se abren a partir de su posición inicial. Su polivalencia no consiste simplemente en poder ocupar diferentes lugares del campo, sino en comprender qué necesita el equipo en cada uno de ellos.
De la generación de Lamine al equipo de Flick
Su primera gran oportunidad con el Barcelona llegó en marzo de 2026, durante el partido de ida de los octavos de final de la Champions League contra el Newcastle. Hansi Flick recurrió a él en los últimos minutos de un encuentro exigente y el canterano respondió con personalidad. Apenas tuvo tiempo para intervenir, pero fue suficiente para dejar una buena impresión.
Después del partido, el entrenador alemán lo comparó con Philipp Lahm, uno de los futbolistas que mejor interpretaron la transición entre el lateral y el centro del campo. La comparación resultaba especialmente significativa por la trayectoria de Flick en el Bayern de Múnich, aunque también suponía una exigencia considerable para un jugador que acababa de estrenarse en la élite.
Espart recibió el elogio con agradecimiento. En una entrevista posterior con AS explicó que, antes de entrar al campo, Flick le había transmitido dos mensajes fundamentales: confiar en sí mismo y jugar con seguridad. No necesitó mucho más.
El verano siguiente terminó de impulsar su progresión. Primero llegó el título del Europeo sub-19 con España, una selección en la que había seguido desempeñándose como centrocampista. Después, una pretemporada con el Barcelona que le permitió convencer al cuerpo técnico de que podía tener un sitio entre los mayores.
El arranque del curso 2026/27 confirmó que aquella apuesta no era pasajera. Flick comenzó a utilizarlo como lateral izquierdo, pese a tratarse de un futbolista diestro y formado principalmente en otras posiciones. Espart respondió con actuaciones que le permitieron ganar continuidad. En septiembre marcó su primer gol oficial con el primer equipo, ante el Levante, y ese mismo mes recibió la llamada de la selección española sub-21.
En cuestión de meses, había pasado de competir en categorías inferiores a convertirse en una alternativa habitual para un equipo que aspira a todos los títulos. Él mismo reconocía que todo había sucedido más rápido de lo esperado. Su familia y sus amigos, todos muy vinculados al Barcelona, tampoco terminaban de asimilarlo.
La irrupción de Espart aporta otra lectura sobre la generación de 2007. No todos sus integrantes han necesitado el mismo camino para llegar a la élite. Lamine Yamal apareció como un talento generacional difícil de encasillar. Cubarsí encontró muy pronto su sitio en el centro de la defensa. Bernal también adelantó etapas desde el mediocampo. Espart, en cambio, ha tenido que construir su identidad a partir de varias posiciones. No ha llegado siguiendo los pasos exactos de sus compañeros, sino encontrando una ruta propia.
París, el lugar donde dejó de ser una promesa
El pasado martes, 20 de octubre, Espart vivió una de esas noches que pueden cambiar la percepción sobre un futbolista joven. El Barcelona visitaba al Paris Saint-Germain en la Champions League y Flick le entregó una responsabilidad considerable: jugar como lateral derecho ante un rival que cuenta con algunos de los atacantes más desequilibrantes de Europa.
Enfrente estaba Khvicha Kvaratskhelia. El georgiano acostumbra a convertir cada enfrentamiento individual en un problema para los defensas, pero Espart consiguió contener buena parte de sus intentos. No jugó como alguien que estuviera descubriendo el escenario, sino como un futbolista acostumbrado a interpretar situaciones de máxima exigencia.
Y entonces llegó el minuto 55. Espart arrancó desde atrás, encontró a Fermín López, recibió la devolución del balón y se internó en el área parisina. Allí resolvió la jugada con un potente disparo de derecha que superó a Matvéi Safónov. Era su primer gol en la Champions League y servía para igualar momentáneamente un partido que terminaría perdiendo el Barcelona por 4-2.
El tanto escondía una coincidencia especialmente llamativa. Casi un año antes, Espart también había marcado contra el PSG, aunque entonces lo había hecho en la Youth League, con el juvenil del Barcelona. El rival era el mismo, pero todo lo demás había cambiado: el escenario, la competición, sus compañeros y las consecuencias de cada acción.
En doce meses había pasado de disputar una competición juvenil a marcar en el Parque de los Príncipes con el primer equipo. Era difícil encontrar una imagen mejor para resumir la velocidad a la que había avanzado su carrera.
Su actuación tuvo además un valor que iba más allá del gol. Espart había demostrado que podía competir contra uno de los extremos más exigentes del continente sin renunciar a participar en el juego ofensivo. La derrota impidió que la noche terminara en celebración, pero no borró la sensación de que el Barcelona había encontrado algo importante.
Para un futbolista acostumbrado a cambiar de posición, París fue la confirmación de que su lugar en el equipo no dependía de ocupar siempre el mismo puesto.
El Clásico como siguiente estación
Cuatro días después de aquella noche europea, Espart se encuentra ante la posibilidad de disputar uno de los partidos más importantes del calendario. El Real Madrid visita este domingo el Spotify Camp Nou y el canterano apunta a ocupar el lateral derecho en los planes de Flick, en un contexto marcado también por los problemas físicos de Jules Koundé.
La oportunidad resume las contradicciones de su carrera. Un jugador que creció como mediocentro puede acabar teniendo la responsabilidad de defender una banda en el encuentro de mayor rivalidad del fútbol español. Un integrante de la generación de Lamine Yamal y Cubarsí, que tardó más en instalarse en el primer equipo, puede terminar compartiendo con ellos el escenario que de niño contemplaba desde la distancia.
Queda por ver qué papel tendrá definitivamente en el Clásico y cómo responderá cuando la exigencia vuelva a aumentar. A sus 19 años, Espart todavía debe completar su formación, mejorar aspectos defensivos y demostrar que puede mantener este nivel durante una temporada entera. Su polivalencia le ha abierto muchas puertas, pero la continuidad será la que determine hasta dónde puede llegar.
De momento, su historia deja una enseñanza poco habitual en un fútbol que se empeña en encontrar cuanto antes el lugar exacto de cada talento: a veces no es necesario decidir demasiado pronto qué futbolista se quiere ser.
Xavi Espart ha pasado once años cambiando de posición, de categoría y de responsabilidades. Ha jugado en el centro, en la derecha y en la izquierda. Ha sido juvenil, futbolista del filial y ahora una alternativa real para Hansi Flick. Ha marcado en París y se prepara para un posible Clásico. Quizá algún día encuentre una posición definitiva. Aunque, viendo su trayectoria, tampoco parece tener demasiada prisa.





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