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Este próximo jueves 22, el Celta vuevle a rememorar otro partido histórico de sus andaduras europeas. La semana anterior fue contra la Juventus y esta contra el Celtic. El escenario fue la Copa de la UEFA de 2002, en la tercera ronda ambos equipos se enfrentaron, saliendo victorioso el conjunto escocés.
Detrás de aquel resultado se encuentra una institución cuya historia va mucho más allá del fútbol: un club fundado para dar de comer a los niños pobres del este de Glasgow que hoy cotiza en bolsa y debe conciliar su herencia social con las exigencias de una industria multimillonaria.
Un club creado para llenar platos
La historia del Celtic comenzó en 1887, cuando el hermano marista Andrew Kerins, conocido como Brother Walfrid, impulsó la creación de un equipo de fútbol para recaudar fondos destinados a combatir la pobreza en el East End de Glasgow. La ciudad recibía a numerosos inmigrantes irlandeses que buscaban una vida mejor, pero muchos se encontraron con dificultades para acceder al trabajo, alimentar a sus familias e integrarse en una sociedad marcada por la desigualdad y la discriminación.
Walfrid encontró en el fútbol una herramienta para responder a aquella situación. La idea era sencilla: crear un club capaz de atraer a espectadores y generar ingresos con los que financiar iniciativas benéficas, entre ellas la alimentación de niños necesitados. El Celtic no nació, por tanto, como un negocio que posteriormente incorporase una vertiente solidaria, sino como un proyecto futbolístico concebido para sostener una causa social.
Ese origen se convirtió en una parte inseparable de su identidad. El vínculo con los barrios populares de Glasgow y con la comunidad irlandesa ha sobrevivido a los cambios deportivos, económicos y organizativos del club. Para buena parte de sus seguidores, vestir de verde y blanco representa algo más que apoyar a un equipo: significa pertenecer a una tradición construida alrededor de la comunidad, la memoria y la solidaridad.
Una identidad que también se mide frente al Rangers
La dimensión social del Celtic está estrechamente ligada a la historia de Glasgow y a su rivalidad con el Rangers. El llamado Old Firm ha sido tradicionalmente un enfrentamiento marcado no solo por la competición deportiva, sino también por las diferencias religiosas, culturales y políticas presentes en la ciudad.
El Celtic quedó históricamente asociado a la inmigración irlandesa, al catolicismo y a las simpatías nacionalistas irlandesas. El Rangers, por su parte, se vinculó durante décadas al protestantismo y al unionismo británico. Esa división llegó a expresarse en episodios de discriminación religiosa y en una rivalidad que desbordó las gradas, aunque las identidades de ambas aficiones son hoy más diversas de lo que sugieren las etiquetas tradicionales.
La política continúa formando parte de la cultura de una parte del celtismo. En las gradas conviven referencias a Irlanda, símbolos de solidaridad internacional y reivindicaciones que conectan la historia de los inmigrantes con otras causas. No todos los seguidores comparten las mismas ideas, pero la dimensión social y política sigue diferenciando al Celtic de la imagen de un club cuya única finalidad sea ganar partidos y títulos.
Esa herencia ayuda a explicar por qué las decisiones de la directiva pueden generar reacciones que van más allá de lo económico. Para una parte de la afición, la institución no es únicamente una empresa deportiva, sino también un patrimonio colectivo que debe conservar una relación especial con sus raíces.
De la recaudación benéfica a los accionistas
La transformación empresarial del Celtic tomó impulso en los años noventa. En 1994, el empresario Fergus McCann asumió el control del club en un momento delicado y promovió una reorganización que culminó con su salida a bolsa en 1995. La apertura del capital permitió captar recursos para el proyecto y amplió la participación de los accionistas, incluidos aficionados que compraron títulos de la entidad.
Desde entonces, el Celtic opera a través de Celtic plc, una sociedad cuyas acciones cotizan en el mercado AIM de la Bolsa de Londres. La estructura implica una realidad distinta a la del club concebido por Brother Walfrid: además de competir, debe gestionar ingresos, inversiones, contratos comerciales, derechos audiovisuales, entradas y operaciones en el mercado de fichajes. Las decisiones de su dirección afectan tanto al rendimiento deportivo como al valor y los intereses de la compañía.
Las cifras muestran la dimensión alcanzada. En el ejercicio 2024-2025, el Celtic comunicó unos ingresos de 143,6 millones de libras y un beneficio después de impuestos de 33,9 millones. Las plusvalías vinculadas a la compraventa de jugadores alcanzaron los 31,5 millones de libras, una muestra de hasta qué punto el mercado futbolístico forma parte de su modelo económico.
El negocio no elimina necesariamente la posibilidad de mantener un compromiso social, pero sí introduce prioridades que pueden entrar en conflicto. La estabilidad financiera, la rentabilidad de las operaciones y la gestión del capital conviven con una afición que espera decisiones deportivas ambiciosas y una dirección que actúe de acuerdo con la identidad histórica del club.
Cuando la comunidad reclama su lugar
La tensión entre la institución y parte de sus seguidores ha vuelto a quedar patente en 2026. El 3 de octubre, un grupo de aficionados protestó contra Dermot Desmond, principal accionista del Celtic, durante el torneo de golf Alfred Dunhill Links Championship, celebrado en St Andrews. La acción incluyó el lanzamiento de pelotas de tenis con imágenes del empresario tachadas.
La respuesta del club fue contundente. La entidad condenó la protesta, consideró que había sido organizada de antemano y anunció que dejaría de reconocer al Celtic Fans Collective como interlocutor representativo, además de advertir de posibles sanciones a los implicados. El colectivo, por su parte, defendió la protesta como una forma de exigir responsabilidades y reclamar cambios en la dirección, en un contexto de malestar por la gestión deportiva y las decisiones de la cúpula.
El episodio refleja una disputa sobre quién tiene voz en el futuro del club. La dirección defiende la necesidad de proteger la institución y sus órganos de gobierno frente a acciones que considera inaceptables. Parte de la afición, en cambio, sostiene que la dimensión popular del Celtic debe traducirse en una mayor rendición de cuentas por parte de quienes toman las decisiones.
No se trata de que todos los seguidores compartan las mismas reivindicaciones ni de que la protesta represente al conjunto del celtismo. Pero el choque evidencia que la relación entre el club y su comunidad continúa siendo un asunto central, precisamente porque la identidad del Celtic se ha construido sobre algo más que su actividad comercial.




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