Dormir bien durante una ola de calor se ha convertido en uno de los grandes retos de cada verano. Las conocidas como noches tropicales, en las que la temperatura mínima no desciende de los 20 grados, y especialmente las noches tórridas, por encima de los 25 grados, son cada vez más frecuentes y dificultan el descanso de millones de personas.

Sin embargo, el calor no es el único responsable de dormir peor durante los meses estivales. El descanso depende de un delicado equilibrio entre el ambiente, los ritmos biológicos y los hábitos cotidianos. La mayor exposición a la luz natural, las cenas más tardías, las reuniones sociales hasta altas horas o las largas siestas propias de las vacaciones pueden agravar los efectos de las altas temperaturas.

Por eso, llevar bien una ola de calor no consiste únicamente en bajar unos grados el termostato o encender el ventilador. Crear un entorno favorable para el descanso implica comprender cómo funciona el sueño y adaptar algunas rutinas para ayudar al organismo a hacer aquello para lo que está programado de manera natural: desconectar cuando llega la noche.

El cuerpo necesita enfriarse para poder dormir

La Dra. María Fernanda Troncoso, especialista del Servicio de Neumología y responsable de la Unidad Multidisciplinar del Sueño del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, explica que el descanso comienza mucho antes de cerrar los ojos. De hecho, el cerebro necesita recibir una señal muy concreta para dar paso al sueño.

"Para iniciar y mantener el sueño, el organismo necesita que se produzca una ligera bajada de la temperatura corporal. No se trata solo de 'tener frío' o 'tener calor', sino de que el cuerpo pueda perder calor de forma eficiente, sobre todo a través de la piel y las extremidades".

Este mecanismo forma parte del funcionamiento normal del reloj biológico. Conforme avanza la tarde, el organismo favorece una reducción progresiva de la temperatura interna que facilita la aparición de la somnolencia. Sin embargo, cuando el dormitorio permanece demasiado caliente, ese proceso natural se interrumpe y el cuerpo tiene muchas más dificultades para relajarse. El resultado es un sueño más superficial, con más despertares nocturnos y una menor sensación de descanso al día siguiente.

Como añade la especialista, "si el ambiente es demasiado caluroso, al cuerpo le cuesta disipar calor y el cerebro recibe una señal de 'alerta térmica' que dificulta la desconexión". Esa respuesta explica por qué muchas personas consiguen dormirse relativamente rápido durante una noche de calor, pero terminan despertándose varias veces de madrugada o sintiéndose agotadas al levantarse.

Dra. María Fernanda Troncoso, especialista del Servicio de Neumología y responsable de la Unidad Multidisciplinar del Sueño del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz,
Dra. María Fernanda Troncoso, especialista del Servicio de Neumología y responsable de la Unidad Multidisciplinar del Sueño del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz.
 

Aire acondicionado sí, pero utilizado con sentido común

Uno de los grandes debates de cada verano gira en torno al uso del aire acondicionado. ¿Es preferible soportar el calor para evitar molestias en la garganta o dormir con la habitación climatizada? La respuesta pasa por encontrar un equilibrio entre temperatura confortable, ventilación adecuada y un uso prudente de los aparatos.

La Dra. Troncoso resume esta cuestión con una frase muy clara: "La clave no es 'aire acondicionado sí o no', sino cómo se usa".

Desde el punto de vista médico, pasar toda la noche soportando temperaturas elevadas no favorece el descanso. Si el calor provoca despertares continuos o impide conciliar el sueño, la climatización puede convertirse en una herramienta útil siempre que se utilice correctamente. No se trata de enfriar al máximo la habitación, sino de mantener un ambiente estable y agradable.

En este sentido, la especialista recuerda que "es preferible una temperatura moderada, estable y confortable, evitando el chorro directo sobre la cara o el cuello". También recomienda programar el aparato en modo noche, enfriar previamente el dormitorio, utilizar ventilación indirecta y evitar temperaturas excesivamente bajas que puedan generar incomodidad.

La experta concluye este apartado con una recomendación especialmente práctica: "Es mejor climatizar bien que pasar la noche sin dormir". Además, conviene no olvidar otros aspectos que también influyen en la calidad del descanso, como mantener una humedad ambiental adecuada, limpiar periódicamente los filtros del aire acondicionado y utilizar ropa de cama ligera y transpirable.

Los errores más frecuentes: duchas heladas, cenas abundantes y alcohol

Cuando cuesta dormir, muchas personas recurren a soluciones rápidas que, lejos de ayudar, pueden tener el efecto contrario. Una de las más habituales es darse una ducha de agua muy fría justo antes de acostarse. La sensación inicial puede ser agradable, pero no siempre ayuda al organismo a prepararse para dormir.

Sobre esta práctica, la dra. Troncoso advierte de que "puede producir el efecto contrario". La explicación es fisiológica: una ducha demasiado fría puede activar respuestas de vasoconstricción y alerta, y en algunas personas provocar después una reacción compensatoria de calor.

"Fisiológicamente suele ser mejor una ducha templada, no muy fría, un rato antes de dormir. Esto ayuda a relajarse y puede favorecer la pérdida posterior de calor corporal a través de la piel. El objetivo no es 'congelar' el cuerpo, sino facilitar que el organismo pueda bajar gradualmente su temperatura interna para iniciar el sueño".

A este error se suman otros muy habituales durante el verano. Las cenas copiosas, el consumo de alcohol o las comidas demasiado tardías obligan al organismo a mantener una intensa actividad digestiva precisamente cuando debería prepararse para descansar. Además, el alcohol, aunque inicialmente produzca sensación de somnolencia, altera posteriormente la arquitectura del sueño y favorece los despertares nocturnos.

También conviene prestar atención a las siestas. Dormir demasiado tiempo durante la tarde reduce la llamada presión de sueño, es decir, la necesidad fisiológica de dormir acumulada durante el día. Por ello, en personas con sueño frágil o insomnio resulta más recomendable limitar la siesta a 20 o 30 minutos y evitar que tenga lugar a última hora de la tarde.

El verano también cambia nuestro reloj biológico

Dormir peor en verano no siempre tiene que ver con la temperatura. Los días más largos, las terrazas abiertas hasta altas horas, las vacaciones y el mayor uso de dispositivos electrónicos retrasan la señal biológica que indica al cerebro que ha llegado el momento de dormir.

Como explica la Dra. Troncoso, "la melatonina es una señal biológica, la hormona que se secreta de noche y que nos da sueño". Esta hormona aumenta su producción cuando disminuye la luz ambiental. Sin embargo, la iluminación artificial, las pantallas y la exposición prolongada a la luz durante la tarde alteran ese mecanismo natural.

En palabras de la especialista, "la exposición a luz por la tarde-noche, especialmente luz intensa o azulada, puede suprimir o retrasar la secreción de melatonina y desplazar el ritmo circadiano como lo hacen los dispositivos electrónicos, teléfonos, tablets u ordenadores".

El resultado es que muchas personas retrasan progresivamente la hora de acostarse durante los meses estivales. "En verano muchas personas se acuestan más tarde, se levantan más tarde y entran en una especie de 'jet lag social', aunque no hayan viajado".

Mantener horarios relativamente estables, reducir el uso de pantallas antes de dormir y favorecer un ambiente oscuro durante la noche ayuda a que el cerebro reciba correctamente la señal de que ha llegado la hora del descanso. En plena ola de calor, cuidar la luz puede ser tan importante como cuidar la temperatura.

Qué hacer cuando el sueño no llega

Uno de los errores más frecuentes consiste en permanecer durante horas en la cama intentando dormir. Aunque pueda parecer lógico, esta estrategia suele incrementar la frustración y asociar la cama con una experiencia negativa. En las noches de calor, cuanto más se intenta forzar el sueño, más difícil puede resultar conseguirlo.

La Dra. Troncoso recuerda que "las recomendaciones insisten en mantener horarios regulares, acostarse cuando aparezca sueño, evitar permanecer despierto mucho tiempo en la cama y levantarse si no se consigue dormir tras un rato razonable. Seguir las rutinas habituales".

Este consejo resulta especialmente importante para las personas que ya padecen insomnio. Durante una ola de calor, la falta de descanso puede agravarse si aparecen conductas como mirar constantemente el reloj, retrasar excesivamente la hora de acostarse o compensar las malas noches con largas siestas. Todas ellas terminan reforzando el problema y dificultando que el cerebro vuelva a asociar la cama con el descanso.

Los especialistas recuerdan que la higiene del sueño puede ser de gran ayuda, aunque cuando el insomnio es persistente suele ser necesario un abordaje específico mediante terapia cognitivo-conductual y, en algunos casos, la valoración en una unidad especializada del sueño.

Dormir bien durante una ola de calor, en definitiva, no depende únicamente de soportar mejor las altas temperaturas. El descanso es el resultado de la combinación entre una temperatura confortable, unos hábitos regulares y un entorno que facilite al cerebro iniciar el sueño. Mantener el dormitorio fresco, utilizar correctamente el aire acondicionado, evitar las cenas pesadas, moderar las siestas y reducir la exposición a la luz por la noche son pequeñas decisiones cotidianas que pueden transformar por completo la calidad del descanso.

Porque, incluso en los veranos más calurosos, ayudar al organismo a seguir su ritmo natural continúa siendo la mejor receta para dormir mejor.

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