Israel ya no se limita a bombardear posiciones de Hezbolá ni a presentar su ofensiva en Líbano como una simple operación de castigo. El salto de estos días va en otra dirección. El Gobierno de Benjamin Netanyahu ha asumido una lógica de control territorial que recuerda de forma abierta a Gaza: destruir la red que conecta el sur libanés con el resto del país, vaciar la franja fronteriza y convertir aldeas enteras en ruinas para impedir el regreso de sus habitantes. El lenguaje también ha cambiado. Ya no se esconde detrás de eufemismos militares. El ministro de Defensa, Israel Katz, ha hablado sin rodeos de actuar “de acuerdo con el modelo de Beit Hanun y Rafá”. Eso, en la práctica, equivale a admitir una operación de ocupación duradera y anexión funcional del terreno.
La declaración más explícita llegó este domingo. Katz anunció el inicio de una operación para destruir “inmediatamente” los puentes sobre el río Litani, la barrera natural que separa el sur de Líbano del resto del país. Según sostuvo, esas infraestructuras estaban siendo utilizadas por Hezbolá para trasladar combatientes y armamento hacia la zona meridional. En la misma comparecencia aseguró que él mismo y Netanyahu habían dado la orden al Ejército de volar todos los puentes empleados para “actividades terroristas” y de acelerar la demolición de las viviendas de la línea de contacto. No habló de combates puntuales. Habló de arrasar poblaciones “siguiendo el modelo” aplicado en dos puntos de Gaza hoy bajo control israelí.
No es un matiz menor. Cuando un Gobierno ordena destruir los accesos de una región, derribar sus casas y forzar la salida de la población civil, la operación deja de ser una incursión militar limitada. Pasa a ser otra cosa. El objetivo declarado por Israel es crear una zona de exclusión entre el sur de Líbano y el norte de Israel, golpeado en las últimas semanas por ataques de las milicias chiíes. El método elegido, sin embargo, no apunta solo a frenar lanzamientos o neutralizar posiciones armadas. Apunta a redibujar el mapa sobre el terreno, imponer un vacío humano y blindar con escombros una nueva frontera de hecho.
Qasmiya, primer golpe sobre el mapa
El primer objetivo concreto de esta nueva fase ha sido el puente de Qasmiya, una infraestructura clave sobre el Litani en la costa sur del país. No se trata de un paso secundario. Conecta una parte decisiva del sur con la gobernación de Sidón y con Beirut. Su destrucción afecta al movimiento de civiles, ambulancias, mercancías y desplazados. El Ejército libanés evacuó de inmediato la zona tras las amenazas israelíes, según informó la agencia oficial NNA. Horas después, varios misiles impactaron sobre la estructura y la dejaron inutilizada. Israel defendió el ataque con el argumento de que el puente servía a Hezbolá para mover mandos, armas, cohetes y lanzacohetes al sur del río. Añadió, en una formulación difícil de sostener sobre el terreno, que la voladura buscaba “evitar daños” tanto a ciudadanos israelíes como a ciudadanos libaneses.
Israel ordena destruir los puentes que unen el sur del Líbano con el resto del país
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La secuencia encaja con lo que Israel venía anunciando desde hace días. El 13 de marzo ya había destruido un puente en el sur de Líbano y había lanzado octavillas en Beirut con amenazas de devastación a gran escala. El 18 de marzo, Katz confirmó nuevos ataques contra otros puentes del Litani. Ahora la orden se ha ampliado: no se trata de golpes aislados, sino de una campaña sistemática para cortar la continuidad territorial del sur libanés. El presidente de Líbano, Joseph Aoun, leyó la maniobra en esos términos y advirtió de que los bombardeos contra los puentes buscan “interrumpir la conexión geográfica del sur de Líbano con el resto del país”. Para Beirut, ese castigo a la infraestructura no es un daño colateral. Es el preludio de una invasión terrestre más amplia.
El plan israelí no termina en los puentes. Katz ha reiterado además la orden de evacuación forzosa para todos los residentes al sur del Litani, instándoles a abandonar la zona y dirigirse al norte del río. La combinación es transparente: se golpean las vías de salida y de entrada, se arrasan las aldeas pegadas a la frontera y se empuja a la población a marcharse. Después queda una franja despoblada, militarizada y físicamente separada del resto del país. Gaza vuelve a aparecer como referencia, no solo por la dimensión de la destrucción, también por la doctrina que la sostiene: vaciar primero, controlar después.
Las autoridades libanesas han reaccionado con alarma. El primer ministro, Nauaf Salam, reunió este domingo a la cúpula de seguridad del país junto a los ministros de Defensa e Interior, el director general de las Fuerzas de Seguridad Interna y la dirección de Operaciones del Ejército. Según el recuento oficial, la reunión se centró en el deterioro de la situación en el sur, el desplazamiento forzado y los problemas de seguridad que ya se extienden a otras regiones. Salam pidió reforzar las medidas de protección en las zonas más afectadas y, de manera especial, en Beirut. El temor en la capital libanesa ya no se limita a los bombardeos: también pesa la posibilidad de una ofensiva terrestre más profunda y de una nueva ola masiva de desplazados.
Aoun fue aún más lejos y reclamó la intervención inmediata de Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad. Su advertencia no fue diplomática ni abstracta. Sostuvo que los ataques israelíes contra la infraestructura del país constituyen el prólogo de una invasión total del sur libanés. En paralelo, organismos internacionales y grupos de derechos humanos han alertado de que la destrucción de puentes y viviendas civiles puede constituir una violación grave del derecho internacional humanitario si bloquea el acceso a suministros básicos o castiga de forma indiscriminada a la población.
En Israel, el discurso oficial intenta vestir la ofensiva como una medida defensiva. El portavoz militar Effie Defrin avisó este domingo de que aún quedan “varias semanas más” de combates contra Irán y Hezbolá. La frase no solo dibuja una guerra larga. También deja entrever que la destrucción del sur de Líbano no se plantea como una acción de horas o de pocos días, sino como una campaña sostenida. Con cada jornada, según Defrin, Israel debilita “más y más” al “régimen terrorista” y a sus “marionetas”. En ese marco, la frontera norte se ha convertido en un escenario donde Netanyahu busca exhibir control militar absoluto, expandir el conflicto regional y consolidar una nueva realidad territorial.