La guerra en Líbano entra en otra fase cuando quien bombardea también decide quién puede volver. Israel ha avisado de que el millón largo de desplazados libaneses no regresará a sus casas hasta que sus autoridades den por garantizada la seguridad en la frontera. La formulación convierte una ofensiva militar en algo más cercano a una política de vaciamiento territorial.

Ya no se trata solo de una campaña de castigo contra Hezbolá ni de una operación presentada como limitada sobre la franja fronteriza. El mensaje israelí abre otro escenario. Uno en el que el desplazamiento masivo de población deja de aparecer como una consecuencia de la guerra para encajar como parte de su resultado buscado. Primero se bombardea. Después se empuja a la población a huir. Más tarde se anuncia que el regreso queda bloqueado hasta nuevo aviso. El orden importa porque dibuja una lógica reconocible: vaciar terreno, someterlo a control militar y convertir el retorno civil en una concesión política del ocupante de facto.

La magnitud del desplazamiento ya no permite hablar de episodios aislados. Associated Press y Reuters sitúan el número de personas obligadas a huir en más de 800.000 y, en distintos balances, cerca o por encima del millón. En apenas unos días, Líbano ha visto vaciarse barrios enteros, colegios reconvertidos en refugios y una red de acogida desbordada en un país que arrastra desde hace años una crisis económica devastadora. La Norwegian Refugee Council ha denunciado además que las órdenes de evacuación israelíes afectan ya a un 14% del territorio libanés. No se trata solo de aldeas pegadas a la frontera. El mapa se ensancha. También la presión sobre la población civil.

Ese giro se produce con Líbano sumido ya en una crisis humanitaria de gran escala. El último balance del Ministerio de Sanidad libanés eleva a 886 los muertos y a 2.141 los heridos desde el inicio de la ofensiva israelí el pasado 2 de marzo. Las cifras pueden seguir creciendo. Bajo los escombros aún hay cuerpos sin recuperar y en distintas zonas del sur los equipos de rescate apenas pueden entrar por la continuidad de los ataques y por el deterioro de las carreteras. A eso se añade otro dato todavía más contundente: más de un millón de personas han abandonado sus hogares. El sur del país se ha vaciado a una velocidad brutal. Barrios enteros han quedado desiertos. Escuelas, centros municipales y edificios públicos de otras regiones del país se han convertido en refugios improvisados.

La advertencia israelí sobre el no retorno cae sobre esa realidad. No afecta a una población en tránsito ni a un número reducido de evacuados. Golpea a una masa de civiles desplazados por la fuerza, muchos de ellos sin vivienda alternativa, sin ingresos y sin garantías básicas de atención sanitaria. En el mejor de los casos, malviven hacinados. En el peor, deambulan entre refugios saturados y casas de familiares igual de golpeadas por la crisis económica que arrastra Líbano desde hace años. Para muchas de esas familias, volver no es una aspiración abstracta. Es la única salida imaginable. Por eso el mensaje israelí adquiere una dimensión todavía más grave. No habla solo de seguridad. Habla de quién conserva o pierde el derecho elemental a regresar a su propia casa.

Israel cierra la puerta al retorno civil

Israel sostiene que su ofensiva busca apartar a Hezbolá de la frontera y proteger a las comunidades del norte del país. Ese es el argumento oficial. La justificación que se repite en cada comparecencia. Pero la guerra cambia de naturaleza cuando el foco deja de estar solo en los combatientes o en la infraestructura militar y se traslada de lleno a la población civil. Impedir el regreso de cientos de miles de desplazados no neutraliza por sí mismo a una milicia. Sí altera la composición humana de una zona entera. Sí crea un nuevo hecho sobre el terreno. Sí empuja a una forma de control territorial que desborda el marco de una operación puntual.

En Beirut esa lectura hace tiempo que circula sin demasiados rodeos. Las autoridades libanesas y buena parte del arco político temen que Israel intente convertir el sur del país en una franja despoblada o severamente condicionada, con acceso restringido y presencia militar constante. No sería la primera vez que una lógica de seguridad sirve para justificar una transformación duradera del mapa. En Oriente Próximo, la experiencia pesa demasiado como para fingir ingenuidad ante este tipo de anuncios. Cuando un ejército expulsa población civil, ocupa o domina una zona y luego dice que esa misma población no volverá hasta que él lo decida, la sospecha de que existe un proyecto territorial deja de ser mera retórica.

El trasfondo de esa sospecha no nace solo de lo que ocurre hoy en Líbano. También bebe de precedentes recientes en la región, donde Israel, con el genocio en Palestina como telón de fondo, ha utilizado la seguridad como marco político para afianzar presencia militar, consolidar control sobre el terreno y modificar equilibrios demográficos. Por eso el aviso sobre el sur libanés se escucha en Beirut como algo más que una amenaza coyuntural. Se lee como una declaración de intenciones. Como el anuncio de que la guerra no persigue únicamente golpear a Hezbolá, sino fijar una nueva realidad en la frontera norte.

Mientras tanto, la población civil queda atrapada en una doble intemperie. Por un lado, la destrucción material de sus casas, sus pueblos y sus infraestructuras básicas. Por otro, la posibilidad de que la expulsión no sea un paréntesis, sino un cambio duradero. La diferencia entre ambas cosas es abismal. Una familia puede huir de un bombardeo con la idea de regresar cuando cesen los ataques. Otra cosa es saber que quien la ha obligado a irse empieza a decir públicamente que quizá no vuelva.

Occidente intenta contener una escalada que no controla

La comunidad internacional ha empezado a reaccionar, aunque con el tono medido y tardío de casi siempre. Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania e Italia expresaron este lunes su preocupación por la situación en Líbano y reclamaron una salida política negociada al conflicto. En un comunicado conjunto, los cinco gobiernos aseguraron estar “gravemente preocupados por la escalada de la violencia” y pidieron un “compromiso real” de representantes israelíes y libaneses para alcanzar “una solución política sostenible”. También mostraron su respaldo a cualquier iniciativa que facilite las negociaciones y reclamaron una “desescalada inmediata”.

El texto, sin embargo, retrata también los límites habituales de la diplomacia occidental cuando el actor que concentra la superioridad militar es Israel. Los cinco países condenan los ataques de Hezbolá contra Israel y piden expresamente que el grupo se desarme. A la vez, condenan sin señalar responsables los “ataques dirigidos contra civiles, infraestructura civil y trabajadores sanitarios”, pese a que el balance libanés atribuye esas muertes y esa devastación a la ofensiva israelí iniciada el 2 de marzo. La fórmula permite emitir una protesta sin romper del todo la ambigüedad política. Sirve para dejar constancia. No sirve para frenar los bombardeos.

Aun así, el comunicado contiene una advertencia relevante. Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania e Italia alertan de que una ofensiva terrestre israelí de mayor alcance tendría “consecuencias humanitarias devastadoras” y podría provocar “un conflicto más extendido”. Por eso sostienen que “debe evitarse”. La frase llega cuando Israel ya ha combinado bombardeos masivos con incursiones y avances en la zona fronteriza. No se ha declarado una invasión total en términos formales, pero sobre el terreno la presión militar ya ha provocado un desplazamiento en masa y un deterioro acelerado de las condiciones de vida de la población civil.

Los cinco gobiernos también recuerdan que la situación humanitaria en Líbano ya es “profundamente alarmante”, citan el éxodo de población y defienden la aplicación íntegra de la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU. Esa resolución, aprobada tras la guerra de 2006, fijó un marco para el alto el fuego en la frontera sur y estableció obligaciones tanto para el Estado libanés como para los actores armados no estatales. Los firmantes del comunicado insisten en que Hezbolá debe cesar sus actividades militares y limitar las hostilidades armadas. También aseguran que están “solidariamente con el Gobierno y el pueblo libaneses, arrastrados involuntariamente al conflicto”.

El problema es que sobre el terreno las resoluciones, los llamamientos y las declaraciones llegan después de los hechos. Y los hechos son duros. En el sur de Líbano han muerto civiles, personal sanitario y trabajadores de emergencia. Han sido atacadas infraestructuras esenciales. La Fuerza Interina de Naciones Unidas en Líbano, la FINUL, también ha denunciado ataques que varios gobiernos europeos califican ya de inaceptables. Los hospitales trabajan bajo presión, con recursos limitados, cortes de suministro y entradas y salidas condicionadas por los bombardeos. Las imágenes que llegan de Tiro, Nabatieh y otras localidades del sur retratan una rutina de coches cargados a toda prisa, familias enteras desplazándose sin saber a dónde podrán ir y edificios reducidos a escombros.

En ese contexto, el aviso israelí sobre el retorno adquiere un peso político y jurídico imposible de maquillar. La guerra no solo está destruyendo casas; está cuestionando el derecho de quienes las habitaban a volver a cruzar su puerta. La diferencia es enorme. Un desplazamiento forzado puede presentarse, al menos en el discurso, como una consecuencia eventual de la ofensiva. La prohibición o bloqueo del regreso ya entra en otro terreno. Convierte la expulsión en una herramienta. Da al control militar una traducción demográfica. Y deja a la población civil atrapada entre el miedo a los bombardeos y la amenaza de un despojo prolongado.

Israel insiste en que actúa por seguridad. Líbano observa cómo esa seguridad ajena empieza a traducirse en pérdida de soberanía propia y en vaciamiento de una parte de su territorio. Europa pide una salida política. Hezbolá sigue siendo un actor armado central en la escalada. Entre esas tres realidades queda una población civil que no decide la guerra, pero paga su precio más alto. Más de un millón de desplazados esperan una vuelta que ahora Israel condiciona de manera unilateral. Esa es la novedad de esta fase. No el número de muertos, que ya es insoportable. No la devastación material, que también. Lo nuevo es que Israel empieza a hablar del sur de Líbano como si pudiera ordenar no solo su castigo, sino también su futuro.

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