Del Foro de Davos emanaron diversas conclusiones, pero una de ellas – y en la que prácticamente el grueso de los actores geopolíticos coincide – es que el orden mundial ha cambiado. O mejor dicho; Donald Trump lo ha provocado. La cruzada arancelaria del presidente de Estados Unidos, sumado a la deriva neoimperialista instaurada en la Casa Blanca tras arrancar su segundo mandato – con amenazas a Europa mediante -, zarandean el tablero de juego internacional, obligando a todos los países a replantearse unas posiciones estancadas desde tiempos de la II Guerra Mundial. Los norteamericanos han perdido la pátina de socio fiable y de referencia, derrumbando los muros de consenso de Occidente. Antiguos aliados de Washington han perdido el miedo a mirar hacia Oriente. Concretamente, a Pekín. Las relaciones con China han dejado de ser un tabú para los países europeos, que ahora congelan sus recelos y resetean sus vínculos con Xi Jinping.

Como ya se ha convertido en rutina en la política exterior del Viejo Continente, Pedro Sánchez llevó la voz cantante en el primer semestre del 2025. El presidente del Gobierno de España fue de los primeros en la construcción del puente europeo hacia Pekín. Con suma prudencia, pues la Unión Europea se veía amenazada en ese momento por la recién declarada guerra arancelaria por parte de Donald Trump. Un aviso que Moncloa interpretó como un augurio del cambio de tiempo que ahora sacude a la geopolítica. El movimiento del Ejecutivo recopiló un rosario de reproches. Internos y externos. El Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo lo calificó de “imprudente” y “unilateral”, siguiendo la narrativa pro estadounidense que días antes marcaba la Casa Blanca a través de su secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien equiparó la visita de la delegación española a Pekín a poco menos que “cortarse el cuello”.

Desfile europeo en Pekín

Pero lo que entonces no se intuía ni en Washington ni en los sectores de la derecha política y mediática española es que el viaje de Estado de Sánchez tumbaría relativamente los consensos del siglo XX. Se abrió un nuevo camino en las relaciones internacionales, dando pie a una cumbre China-UE a la que Ursula von der leyen y António Costa acudieron con una colección de demandas, agravios y todo tipo de cuestiones internas. Pekín recibió a sendos dirigentes comunitarios como marcan los rígidos protocolos chinos. Desde entonces, amén de las embestidas de la Casa Blanca más imperialista de las últimas décadas, el eje de la geopolítica se ha desplazado por completo.

De aquél cónclave ha transcurrido un semestre, que se ha sentido como una Edad en la Tierra. Si bien China no ha logrado desprenderse del sello de “rival sistémico” del Viejo Continente, las visitas de dignatarios se han contado por decenas. No sólo de la Unión Europea. También de América del Norte, con el presidente de Canadá, Mike Carney dio carpetazo a la postura seguidista de Justin Trudeau y rompió lazos con un Donald Trump que intensifica sus amenazas a los vecinos norteños a golpe de arancel. Renegoció aranceles con Xi Jingpin y dio unas pinceladas del fin del mundo tal y como lo conocimos.

Como Carney, otros tantos han abierto el puente aéreo con rumbo a Pekín. Este mismo jueves, el presidente de China recibía en su tierra al premier británico, Keir Starmer. Sólo dos días después de concluir la visita de su homólogo finlandés, Petteri Orpo. También el jefe del Gobierno irlandés, Micheál Martin, acudió a la llamada del Gigante asiático, después de que Emmanuel Macron, presidente francés, hiciera lo propio el pasado mes de diciembre. Un manojo de miembros sustanciales de la Alianza Atlántica que han decidido abrir las puertas de par en par al nuevo orden mundial y aumentar la brecha con quienes otrora influenciaban su narrativa exterior.

De hecho, Starmer ha sacado de la última balda del congelador las relaciones con China. Fue Theresa May quien dio un vuelco a la política exterior de su predecesor, el también tory David Cameron, e inició un boicot a Pekín, donde estos días se ha presentado el premier laborista con un orden del día de lo más sugerente. Un giro de 180 grados amparado el más puro pragmatismo político. Al menos así lo venden desde Downing Street: “Debemos cooperar cuando podamos, competir cuando debamos y plantar cara cuando haga falta”. En estos términos se pronunció el británico, quien unas semanas atrás dio pistas de sus planes de distensión con China al dar luz verde a la construcción de la nueva embajada del país asiático, junto a la Torre de Londres. Un proyecto que, dicho sea de paso, ha despertado del sueño de los justos tras – curiosamente – ocho años.

Por el momento, ahí se detiene el acercamiento europeo a China, pero continuará a finales del próximo mes de febrero con el viaje que plantea la cancillería alemana que encabeza Friedrich Merz. El democristiano será el siguiente en desfilar por Pekín, al considerar prudente que tanto Francia como Reino Unido le precedieran. Una declaración de intenciones del Viejo Continente que consolida una nueva fase en el juego de la geopolítica.

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