China podría estar atravesando la mayor crisis interna de poder desde la llegada de Xi Jinping al mando. Una serie de detenciones masivas en la cúpula militar, investigaciones secretas y medidas de seguridad extraordinarias apuntan a un posible intento de golpe de Estado frustrado contra el presidente, un escenario impensable hasta ahora en un sistema que se presenta como férreamente controlado y monolítico. Aunque el Gobierno chino evita cualquier referencia explícita a una conspiración, la acumulación de indicios y la magnitud de la respuesta oficial han disparado las alarmas dentro y fuera del país.
En las últimas semanas, Pekín ha sido escenario de una intensa actividad de los aparatos de seguridad. Las autoridades han ordenado investigaciones contra dos de los generales más senior del Ejército Popular de Liberación (EPL) y han lanzado una amplia purga que ha afectado a cientos de oficiales. Oficialmente, se habla de “graves violaciones de la disciplina y de la ley”, una fórmula habitual en los mecanismos internos del Partido Comunista Chino para encubrir desde casos de corrupción hasta ajustes de cuentas políticos, pero los detalles filtrados y el silencio selectivo del régimen han alimentado especulaciones sobre un conflicto más profundo en el corazón del poder.
La purga alcanza a los intocables
En el centro de esta crisis está Zhang Youxia, vicepresidente de la Comisión Militar Central y considerado históricamente uno de los aliados más estrechos de Xi dentro del Ejército. Zhang ha sido puesto bajo investigación por el Ministerio de Defensa por “violaciones serias”, junto al jefe del Departamento de Estado Mayor Conjunto, Liu Zhenli. La prensa oficial acusa a ambos de “pisotear” el sistema de responsabilidad del liderazgo militar y socavar la autoridad del presidente, aunque no han publicado cargos concretos, tal como suele ocurrir en este tipo de casos en China.
Según informaciones no confirmadas por Pekín, ambos generales habrían estado implicados en un plan para movilizar tropas con el objetivo de forzar un relevo en la cúspide del poder. El supuesto lema de la operación, “salvar al partido y salvar a la nación”, apunta a una narrativa clásica dentro del sistema chino: la idea de que el líder se ha convertido en un riesgo para la supervivencia del propio régimen. De ser cierto, el plan reflejaría un profundo malestar en sectores del Ejército ante la creciente concentración de poder en manos de Xi Jinping y el uso sistemático de las purgas como mecanismo de control.
El presunto golpe habría fracasado, al parecer, por la traición de personas del entorno más cercano a los conspiradores, que alertaron a los servicios de seguridad. A partir de ese momento, la reacción del poder fue inmediata y contundente: se decretó un estado de alerta máxima, se congelaron los movimientos de tropas en varias regiones, se confiscaron teléfonos móviles y se limitaron drásticamente las comunicaciones internas en numerosas unidades militares. Medidas de este calibre solo se habían visto en China en momentos de crisis extrema.
Los cambios han desmantelado casi por completo la estructura de mando tradicional: tras las recientes expulsiones y detenciones, solo Xi y el general Zhang Shengmin —el responsable de disciplina militar— permanecen oficialmente en la Comisión Militar Central, el órgano clave de control de las Fuerzas Armadas.
Según reportes de prensa internacional, el alcance de las purgas se extiende mucho más allá de estos dos generales, con cientos —e incluso miles— de oficiales subordinados siendo investigados, apartados o arrestados en lo que algunos analistas describen como la purga más profunda desde la época de Mao Zedong.
Pero la crisis no se limita al Ejército convencional. Informes no oficiales mencionan que algunos funcionarios habrían sido señalados por prácticas ilegales que van desde corrupción y abuso de autoridad hasta la supuesta filtración de secretos sensibles, incluidos datos de programas nucleares, a potencias extranjeras.
Altos mandos de seguridad, citados por medios occidentales, aseguran que Xi incrementó el control sobre comunicaciones y movimientos de unidades clave para impedir cualquier acción coordinada. La confiscación de teléfonos, el bloqueo de rutas de acceso a cuarteles y la alerta máxima en cuarteles de élite han sido reportadas como parte de esta respuesta interna.
Taiwán en el trasfondo de la crisis
El contexto en el que se produce esta purga es claramente estratégico. En las últimas semanas, China había realizado sus ejercicios militares más grandes en torno a Taiwán, simulando un posible ataque en un momento de tensiones regionales elevadas. La superposición de estas maniobras con la crisis interna ha intensificado la especulación sobre si la estabilidad del mando militar podría estar en entredicho o si, por el contrario, Beijing está utilizando este escenario como cobertura para reforzar el control político sobre sus Fuerzas Armadas.
Desde Taiwán, las autoridades han dicho estar atentas a “cambios anómalos” en los altos mandos militares chinos, aunque han subrayado que la amenaza desde Pekín sigue siendo elevada y que no reducirán sus defensas.
Internacionalmente, los movimientos en la cúpula militar china han reavivado los debates sobre la cohesión interna del régimen de Xi. Analistas señalan que esta purga puede interpretarse tanto como un intento de Xi por consolidar su control absoluto sobre el Ejército como una señal de fracturas más profundas dentro del sistema político chino, que hasta ahora ha funcionado bajo la ilusión de unidad total alrededor del Partido y su líder.