Cuando cae la tarde sobre la avenida Rustaveli, frente al Parlamento de Georgia, todavía aparecen banderas europeas entre las georgianas. Ya no se reúnen siempre decenas de miles de personas. Algunas noches son centenares. Hay tambores, pancartas, silbatos y manifestantes que se reconocen después de meses ocupando el mismo espacio. La imagen resulta menos espectacular que a finales de 2024, pero quizá más significativa: la protesta lleva más de 600 días consecutivos sin desaparecer.

Las movilizaciones comenzaron después de que el Gobierno de Irakli Kobakhidze, dirigido por Sueño Georgiano, anunciara el 28 de noviembre de 2024 que no impulsaría la apertura de negociaciones para entrar en la Unión Europea hasta 2028. Georgia tenía desde apenas un año antes el estatus de país candidato y la adhesión a la UE figuraba desde hacía tiempo como uno de los grandes objetivos políticos del país.

Pero reducir el conflicto actual a una elección entre Georgia y Europa deja fuera buena parte de la historia.

Lo que está ocurriendo en Tiflis se inserta en una disputa mucho mayor sobre quién conserva influencia en el Cáucaso después del debilitamiento del orden postsoviético. La Unión Europea forma parte de esa pugna, pero no es el único actor occidental. Estados Unidos lleva años desempeñando un papel político, económico y de seguridad en Georgia y ha intervenido también de manera creciente en el resto del Cáucaso. Mientras tanto, Rusia intenta conservar una posición que durante buena parte de los últimos dos siglos consideró prácticamente natural.

En diciembre de 2024, Washington llegó a sancionar al fundador de Sueño Georgiano, el multimillonario Bidzina Ivanishvili, al que acusó de contribuir al deterioro democrático del país en beneficio de Rusia. Meses antes había impuesto restricciones de visado a decenas de ciudadanos georgianos vinculados, según el Departamento de Estado, a abusos, corrupción o acciones contra las instituciones democráticas.

El Gobierno georgiano rechaza esa interpretación. Sostiene que defiende la soberanía nacional frente a presiones externas y acusa tanto a instituciones europeas como a actores estadounidenses de intentar influir en la política interna del país. La acusación de “injerencia extranjera” se ha convertido precisamente en uno de los marcos centrales utilizados por Sueño Georgiano para justificar parte de sus reformas.

Entre el mar Negro y el Cáucaso

Georgia ocupa una posición geográfica que explica buena parte de su historia política. Está situada entre Rusia, Turquía, Armenia y Azerbaiyán, entre el mar Negro y el Caspio, y forma parte de los corredores energéticos y comerciales que permiten conectar Asia Central con Europa evitando territorio ruso.

Durante el Imperio ruso primero y la Unión Soviética después, Moscú ejerció una influencia política, militar y cultural determinante sobre Georgia y sobre prácticamente todo el Cáucaso. Esa capacidad no terminó con la independencia georgiana en 1991.

Rusia continúa respaldando a Abjasia y Osetia del Sur, dos territorios separatistas internacionalmente reconocidos como parte de Georgia, y mantiene presencia militar en ambos. La guerra de agosto de 2008, que enfrentó durante cinco días a Rusia y Georgia, confirmó hasta qué punto Moscú seguía dispuesto a utilizar la fuerza para defender su posición en lo que considera su entorno estratégico.

Las relaciones diplomáticas entre ambos países siguen formalmente rotas desde entonces. Sin embargo, eso no ha impedido una recuperación gradual de determinados vínculos comerciales y de transporte. Moscú reanudó los vuelos directos con Georgia y flexibilizó el régimen de visados, mientras el comercio bilateral volvió a adquirir importancia.

El propio Vladimir Putin elogió públicamente en 2024 la “valentía” del Gobierno georgiano al aprobar la controvertida legislación sobre influencia extranjera. Sueño Georgiano insiste, no obstante, en que no pretende acercar el país a Rusia, sino evitar que Georgia vuelva a convertirse en escenario de una confrontación directa con Moscú.

Esa preocupación no es completamente abstracta. Rusia tiene tropas estacionadas a pocos kilómetros de Tiflis y la guerra de 2008 sigue formando parte de la memoria política reciente. Para el Gobierno, esa experiencia sirve como argumento a favor de una política exterior más prudente. Para sus opositores, se ha convertido en la justificación de una aproximación progresiva a Moscú.

Estado Unidos, el tercer actor de la disputa

La historia reciente del Cáucaso permite entender por qué la dimensión estadounidense es cada vez más difícil de ignorar.

Washington apoyó durante décadas la integración euroatlántica de Georgia, promovió reformas institucionales y mantuvo programas de cooperación militar con Tiflis. Durante años, la aspiración georgiana no consistió únicamente en entrar en la UE, sino también en acercarse a la OTAN y construir una relación estratégica con Estados Unidos.

Las tensiones entre Washington y Sueño Georgiano aumentaron bruscamente después de 2024. El entonces Gobierno estadounidense anunció una revisión integral de su cooperación con Georgia y posteriormente impuso sanciones y restricciones de visado. El argumento oficial era que las nuevas leyes sobre organizaciones financiadas desde el extranjero y la actuación contra manifestantes estaban alejando al país de su trayectoria “euroatlántica”.

Pero la competencia estadounidense por el Cáucaso tampoco termina en Georgia.

En agosto de 2025, Armenia y Azerbaiyán alcanzaron en Washington un acuerdo impulsado por Estados Unidos para avanzar hacia la normalización de sus relaciones después de décadas de enfrentamiento por Nagorno Karabaj. El pacto otorgó además a empresas estadounidenses un papel central en el desarrollo de una nueva vía de tránsito a través de Armenia. Reuters interpretó entonces el movimiento como un golpe al papel tradicional de Moscú como árbitro de la región.

Durante 2026, Washington profundizó además sus relaciones tanto con Armenia como con Azerbaiyán. Estados Unidos firmó una asociación estratégica con Bakú y amplió la cooperación energética y de seguridad con Ereván.

La fotografía regional empieza por tanto a ser distinta. Rusia mantiene una presencia militar y económica enorme, pero ya no puede presentarse como el único mediador inevitable del Cáucaso.

La guerra de Ucrania ha reducido parte de su capacidad de maniobra, mientras Armenia cuestiona cada vez más la fiabilidad de Moscú como garante de seguridad. Azerbaiyán, fortalecido tras recuperar Nagorno Karabaj en 2023, mantiene una política exterior mucho más autónoma. Turquía, por su parte, ha aumentado su influencia económica y militar. Georgia queda justamente en medio de ese reajuste.

Las fronteras políticas dentro de la UE

La propia expresión “Europa contra Rusia” simplifica además una realidad cada vez más complicada. La Unión Europea ha endurecido su posición frente al Gobierno georgiano. Bruselas considera que el proceso de adhesión está de facto paralizado por el retroceso democrático y ha denunciado restricciones sobre organizaciones civiles, medios de comunicación y libertad de manifestación.

Pero dentro de la UE no todos los gobiernos han mantenido exactamente la misma posición. Hungría, durante el Gobierno de Viktor Orbán, se convirtió durante años en uno de los principales defensores europeos de Sueño Georgiano y respaldó varias de sus posiciones frente a Bruselas. Ya durante la polémica por la ley de “agentes extranjeros” de 2024, mientras Estados Unidos, Reino Unido y la mayor parte de instituciones europeas criticaban la legislación, Budapest defendía públicamente al Gobierno georgiano.

Las divergencias europeas sobre Georgia formaban parte de una fractura más amplia sobre cómo relacionarse con Moscú. Durante años, Hungría y posteriormente también Eslovaquia mantuvieron posturas mucho más favorables a conservar vínculos económicos y políticos con Rusia que Polonia, los Estados bálticos o buena parte de Europa occidental.

La derrota electoral de Orbán en abril de 2026 ha modificado parte de ese equilibrio, pero no elimina una característica que atraviesa cada vez más la política continental: la UE comparte instituciones, pero no necesariamente una única lectura estratégica sobre Rusia, Estados Unidos o su propio vecindario oriental. Reuters señalaba todavía a finales de 2025 que Hungría y Eslovaquia representaban los principales obstáculos internos a determinadas medidas europeas contra Moscú.

Hablar de una nueva Guerra Fría puede resultar tentador, pero la comparación tiene límites. El mundo actual no está dividido en dos bloques perfectamente cerrados. Georgia comercia con Rusia mientras mantiene formalmente la aspiración de entrar en la UE. Armenia continúa integrada en estructuras económicas lideradas por Moscú mientras estrecha relaciones con Washington y Bruselas. Azerbaiyán mantiene relaciones con Rusia, Turquía, Estados Unidos y Europa simultáneamente.

Más que dos bloques rígidos, aparecen varias Europas y varios centros de poder compitiendo sobre el mismo territorio.

Moscú pierde monopolio, no influencia

El retroceso ruso en parte del Cáucaso tampoco equivale a su desaparición. Armenia ofrece probablemente el ejemplo más claro. Durante décadas fue el aliado más estrecho de Rusia en la región, acogió bases militares rusas y dependió de Moscú para buena parte de su seguridad y de su energía. Después de que Azerbaiyán recuperase Nagorno Karabaj en 2023 sin que las fuerzas rusas desplegadas allí lo impidieran, la relación comenzó a deteriorarse aceleradamente.

En junio de 2026, Rusia llegó a advertir a Armenia de posibles consecuencias económicas por su aproximación a Occidente. Reuters describió la situación como parte de un esfuerzo de Moscú por conservar influencia en regiones donde su posición tradicional está siendo cuestionada.

Georgia presenta una situación distinta. No es aliada militar de Rusia y buena parte de la sociedad mantiene una percepción profundamente negativa de Moscú. Pero la combinación de geografía, comercio, territorios separatistas y memoria de la guerra hace que la capacidad rusa para condicionar las decisiones de Tiflis siga siendo considerable.

El Cáucaso siempre ha funcionado como una zona de contacto entre imperios. Rusia, Turquía y Persia compitieron durante siglos por el territorio. Tras la desaparición soviética, Moscú conservó durante décadas una posición predominante. Ahora esa posición se encuentra sometida a nuevas presiones.

Estados Unidos ha aumentado su implicación. Turquía es cada vez más determinante. La Unión Europea intenta consolidar corredores comerciales y energéticos y anunció este verano hasta 200 millones de euros para mejorar conexiones de transporte, energía y comunicaciones en el Cáucaso Sur.

Incluso el petróleo vuelve a situar a Georgia en medio de la confrontación. En julio, la UE sancionó la refinería georgiana de Kulevi por procesar crudo ruso, la primera medida de ese tipo contra una gran compañía del país. Georgia aseguró que colaboraría para evitar que su territorio fuese utilizado para esquivar las sanciones occidentales.

La calle y el tablero geopolítico

Todo este contexto no convierte a los manifestantes de Tiflis en representantes automáticos de Washington o Bruselas.

La protesta tiene causas internas concretas: denuncias de deterioro democrático, modificaciones legales, enfrentamientos sobre el resultado de las elecciones de 2024, detenciones de opositores y restricciones crecientes a la sociedad civil.

Le Monde describía esta semana cómo el movimiento se ha reducido después de más de 600 días pero continúa reuniéndose cada noche frente al Parlamento. La persistencia se ha convertido casi en un objetivo en sí mismo: demostrar que el conflicto político no está cerrado aunque el Gobierno conserve el control de las instituciones.

Tampoco todos los participantes comparten exactamente las mismas posiciones. Lo que une a buena parte de ellos es la defensa del acercamiento occidental y el rechazo a lo que consideran un avance del modelo político ruso.

Las autoridades presentan una lectura prácticamente inversa. Sueño Georgiano asegura que organizaciones financiadas desde el extranjero y partidos opositores intentan utilizar la calle para forzar un cambio de Gobierno. Kobakhidze ha acusado directamente a responsables europeos de respaldar intentos de desestabilización política.

La disputa georgiana contiene por tanto dos planos que se superponen sin ser idénticos. Uno enfrenta a un Gobierno cada vez más restrictivo con una oposición y una sociedad civil que intentan mantener capacidad de movilización. El otro enfrenta distintas visiones sobre el lugar que debe ocupar Georgia en un Cáucaso donde Rusia ya no tiene el monopolio del poder, pero conserva instrumentos suficientes para seguir condicionándolo.

Después de más de 600 días, los manifestantes continúan volviendo a Rustaveli. Mientras tanto, fuera de esa avenida, el mapa regional está cambiando con rapidez: Armenia se acerca a Washington y Bruselas, Azerbaiyán gana autonomía, Turquía amplía su influencia y Moscú intenta preservar lo que durante décadas consideró su espacio natural. Georgia permanece exactamente en medio.

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