Rusia no siempre necesita levantar la voz para condicionar el debate europeo. A menudo le basta con entender mejor que otros dónde están los puntos de apoyo, qué capitales pueden mover una decisión y qué reglas institucionales convierten a un socio menor en una pieza decisiva. Eso es lo que sugiere una extensa investigación conjunta de The Insider, FRONTSTORY.PL, VSquare, Delfi Estonia e ICJK, basada en transcripciones y audios de conversaciones entre el ministro de Exteriores de Hungría, Péter Szijjártó, y altos cargos rusos, entre ellos Serguéi Lavrov. El material describe una interlocución mucho más fluida de lo que Budapest suele admitir en público: intercambio de información delicada, conversaciones sobre el alcance de las sanciones europeas y gestiones en favor de posiciones coincidentes con intereses rusos concretos.

El episodio más sensible gira en torno a Alisher Usmanov, uno de los oligarcas más conocidos del entorno del poder ruso. En una de las llamadas, Lavrov le recuerda a Szijjártó que habla “a petición de Alisher” para interesarse por la situación de su hermana, Gulbahor Ismailova, incluida en las listas europeas de sancionados. La respuesta del ministro húngaro, según la investigación, fue explícita: “Junto con los eslovacos estamos presentando una propuesta a la Unión Europea para retirarla de la lista... haremos todo lo posible para sacarla”. Siete meses después, Ismailova fue retirada de la lista, un desenlace que la investigación vincula a esas gestiones y que varios medios europeos recogieron después.

El caso se presenta como algo más que un favor puntual. La investigación lo sitúa dentro de un patrón más amplio: el uso por parte de Hungría y Eslovaquia de la exigencia de unanimidad en la política exterior europea para bloquear, retrasar o rebajar sanciones contra personas y entidades rusas. Ahí está una de las claves del asunto. La cuestión no es solo qué pide Moscú, sino cómo funciona una Unión Europea en la que una sola capital puede alterar el ritmo, el contenido o incluso el alcance de una decisión común.

Moscú no necesita mayoría, le basta una grieta

La importancia del caso no está solo en la familia Usmanov ni en el detalle de una llamada. Está en lo que revela sobre la forma en que Rusia concibe Europa. Moscú lleva décadas actuando con una idea bastante constante de fondo: el continente no es un bloque homogéneo, sino un espacio de equilibrios, dependencias, intereses cruzados y vetos posibles. La Guerra Fría fijó esa lógica. El final de la URSS no la eliminó. La transformó. Rusia perdió escala en muchos terrenos, pero no dejó de pensar en términos de influencia continental.

El presidente Donald Trump se reúne con el primer ministro británico Keir Starmer, la primera ministra italiana Giorgia Meloni, la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, el canciller alemán Friedrich Merz, el presidente francés Emmanuel Macron, el presidente finlandés Alexander Stubb, el presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy y el secretario general de la OTAN Mark Rutte tras su llamada con el presidente ruso Vladimir Putin. EP/Archivo.
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Ese es el punto que a menudo se pasa por alto en Occidente. Rusia ya no compite con Estados Unidos en volumen económico ni en capacidad tecnológica agregada, pero sigue funcionando como potencia de contrapeso. No porque pueda imponerse a Europa, sino porque Europa nunca ha resuelto del todo su relación con ella. Ni en seguridad, ni en energía, ni en geografía política, ni en memoria histórica. La cuestión rusa no es un asunto externo para el continente. Forma parte de su estructura.

Los audios atribuidos a Szijjártó encajan bien en esa lógica. En otra conversación, esta vez con el viceministro ruso de Energía, Pavel Sorokin, el ministro húngaro asegura que estaba intentando frenar o vaciar de contenido un paquete europeo de sanciones contra la llamada flota fantasma rusa, la red de petroleros y sociedades con la que Moscú ha tratado de sortear las restricciones occidentales al comercio energético. La frase más citada del reportaje es contundente: “Estoy haciendo todo lo posible para que se derogue. Ya he quitado 72 [entidades] de la lista, pero había 128”.

Hay otro pasaje especialmente revelador. Según la investigación, Szijjártó pidió a la parte rusa argumentos para sostener sus posiciones en Bruselas: “Si me pueden ayudar a identificar los efectos directos y negativos sobre Hungría, se lo agradecería mucho”. El asunto no está en que Budapest discutiera las sanciones; eso forma parte de la negociación política europea. La cuestión es que, si los audios son auténticos, Hungría habría recabado de Moscú argumentos para defender en la UE una posición alineada con los intereses de Moscú.

Eso vuelve a llevar al mismo punto: Rusia no necesita convencer a 27 gobiernos. Le basta con saber dónde se puede ralentizar una decisión, qué actor puede forzar una renegociación y qué país está dispuesto a convertir su voto en palanca. La unanimidad multiplica ese margen. Y Moscú lleva años operando con esa premisa, probablemente con más claridad estratégica que muchos de sus adversarios.

Hungría vota con Orbán ya sin aura de invulnerabilidad

Todo esto le estalla a Viktor Orbán en un momento delicadoHungría vota el 12 de abril y, por primera vez en años, Fidesz afronta una campaña sin esa sensación de control absoluto que acompañó al primer ministro desde su regreso al poder en 2010. El ascenso de Tisza, el partido de Péter Magyar, ha abierto una grieta real en el sistema político húngaro. En ese contexto, las filtraciones pesan más. No porque descubran de golpe la cercanía entre Budapest y Moscú -eso era conocido-, sino porque ponen detalle, lenguaje y tono a una relación que Orbán había presentado durante años como una política de realismo.

Ese es, seguramente, el verdadero alcance de la investigación. No tanto demostrar que Rusia intenta influir en Europa -eso forma parte del funcionamiento normal de cualquier gran potencia-, sino recordar hasta qué punto Europa sigue organizada alrededor de la cuestión rusa, incluso cuando pretende lo contrario. La historia del continente se ha escrito muchas veces en relación con Moscú, unas veces contra ella, otras con ella y otras a partir del equilibrio que imponía su sola existencia. Quizá por eso el problema para Bruselas no es solo Hungría. Es algo más profundo: Rusia sigue estando dentro del cálculo europeo, se quiera reconocer o no.

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