Estonia, Letonia y Lituania llevan años advirtiendo de que la guerra de Ucrania no es un conflicto lejano. Para los países bálticos, la invasión rusa no se interpreta solo como una crisis en el este de Europa, sino como un aviso directo sobre la fragilidad de las fronteras, la fuerza de la historia y el valor práctico de pertenecer a la OTAN. Ahora, los drones les dan nuevos argumentos. Aparatos rusos, drones ucranianos desviados, alertas aéreas, cazas aliados en misión de vigilancia y acusaciones de Moscú han situado al Báltico ante una amenaza difícil de clasificar. No siempre es sencillo distinguir entre un fallo técnico, una provocación, una consecuencia de la guerra electrónica o una operación deliberada. Esa ambigüedad pesa especialmente en tres países que ya mantenían una relación delicada con Rusia antes de que la guerra llenara el cielo de máquinas no tripuladas.

El último aviso llegó este miércoles en Lituania. Las autoridades activaron una alerta aérea, pidieron a parte de la población que buscara refugio, suspendieron temporalmente vuelos en el aeropuerto de Vilna y paralizaron el tráfico ferroviario en la zona después de detectar una posible incursión de un dron en su espacio aéreo. La amenaza habría entrado desde Bielorrusia, aunque su origen no fue confirmado de inmediato. La misión de Policía Aérea de la OTAN fue activada para responder. El episodio duró menos de una hora, pero bastó para recordar que el flanco oriental de la Alianza vive pendiente de señales que antes habrían parecido excepcionales y que ahora forman parte de una vigilancia casi diaria.

El cielo báltico ya no es retaguardia

Un día antes, Estonia había vivido un incidente todavía más significativo. Un F-16 rumano integrado en la misión de la OTAN derribó un dron ucraniano sobre el espacio aéreo estonio. Según las autoridades de Tallin, la aeronave —probablemente militar— se dirigía hacia el noroeste de Rusia y pudo haber sido desviada por la guerra electrónica rusa. Ucrania pidió disculpas y defendió que sus ataques tienen como objetivo instalaciones militares rusas, no el uso del espacio aéreo báltico. Estonia, por su parte, señaló a Moscú por crear las condiciones que explican el incidente.

La escena resume una de las complejidades de esta fase de la guerra. Los drones han cambiado la escala del conflicto. No sustituyen a los tanques, a la artillería ni a los misiles, pero han hecho más porosa la distancia entre el frente y la retaguardia. Ucrania los utiliza para vigilar posiciones, corregir fuego de artillería y golpear objetivos militares dentro de Rusia. Moscú los emplea de forma masiva contra posiciones ucranianas, ciudades e infraestructuras. A todo ello se suma la guerra electrónica: interferencias, señales manipuladas, desvíos de trayectoria y aparatos que pueden acabar en lugares no previstos.

Rusia ha intentado explotar esa ambigüedad. Su representante ante Naciones Unidas advirtió a Letonia de posibles represalias si Ucrania utilizaba territorio báltico para lanzar drones. Riga lo negó de plano. También lo han hecho Estonia y Lituania. La clave es que Moscú no siempre necesita demostrar lo que afirma para convertirlo en presión política. Le basta con instalar la sospecha, forzar respuestas y alimentar la idea de que la OTAN se acerca cada vez más a una implicación directa.

Drones en el Báltico

Rusia dentro de las fronteras bálticas

La relación con Rusia no se agota en los mapas militares. En Estonia y Letonia, especialmente, existen comunidades rusas y rusoparlantes numerosas. En Estonia, las estadísticas oficiales de 2026 recogen 276.125 personas de etnia rusa, frente a 932.603 estonios, en un país de algo más de 1,3 millones de habitantes. En Letonia, el Ministerio de Exteriores sitúa en torno al 23% la población de etnia rusa, además de otras comunidades rusoparlantes, como ucranianos y bielorrusos. Lituania tiene una proporción menor, cercana al 5%.

Eso no significa que esas comunidades formen un bloque político homogéneo. Hay rusos bálticos que se sienten plenamente estonios, letones o lituanos. Hay quienes conservan una identidad cultural rusa, pero no comparten la política del Kremlin. También hay sectores que miran a Moscú con simpatía o desconfían de los gobiernos nacionales. La realidad es menos cómoda que los eslóganes. Identidad, lengua, ciudadanía y memoria no siempre encajan en la misma casilla.

Narva, en Estonia, resume esa complejidad. Está en la frontera con Rusia, separada de la ciudad rusa de Ivangorod por el río Narva. Buena parte de su población es rusoparlante y la presencia cultural rusa resulta visible en la vida cotidiana. Para Tallin, Narva es una ciudad estonia con retos de integración, seguridad informativa y cohesión nacional. Para Moscú, puede ser una pieza útil en su relato sobre los rusos fuera de Rusia. Para muchos vecinos, simplemente es su ciudad.

Letonia vive una tensión parecida, aunque con matices propios. Riga tiene una presencia rusoparlante histórica, y ciudades como Daugavpils mantienen vínculos culturales fuertes con el mundo ruso. Las políticas de lengua, ciudadanía y educación llevan años siendo un asunto sensible. Tras la invasión de Ucrania, el margen para la ambigüedad se redujo. La retirada de monumentos soviéticos, las restricciones a medios rusos y las reformas educativas se han leído en clave de seguridad nacional, pero también han generado incomodidad entre parte de la población rusoparlante.

Una memoria que no cabe en una sola lectura

En los países bálticos, la memoria central es la ocupación soviética. Estonia, Letonia y Lituania fueron incorporadas por la fuerza a la URSS en 1940, recuperaron la independencia durante la Segunda Guerra Mundial de forma efímera y volvieron a quedar bajo control soviético hasta 1991. Hubo deportaciones, represión política y desplazamientos de población. También hubo industrialización, migraciones internas dentro de la Unión Soviética y décadas de convivencia cotidiana entre comunidades distintas.

Esa historia no cabe en una lectura simple. Para muchos bálticos, la URSS fue ocupación, pérdida de soberanía y trauma nacional. Para muchas familias rusas llegadas durante el periodo soviético, fue el marco en el que nacieron, trabajaron y construyeron su vida. Esa diferencia de memoria sigue presente en la política, en la escuela, en los medios, en los monumentos y en la forma en la que se interpreta la guerra de Ucrania.

Conviene recordar también el papel decisivo de la Unión Soviética en la derrota del nazismo. Sin el frente oriental y sin el coste humano asumido por los pueblos soviéticos —rusos, ucranianos, bielorrusos, bálticos, caucásicos y muchos otros—, la Europa actual sería difícil de explicar. Ese recuerdo tiene un peso enorme en Rusia, pero también en Ucrania y en otras antiguas repúblicas soviéticas. El problema aparece cuando Moscú utiliza esa memoria como argumento político para reclamar influencia sobre vecinos que hoy son Estados soberanos.

El cielo como nuevo espacio de fricción

Los drones han trasladado esa historia larga a una urgencia diaria. Antes, la amenaza se medía en tropas rusas cerca de la frontera, ejercicios militares en Bielorrusia, misiles en Kaliningrado o campañas de desinformación. Ahora también se mide en objetos que vuelan bajo, alertas en aeropuertos, colegios enviados a refugios y cazas de la OTAN obligados a decidir en cuestión de minutos.

Lituania ocupa una posición especialmente sensible. Limita con Bielorrusia, aliada de Moscú, y con el enclave ruso de Kaliningrado. Letonia y Estonia comparten frontera directa con Rusia. Los tres países son miembros de la OTAN y de la Unión Europea, pero sus dimensiones son reducidas y sus tiempos de reacción, cortos. Por eso llevan años reclamando más defensa aérea, más presencia aliada y mejores sistemas contra drones.

La guerra de Ucrania ha acelerado ese debate. Ya no basta con vigilar aviones militares o misiles convencionales. Hay que detectar drones pequeños, baratos, a veces improvisados, capaces de cruzar cientos de kilómetros. Hay que distinguir entre un aparato ruso, uno ucraniano desviado, un señuelo o una provocación. Y hay que hacerlo sin regalar a Moscú una escalada que pueda utilizar a su favor.

Para los gobiernos bálticos, el apoyo a Ucrania no es solo una cuestión de solidaridad. También es cálculo estratégico. Si Rusia logra imponer por la fuerza sus condiciones a Kiev, el mensaje para la región sería claro: la soberanía de los vecinos de Moscú puede ponerse en cuestión si el coste internacional resulta asumible. Esa es una de las razones por las que Estonia, Letonia y Lituania han estado entre los países más firmes con Ucrania desde el inicio de la invasión.

Los drones han añadido una capa nueva a una relación que ya era difícil. Han acercado la guerra al espacio aéreo báltico y han dado a Rusia otra oportunidad para acusar, insinuar y presionar. También han obligado a Ucrania a coordinar mejor sus operaciones con países que la apoyan, pero que no quieren convertirse en parte directa del conflicto. En esta región, casi nada relacionado con Rusia es solo militar.

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