El rearme global ya no se explica únicamente con tanques, aviones de combate, fragatas o munición. La nueva carrera militar se está desplazando hacia un terreno más amplio, más tecnológico y también más difícil de fiscalizar: drones, satélites, ciberseguridad, inteligencia artificial, sistemas de vigilancia, guerra electrónica y comunicaciones seguras. La defensa del siglo XXI ya no se limita al campo de batalla tradicional, sino que se extiende al espacio, a las redes digitales, a las infraestructuras críticas y a la gestión masiva de datos.

El último informe del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo —SIPRI— confirma la magnitud de esta tendencia. El gasto militar mundial alcanzó en 2025 los 2,887 billones de dólares, un aumento del 2,9% en términos reales respecto al año anterior. Se trata del undécimo año consecutivo de incrementos, en un contexto marcado por guerras abiertas, incertidumbre geopolítica y grandes campañas de armamento impulsadas por los Estados. Fuera de Estados Unidos, el gasto militar total creció un 9,2% en 2025, lo que refleja que el rearme ya no es un fenómeno puntual, sino una dinámica global sostenida.

La fotografía que deja SIPRI es clara: los Gobiernos están destinando más recursos a defensa, pero el significado de “defensa” está cambiando. Las armas convencionales siguen siendo centrales, pero cada vez conviven más con tecnologías de doble uso que pueden presentarse como innovación, seguridad, digitalización o protección de infraestructuras. Esta mutación está transformando también el negocio de las armas. Las empresas tradicionales del sector militar comparten ahora protagonismo con compañías tecnológicas, firmas espaciales, proveedores de software, especialistas en inteligencia artificial y contratistas de ciberseguridad.

Del tanque al algoritmo: la nueva industria de la guerra

El documento de SIPRI habla de “grandes campañas de armamento” como respuesta a un escenario internacional dominado por guerras, crisis y convulsión geopolítica. Sin embargo, esas campañas ya no se limitan a ampliar arsenales clásicos. El nuevo rearme se dirige también a capacidades híbridas, aquellas que permiten operar en varios frentes a la vez: militar, digital, espacial, informativo y económico.

La guerra en Ucrania ha acelerado esta transformación. El conflicto ha demostrado la importancia de los drones baratos en operaciones de reconocimiento y ataque, el valor de los satélites para obtener inteligencia en tiempo real, el peso de las comunicaciones seguras y la necesidad de proteger redes eléctricas, sistemas financieros, administraciones públicas y cadenas logísticas frente a ataques cibernéticos. En este nuevo escenario, la superioridad militar depende tanto de la potencia de fuego como de la capacidad para ver antes, decidir antes y golpear con precisión.

Esa lógica amplía el mercado. Un Estado que aumenta su presupuesto militar no solo compra armamento pesado. También puede adquirir plataformas de vigilancia, servicios de almacenamiento y análisis de datos, sistemas antidrones, software de ciberdefensa, sensores, satélites de observación, inteligencia artificial aplicada al mando militar o redes de comunicaciones encriptadas. El resultado es una industria de defensa cada vez más conectada con el sector tecnológico.

Este desplazamiento tiene una consecuencia directa: el negocio de las armas se vuelve más amplio y menos reconocible. Una empresa que desarrolla herramientas de inteligencia artificial, sistemas de geolocalización, análisis de imágenes satelitales o protección de infraestructuras críticas puede integrarse en la cadena militar sin aparecer necesariamente como un fabricante clásico de armas. La frontera entre Silicon Valley, la industria espacial y los grandes contratistas de defensa se estrecha.

Infografía | El nuevo mapa del rearme global

Europa rearma sus ejércitos y redibuja el mercado militar

El informe de SIPRI sitúa a Europa en el centro del aumento del gasto militar global. El continente incrementó su gasto un 14% en 2025, hasta alcanzar los 864.000 millones de dólares. La guerra en Ucrania y los planes de rearme de los países europeos de la OTAN explican buena parte de este salto. Según el instituto, los miembros europeos de la Alianza Atlántica registraron el crecimiento anual más fuerte del gasto en Europa central y occidental desde el final de la Guerra Fría.

Ese incremento no se produce en el vacío. Europa busca reforzar su autonomía militar, reducir dependencias externas y responder a la presión de Estados Unidos para aumentar el reparto de cargas dentro de la OTAN. En 2025, los 29 miembros europeos de la Alianza gastaron en conjunto 559.000 millones de dólares, y 22 de ellos alcanzaron al menos el 2% del PIB en gasto militar, según la metodología de SIPRI.

La consecuencia es una oportunidad histórica para la industria de defensa europea, pero también para sectores tecnológicos que hasta hace poco no ocupaban el centro del debate militar. El rearme no solo implica más carros de combate o más aviones. También supone invertir en capacidades de mando y control, satélites, inteligencia artificial, sistemas autónomos, vigilancia marítima y aérea, protección de cables submarinos, ciberseguridad y defensa de infraestructuras críticas.

En este contexto, España aparece como uno de los casos más llamativos. SIPRI señala que el gasto militar español aumentó un 50% en 2025, hasta los 40.200 millones de dólares, situando la carga militar por encima del 2% del PIB por primera vez desde 1994. Este salto coloca a España dentro de la ola de rearme europea y abre un debate sobre hacia dónde se dirigirá ese dinero: si a capacidades convencionales, a nuevas tecnologías militares o a una combinación de ambas.

La frontera borrosa entre defensa, seguridad e innovación

Uno de los puntos más relevantes del informe es la advertencia sobre la transparencia. SIPRI señala que, a medida que los Estados se esfuerzan por cumplir los nuevos objetivos de gasto de la OTAN acordados en 2025, existe el riesgo de que los límites entre el gasto militar y otros gastos “relacionados con la defensa y la seguridad” se vuelvan difusos. Esa evolución, advierte el instituto, puede reducir la transparencia y complicar la evaluación real de las capacidades militares.

Este es uno de los grandes debates que abre el auge de las armas híbridas. ¿Dónde termina la inversión civil y dónde empieza la militar? ¿Un satélite de observación es una herramienta climática, una infraestructura de seguridad o un activo militar? ¿Un sistema de inteligencia artificial para procesar imágenes es innovación tecnológica o capacidad de combate? ¿La ciberseguridad de una infraestructura crítica debe computar como defensa? ¿Y qué ocurre con los sistemas antidrones desplegados en aeropuertos, puertos o plantas energéticas?

La nueva lógica del rearme permite que muchas partidas presupuestarias se presenten bajo etiquetas amplias: seguridad nacional, resiliencia, transformación digital, protección de infraestructuras, innovación estratégica o autonomía tecnológica. Todas ellas pueden tener usos civiles legítimos, pero también aplicaciones militares directas. Esa ambigüedad es precisamente una de las características centrales de la defensa híbrida.

Para los Gobiernos, esta flexibilidad puede resultar útil porque permite movilizar recursos con más facilidad. Para la ciudadanía, sin embargo, plantea un problema democrático: cuanto más difusa es la categoría de gasto militar, más difícil resulta saber qué se financia, quién se beneficia y con qué objetivos.

Las tecnológicas entran en el corazón del negocio militar

El aumento del gasto militar mundial no beneficia únicamente a los fabricantes tradicionales de armas. La nueva etapa abre espacio para empresas tecnológicas capaces de ofrecer soluciones en ámbitos que se han vuelto estratégicos: datos, nube, satélites, inteligencia artificial, sensores, robótica, comunicaciones y ciberseguridad.

La guerra moderna necesita armas, pero también necesita información. Necesita munición, pero también conectividad. Necesita soldados, pero también algoritmos capaces de procesar grandes volúmenes de datos en segundos. Esta transformación convierte a las empresas tecnológicas en actores cada vez más relevantes del ecosistema militar.

El negocio de la defensa, por tanto, ya no puede entenderse como un sector cerrado y exclusivamente industrial. Se ha convertido en una red mucho más amplia en la que conviven fabricantes de armamento, desarrolladores de software, compañías de telecomunicaciones, operadores espaciales, proveedores de inteligencia artificial y empresas de seguridad digital. El resultado es una expansión del perímetro militar hacia zonas de la economía que antes se percibían como alejadas de la industria de la guerra.

SIPRI anticipa, además, que el crecimiento del gasto probablemente continuará en 2026 y más allá, debido al abanico de crisis actuales y a los objetivos de gasto militar a largo plazo de muchos Estados. Esa previsión confirma que el auge de la defensa híbrida no parece una reacción coyuntural, sino una tendencia estructural.

La carrera armamentística del presente ya no se libra solo en los arsenales. También se libra en los centros de datos, en las constelaciones de satélites, en los laboratorios de inteligencia artificial, en las redes de comunicaciones y en los sistemas de protección digital. El rearme global no solo aumenta el gasto militar: está cambiando qué se considera un arma, quién la fabrica y cómo se justifica su financiación pública.

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