Europa no solo se rearma. También está levantando un nuevo mercado multimillonario alrededor de la defensa. La guerra en Ucrania, la presión de la OTAN, la incertidumbre sobre el compromiso de Estados Unidos con sus aliados y el deterioro del tablero geopolítico han convertido el gasto militar en una de las grandes prioridades presupuestarias del continente. Pero detrás de cada aumento aprobado por los gobiernos hay una segunda lectura: más dinero público para defensa significa también más contratos, más pedidos y más negocio para la industria armamentística.

El último informe del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo, el SIPRI, confirma la magnitud del giro. El gasto militar mundial alcanzó en 2025 los 2,887 billones de dólares, un 2,9% más en términos reales respecto al año anterior y el undécimo incremento consecutivo. Europa fue el principal motor de esa subida: el gasto militar del continente aumentó un 14%, hasta los 864.000 millones de dólares, impulsado por la guerra en Ucrania, el rearme de los miembros europeos de la OTAN y el nuevo clima de inseguridad.

El caso español ilustra bien el cambio de ciclo. España elevó su gasto militar un 50% en 2025, hasta los 40.200 millones de dólares, y situó su carga militar por encima del 2% del PIB por primera vez desde 1994, según la metodología del SIPRI. El salto no solo coloca al país en una nueva posición dentro de la OTAN; también abre una etapa de mayor protagonismo para la industria de defensa, desde la fabricación de equipamiento militar hasta la ciberseguridad, las comunicaciones, la vigilancia, los sistemas aéreos y los programas tecnológicos asociados a la seguridad.

Cuando el miedo se convierte en contrato

El rearme europeo se presenta en términos políticos como una respuesta a la amenaza rusa, a la guerra en Ucrania y a la necesidad de que Europa sea capaz de defenderse con mayor autonomía. Sin embargo, su traducción económica es mucho más concreta: los Estados compran más, firman programas plurianuales y garantizan una demanda estable para un sector cuyo cliente principal sigue siendo el poder público.

Esa es una de las claves del negocio militar. A diferencia de otros mercados, la industria de defensa no depende de consumidores particulares, sino de decisiones gubernamentales, compromisos internacionales y presupuestos estatales. Cuando la OTAN fija objetivos de gasto, cuando la Unión Europea impulsa planes de rearme o cuando un Gobierno aprueba nuevos programas de modernización, el resultado acaba llegando a los balances de empresas que producen munición, blindados, buques, aviones, radares, misiles, drones, satélites, software militar o sistemas de vigilancia.

El SIPRI describe un contexto de “grandes campañas de armamento” en respuesta a guerras, incertidumbre y convulsión geopolítica. Esa frase resume el nuevo ciclo: la inseguridad se convierte en argumento político y en oportunidad industrial. En 2025, los 29 miembros europeos de la OTAN gastaron en conjunto 559.000 millones de dólares, y 22 de ellos alcanzaron al menos el 2% del PIB en gasto militar según la metodología del instituto.

El objetivo del 2% funciona, en la práctica, como una señal de mercado. Para los gobiernos es una meta política; para la industria, una garantía de demanda. No se trata solo de vender más armas de forma puntual, sino de participar en una expansión presupuestaria que puede durar años. La defensa aérea, la reposición de munición, los sistemas antidrones, la ciberseguridad, la inteligencia artificial aplicada al combate, las comunicaciones seguras y la vigilancia de infraestructuras críticas se convierten así en segmentos de crecimiento.

Los datos empresariales refuerzan esa lectura. El propio SIPRI señaló en su informe sobre las cien mayores compañías armamentísticas que los ingresos por venta de armas y servicios militares alcanzaron en 2024 los 679.000 millones de dólares, un 5,9% más y el nivel más alto registrado por el instituto. El aumento se vinculó a la demanda generada por las guerras de Ucrania y Gaza -la de Irán todavía no había estallado cuando se hizo el informe- y por la carrera de modernización de arsenales.

La tendencia continúa. Thales, una de las grandes compañías europeas de defensa, comunicó en abril de 2026 un aumento orgánico de ventas del 9,7% en el primer trimestre, impulsado por entregas de defensa, y un crecimiento del 75% en los pedidos de su división militar. Reuters vinculó ese impulso a la demanda de capacidades como vigilancia aérea, defensa antiaérea y sistemas antiminas. Saab, otro actor europeo relevante, también registró un fuerte crecimiento trimestral: su beneficio operativo subió un 32% interanual y sus ventas orgánicas crecieron un 23,6%, en un contexto de alta demanda por las tensiones geopolíticas.

España entra en la ola del rearme

España ha pasado en poco tiempo de ser señalada como uno de los socios europeos rezagados de la OTAN a protagonizar uno de los saltos más llamativos del gasto militar. El incremento del 50% registrado en 2025 no solo tiene valor estadístico; supone un cambio de escala en la política de defensa y en el peso económico del sector militar. Según el SIPRI, España superó el 2% del PIB por primera vez en más de tres décadas, un umbral que durante años fue políticamente incómodo para gobiernos de distinto signo.

Ese giro tiene consecuencias internas. El aumento del gasto militar no se limita a pagar salarios o mantener estructuras existentes. El propio SIPRI recuerda que el gasto militar incluye salarios, operaciones, compras de armas y equipamiento, construcción militar, investigación y desarrollo, administración central, mando y apoyo. Es decir, hablamos de una categoría amplia que alimenta una red de actividad económica mucho más extensa que la compra directa de armamento.

En el caso español, el salto abre una oportunidad para empresas vinculadas a la construcción naval, la aeronáutica, los vehículos terrestres, las comunicaciones, la ciberseguridad, los sistemas de mando y control, los sensores, los radares y la ingeniería militar. La defensa se presenta así como una política de seguridad, pero también como una política industrial. El discurso oficial suele apoyarse en conceptos como empleo cualificado, innovación tecnológica, autonomía estratégica y retorno económico. Sin embargo, la otra cara de esa misma lógica es que el crecimiento del sector depende de una decisión política: dedicar más recursos públicos a la defensa.

Este punto es central para entender el nuevo modelo de negocio. La industria militar no crece solo porque haya más conflictos, sino porque los gobiernos convierten esos conflictos en planes de inversión. La guerra en Ucrania ha mostrado a los países europeos que sus arsenales estaban menos preparados de lo que pensaban para sostener un conflicto prolongado. La reposición de munición, la defensa aérea y los drones se han convertido en prioridades. A ello se suma una preocupación creciente por los ataques híbridos, la protección de infraestructuras críticas, la guerra electrónica y la ciberseguridad.

La consecuencia es una ampliación del perímetro de la defensa. Ya no se trata solo de tanques, fragatas o cazas. La nueva economía militar incluye software, datos, comunicaciones, satélites, vigilancia marítima, inteligencia artificial, defensa espacial, sensores, sistemas autónomos y capacidades de respuesta rápida. En ese terreno, las fronteras entre la industria militar clásica y las empresas tecnológicas empiezan a difuminarse. El negocio de las armas ya no se vende únicamente como armamento, sino como seguridad integral.

De Ucrania al balance empresarial

La guerra de Ucrania ha sido el gran acelerador del rearme europeo. El informe del SIPRI sitúa el conflicto como uno de los factores centrales del aumento del gasto en el continente. Rusia elevó su gasto militar un 5,9% en 2025, hasta los 190.000 millones de dólares, con una carga militar del 7,5% del PIB. Ucrania, por su parte, aumentó su gasto un 20%, hasta los 84.100 millones, una cifra equivalente al 40% de su PIB.

Pero la transformación no se limita a los países directamente en guerra. El informe subraya que los esfuerzos continuados de rearme de los miembros europeos de la OTAN provocaron el crecimiento anual más fuerte del gasto en Europa Central y Occidental desde el final de la Guerra Fría. Alemania, por ejemplo, aumentó su gasto militar un 24%, hasta los 114.000 millones de dólares, y superó el 2% del PIB por primera vez desde 1990.

Ese movimiento tiene una derivada industrial evidente. Los países europeos buscan producir más, reducir dependencias, acelerar entregas y reforzar cadenas de suministro. Dinamarca, por ejemplo, ha seleccionado el sistema europeo SAMP/T NG de defensa aérea, desarrollado por Eurosam, una sociedad conjunta de Thales y MBDA, como alternativa al Patriot estadounidense. Reuters enmarcó esa decisiónReuters enmarcó esa decisión dentro del intento europeo de reforzar capacidades propias y reducir dependencia de proveedores de EEUU.

El negocio, por tanto, crece en dos direcciones. Por un lado, aumenta la demanda inmediata de munición, defensa aérea, drones y equipamiento. Por otro, se abre una carrera industrial a medio plazo para garantizar que Europa pueda fabricar más rápido y con menos dependencia exterior. Esa segunda dimensión es especialmente relevante: no se trata solo de comprar armas, sino de construir capacidad productiva. Y construir capacidad productiva exige plantas, proveedores, financiación, contratos y previsión de demanda.

Ahí aparece la idea de una “edad dorada” para el sector. No porque la industria militar no hubiera tenido antes grandes contratos, sino porque el contexto actual combina cuatro elementos muy favorables para el negocio: amenaza geopolítica, presión política para gastar más, objetivos presupuestarios de la OTAN y voluntad europea de reforzar su base industrial. La defensa pasa de ser un gasto discutido a presentarse como una inversión estratégica.

Más gasto, menos claridad

El propio SIPRI introduce, sin embargo, una advertencia importante: a medida que los Estados tratan de cumplir los nuevos objetivos de gasto de la OTAN, existe el riesgo de que los límites entre el gasto militar y otros gastos “relacionados con la defensa y la seguridad” se vuelvan difusos. Según el instituto, esa confusión puede reducir la transparencia y complicar la evaluación real de las capacidades militares.

Esta advertencia es clave para analizar el negocio de la defensa. Cuanto más amplia sea la definición de seguridad, más grande será el mercado potencial. Si bajo el paraguas de la defensa entran infraestructuras críticas, ciberseguridad, vigilancia fronteriza, inteligencia artificial, comunicaciones estratégicas, protección energética o control del espacio aéreo, el perímetro de empresas beneficiarias se multiplica. Ya no hablamos solo de fabricantes de armas, sino de grandes tecnológicas, consultoras, operadores de satélites, empresas de datos, ingeniería, logística y seguridad privada.

La pregunta, entonces, no es únicamente cuánto gastan los Estados, sino cómo se decide ese gasto, quién lo fiscaliza y qué empresas se benefician. El rearme europeo puede presentarse como una necesidad estratégica ante un escenario internacional más inestable, pero también supone una transferencia creciente de recursos públicos hacia sectores privados especializados. Y cuanto más compleja sea la arquitectura presupuestaria, más difícil será para la ciudadanía conocer qué parte del dinero se destina a capacidades estrictamente militares, qué parte a seguridad ampliada y qué parte a programas industriales con baja transparencia.

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